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A propósito de los indicios de un rebrote de la crisis

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Rafa Rodríguez

El capital se ha desarrollado en los Estados y en los intersticios de los Estados ya que aunque la mayor parte de la actividad económica tiene una dimensión estatal o local, desde sus orígenes ha sido un sistema global que ha tenido al mercado mundial como referente.

 

Lo que ha cambiado con la globalización es que ahora el capital, tras la desregulación financiera a partir de los años setenta, tiene la capacidad de funcionar como una unidad en un ámbito que abarca todo el planeta, a través de sistemas de información y de redes de transporte informatizados, porque su núcleo básico, el que marca los ritmos y orientaciones de la gran inversión y tiene capacidad para influir sobre los mercados, es global.

 

Por lo tanto, en la cúspide de esta transformación lo que hay es un cambio político: los intersticios se han convertido en la centralidad por lo que el capital global puede imponerse estructuralmente sobre la voluntad de los Estados, en unas intensidades que están en función de la fortaleza y de la posición de jerarquía que ocupan en el sistema internacional, con todo lo que ello significa.

 

Ese cambio también ha transformado al propio capitalismo que ya se muestra claramente como lo que es: un sistema económico que produce dinero a partir del dinero” (Comte – Sponville). El poder del capital financiero global reside en la capacidad de generar deudas que, al sobrepasar los límites razonables que se pueden cubrir con las rentas futuras, produce por una parte una demanda ficticia y por otra una concentración de las ganancias de plusvalías que originan una enorme desigualdad que, además, no puede ser apenas corregida por unos Estados atenazados y también endeudados.

 

Endeudamiento generalizado (público y privado) y aumento exponencial de la desigualdad conducen inexorablemente a una situación estructural deflacionaria tal como Schumpeter y Minsky explicaron y por lo tanto a la crisis de la globalización.

 

Las soluciones “monetarias”, sin reformas estructurales que permitan un nuevo equilibrio entre el poder público y privado, solo agravan el problema porque, ahora, ante la amenaza de un nuevo rebrote de la crisis, los Estados y sus Bancos Centrales (los grandes centros del poder público capturados por el capital global) carecen de herramientas para hacer frente a la emergencia: altos niveles de endeudamiento público, amplias bases monetarias y tipos de interés en torno al 0%. La condición de ciudadano ha pasado a ser la de un deudor sin trabajo estable en unos Estados atrapados, es decir, hemos perdido las bases materiales de la ciudadanía.