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El déficit público es un tigre de papel

 

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¿Déficit? ¿Qué déficit? Francia lleva 35 años elaborando y aprobando unos presupuestos donde los ingresos  previstos son inferiores a los gastos, es decir,  unos presupuestos deficitarios que finalmente  en el momento de  evaluar la ejecución real son aún más deficitarios. El déficit público en muchos  Estados contemporáneos es  una situación contable habitual. Si el dinero estuviera vinculado directamente a recursos objetivos y finitos (como el oro, por ejemplo) estas situaciones de déficit estructural hubiesen sido imposibles. Si la analogía, profundamente fraudulenta, entre  la economía de un Estado y la economía de una familia (o de una empresa) fuera  correcta tampoco sería posible que durante 35 años una familia gastara mucho más que aquello que ingresara. El déficit  con el que nos torturan y asustan para legitimar   el desmontaje del Estado del Bienestar y una transferencia brutal de rentas del trabajo al capital es un “tigre de papel” como decía Mao.

En otras ocasiones hemos hablado de cómo Japón o Estados Unidos tratan de  salvar los déficits estructurales  con algo tan sencillo e infantil como las políticas monetarias  expansivas: darle a la maquinita de los billetes. ¿Cómo que el Estado no tiene dinero si es el Estado el que fabrica el dinero?  Parece que dicen el Banco de Japón o la Reserva Federal americana. ¿Pero por  qué puede el Estado fabricar dinero con toda impunidad? ¿Cómo es posible que el déficit sea insoportable sólo si el gobierno lo considera insoportable? La repuesta es clara y clásica, la separación entre el valor de cambio  de cambio (dinero) y el valor de uso (las cosas, la fuerza de trabajo, la tecnología, los recursos naturales) ha alcanzado su nivel máximo. Todas las monedas  hoy son monedas fiduciarias. Esta separación es el producto de la lógica interna del desarrollo capitalista pero también de la necesidad de esquivar ese obstáculo insalvable que es la finitud de los recursos naturales y de medio biofísico.

La obsesión por el  déficit  público oculta y distrae el verdadero déficit  estructural de las de la economía mundial: el déficit de materia y energía del modelo dominante. Y es  por esto que es el ámbito  del  comercio mundial donde la hegemonía del valor de cambio se tambalea pues no hay un Estado mundial capaz de imponer esta ficción. Las intervenciones  militares (guerra del golfo, Afganistán, Libia) y los organismo mundiales del  tipo del  FMI, Banco Mundial, GATT intentan imponer esta disciplina monetaria  y ocultar los déficit físicos pero finalmente la misma dinámica de  la globalización  de los capitales con la emergencia  de nuevas potencias destruye esta disciplina y fuerzan  que los déficit biofísicos afloren  por medio el incremento del precio de las materias primas y la energía. La escala real hoy de la economía es la escala mundial donde sin moneda única y con un horizonte de escasez cada vez más evidente es el intercambio  físico de materias y energías el que, mal que bien, va progresivamente  estableciendo los precios.

Y he aquí que este incremento de los precios internacionales  de las materias primas y la energía  acaban deteriorando los falsos equilibrios de las economías nacionales basadas  en las ficciones consentidas del crédito y la especulación. Las consecuencias de este choque entre la economía real mundial y los falsos equilibrios nacionales es que estallan las burbujas especulativas y el endeudamiento privado se convierte en insostenible. Pero ante esta situación (la crisis) la reacción no es reducir el endeudamiento privado de forma equitativa y socialmente consensuada, modificando el modo de producción, consumo y contabilidad, no,  la reacción es redirigir la mirada política hacia el ínfimo e irrelevante déficit público del Estado. Magnificando y concentrando todo el problema en la deuda y el déficit  público no sólo se ocultan los déficits estructurales  reales sino que se afronta  la  escasez que se deriva  de la  crisis de forma radicalmente injusta. El capitalismo encuentra en la escasez, convertida en austericidio, una oportunidad para recuperar tasa de beneficios tendencialmente decreciente.

El objetivo de reducir el déficit público deviene en una  reducción de las funciones redistributivas del Estado y en una privatización de servicios públicos básicos.  El déficit público cero es la forma en que el sistema capitalista interioriza la escasez biofísica produciendo un incremento brutal de la desigualdad social. Si no hay al menos un poco para todos que haya un mucho para pocos, este el objetivo; a más escases más desigualdad. Por eso para ellos la “austeridad”, esa palabra que a los ecologistas nos gusta tanto, es sinónimo de injusticia y de pobreza.

Pero otros efectos colaterales positivos para el capital por medio del truco del austericidio convierten en aliados a sus propias víctimas (precarios, parados, pobres). El inmenso ejército de reserva que supone los millones de parados estarán ahí disponibles para apoyar con entusiasmo cualquier nuevo delirio desarrollista contad de poder  sacar algunos boletos en el sorteo del empleo escaso y precario. El déficit público no es el problema, en realidad como hemos demostrado no es ningún problema,  y puede ser, convenientemente interpretado  y  orientado hacia la transición socioecológica,  el comienzo de la solución.

 

 

 

 

 

 

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