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El templo y la fábrica, la destrucción de la universidad pública europea

LUZ

La universidad pública  europea, en sus escasos dos siglos de vida, ha sido una suerte  de  “espacio intelectual protegido”. ¿De quién? de  los mercaderes (capitalismo)  y de los brujos (iglesias).  O lo que es lo mismo del dinero y del dogma. Para que el capitalismo y la modernidad fueran factibles eran necesarios lugares sociales donde las reglas del capitalismo del interés  y la utilidad egoísta  estuvieran suspendidas. Este es el caso de la familia (a las mujeres se les  obliga a ser altruistas en la clausura del hogar) o de la universidad (donde se  protege  el desinterés y la inutilidad del pensamiento y la ciencia). Sólo así el capitalismo podría obtener  las tasas de reproducción social  y tecnológica necesaria. En esto es en lo que ha consistido eso que llamamos “autonomía universitaria”.

Como tal la universidad pública ha mantenido una doble naturaleza. Ha sido por una lado templo, lugar donde se produce y se conserva el sentido (la verdad) y es  en este aspecto que  la universidad  tiene naturaleza de templo. Y a la par ha sido el lugar donde se  produce tecnología, desde la destreza  y las habilidades  profesionales  hasta las máquinas; en este sentido  ha tenido también naturaleza de fábrica. El resultado ha sido la generación de conocimiento que es la suma de sentido (verdad) e industria (tecnología). Sin el templo no hubiese sido intelectual y  emocionalmente posible la fábrica y  sin la fábrica ¿cómo se sustentaría materialmente  el templo?

Sólo en los “estados de excepción” del capitalismo (fascismos y dictaduras) esta autonomía  universitaria ha sido suspendida a favor  no ya del dinero, sino del dogma. Los instrumentos de esta suspensión eran la censura ideológica y la represión física. Pero hoy en los tiempos  de la hegemonía del capitalismo financiero globalizado la autonomía universitaria está siendo atacada  por el dinero. Y ese ataque es más peligrosa y radical que la anterior por que no sólo supone suspender la autonomía sino también amputar una de las dos naturalezas de la universidad; la destrucción del templo. El sentido ha sido sustituido por la función, la verdad por la utilidad.

El dominio de los mercaderes sobre el conocimiento  es una estrategiasuicida. La destrucción del templo comportará, más tarde o más temprano, la destrucción de la fábrica. Y es esto último lo que de demuestra que el proyecto neoliberal no es un proyecto de dominación sino de autodestrucción. Como han puesto en evidencia la economista Mariana Mazzucato, toda la tecnología que emplean  hoy los utensilios domésticos más avanzados, como el Iphone, son  el resultado de la “desinteresada, inútil y autónoma”  investigación realizada en universidades y centros públicos. Sin el templo público no hubiese sido posible la tecnología privada.

No se  trata de entonar el llanto corporativo por las humanidades muertas. Ni de reivindicar  a Sócrates  o a Petrarca; es  algo mucho más serio, más rotundo, más radical,  más grave, más imprescindible: es el futuro del saber humano lo que está en juego. Los que desde el laboratorio mira indiferente como arden las bibliotecas que sepa  el también están en la hoja de ruta de los pirómanos. Los que desde atalayas tecnológicas permiten y aplauden que la universidad pública olvide  el sagrado deber de hacer preguntas que  sepan que después vendrá  el  obligado olvido de las respuestas. Sin templo no hay fábrica, sin fábrica no hay templo.

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