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El pensamiento grosero

Homo_sapiens_neanderthalensis

 

 

La crisis  ha tenido una primera víctima  por la que nadie  ha vertido una sola  lágrima: la sutileza argumental, la finura analítica, el rigor conceptual. Una oleada de grosería intelectual se  ha desplegado a derecha y a izquierda. Baste asomarse  a las redes sociales, en especial a Twitter para encontrarla: “Todos los políticos son iguales, todos los sindicatos,  todos los partidos…..”, “la democracia no existe, lo llaman crisis pero es una estafa, somos el 99%”.  Al que razona la margen del griterío jeremiaco, se le acusa de todo y se le insulta aún más. No se puede discutir de Cataluña sin ser un españolistas fascista que quiere bombardear Barcelona o un separatista racista, si  se cuestionas la doctrina Parot sin ser  un hijo de  puta insensible al dolor de las víctimas, si apelas a los datos para mostrar que la crisis además de una estafa es real eres un neoliberal a sueldo de Botin. Pensar está mal visto, saber  aún peor.

Muchos  de los que salen en mareas  a  defender la educación  o la sanidad pública dicen barbaridades de la misma y se tragan con anzuelo incluido, todas las mentiras sobre los servicios públicos  que  han dicho sus enemigos.

Cualquier signo de profundidad y radicalidad intelectual es sospechoso de elitismo. Los mismos que critican a los funcionarios por tener  trabajo y cobrar (cada vez menos por cierto) se muestran indiferente ante el aumento exponencial (más de un 18%) de las desigualdades de género o con el  incremento en más de un 20% de renta de los más ricos. Muchos que gritan que “no nos representan” aplauden con entusiasmo que se reduzca drásticamente el número de concejales o de diputados. Hay tontos que creen que eliminando  el Senado o las comunidades autónomas están a un paso de asaltar la Bastilla. Obsesos del antiimperialismo  Yankee proponen como remedio a nuestros males políticos la listas abiertas y la celebración de primarais, se  pide una renta básica universal a la par que se demoniza al Estado que tendría que ofertarla.  

Como en ciertas formas de psicosis el pensamiento grosero pretende suprimir las contradicciones (oposiciones) del mundo real que nos causan dolor y desasosiego suprimiendo el principio de no contradicción del discurso. Una vez suprimido ya  todo es  posible; no elegir eligiendo, no decidir  decidiendo, no   pensar pensando. Así  los groseros no se cansan de  decir   por ejemplo “que las cosas están muy claras” o “que las cosas son muy fáciles“, precisamente en el momento en que ellos, y todos, tenemos las cosas menos claras y menos fáciles.

Todo esto pasa cuando no sabemos qué nos pasa, que diría Ortega. El liberalismo  nos ha imbuido de una idea  que nos confunde dada su extrema falsedad: el poder político reside en el Estado, la dominación tiene forma jurídica o no existe, todo lo que no está prohibido es posible. De esta manera  la dominación política del capital se  torna invisible al no tener forma jurídica explícita. En las dictaduras  la prohibición de la democracia era evidente, en el esclavismo la libertad no era ni un sueño, en los regímenes teocráticos nadie niega que exista la discriminación de género ¿pero qué pasa cuando no vemos las formas de la dominación  por que estas se encuentran  ocultas en las relaciones  sociales? Pasa, volviendo a Ortega, que no sabemos lo que nos pasa y esto genera una enorme desconfianza en la razón y  una revalorización desmedida de las emociones más primarias disociadas de toda racionalidad. Cada vez que las emociones operan al margen de la razón en las decisiones colectivas ,  se embrutecen.

La alergia  a la reflexión y al análisis  crítico del pensamiento grosero es en el fondo la misma alergia al principio de realidad que nos hace sufrir sin saber  porqué. Esta mezcla de sufrimiento y de ignorancia se puede abordar  de dos maneras antagónicas; como lo hace el neurótico o el psicótico, negando la complejidad  de lo real o mediante  la reflexividad. El desprestigio de la razón  es el desprestigio de una realidad que no nos gusta y que no sabemos  (podemos) cambiar. La convivencia de la ciencia con el capitalismo es tan imposible y tóxica como la convivencia del capitalismo con la democracia  En ambos casos esa convivencia deteriora  la credibilidad  social tanto de la democracia como de la ciencia. Por eso al final el pensamiento grosero termina siendo un pensamiento  autoritario e irracional   (el fascismo es una orgia de grosería).  Decía en el Juan de Mairena Antonio Machado que quien se reía de Platón no eran los jornaleros sino los señoritos, pues eso; mas Marx y menos  indignación, más ciencia y menos escándalo, más finura y menos grosería.

2 Comentarios

  1. Te equivocas, Estrella, no es el desprestigio de la razón, sino LOS SUEÑOS delirantes, enajenados, de la razón los que alumbran esos monstruos, que si no se combaten con tenacidad desembocan en espirales totalitarias.

    Por suerte los proscritos de tantas certidumbres capciosas o alquiladas, con olor a naftalina, siempre tendremos un baluarte seguro, cincuenta años después más lozano aún que antaño:

    http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/72629-cernuda-entre-realidad-y-deseo.html

  2. Parafraseando a Goya, “el desprestigio de la razón produce monstruos”

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