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La ley y el dinero

 

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Según Niklas Luhmann las dos formas que hay de gobernar son las  leyes y  el dinero. Históricamente  el dinero ha sido un producto de las leyes. Un Estado era aquel poder político que podía emitir moneda. Por eso siempre hemos mirado al Estado cuando hemos tenido problemas con la moneda. Pero eso ya cambió; el dinero se ha independizado del Estado, es la gran forma universal de la mercancía, circula a la  velocidad de los  bits y no tiene ni límites. El infinito en potencia que habita en el alma de los números naturales es el tempo  actual del dinero. Por ello los límites finitos de la sociedad y de la naturaleza no pueden verse reflejado en esta  ficción desencarnada.

El dinero ha capturado a la ley, ya no es más  el instrumento que la ley  crea para  distribuir  los recursos y el poder. La esencia nihilista de la teología económica de occidente de la que proceden gran parte de las categorías de la ciencia económica neoclásica (el padre de la teoría cuantitativista  del dinero es el teólogo navarro Martin de Azpilicueta) se muestra ahora  en toda su radical brutalidad. Giorgio Agamben ha escrito en el Reino y la Gloría una genealogía extraordinaria y vertiginosa de los enlaces entre la teología y la economía. El dinero manda y la brújula del Estado se desquicia.

En esta crisis esa autonomía del dinero hace que no sepamos contra quién rebelarnos. El dinero no es un “quién” sino un “cómo”, una forma intangible que nos abarca  y nos  constituye. ¿Cómo hacer una revolución contra un fantasma? Este desquiciamiento entre la ley y dinero, nos ha sumido en una profunda desorientación política cuando en realidad no es sino la confirmación de casi todos los diagnósticos que las ciencias sociales y naturales  anticapitalistas habrían pronosticado.

En el descargo de nuestra pasividad habrá que reconocer que nos estamos  enfrentando a una de las formas de dominación capitalista más puras que hemos conocido, mucho  más que las formas brutales del siglo XIX y XX. Por primera vez estamos solos,  cara a cara,  el capital y la humanidad. Por eso los cambios  que el neoliberalismo impulsa no aparecen como producto de decisiones políticas sino como el resultado fatal de la naturaleza de las cosas. Estamos ayunos de mediaciones, tanto conceptuales como institucionales. El capitalismo nos ha quitado las mediaciones porqué ha convertido en la esencia de la sociedad  a una forma particular y pobre de mediación: el dinero. Las pesadillas literarias  de Kafka no presentían tanto el sinsentido burocrático  de los totalitarismos,  tal como durante mucho tiempo se creyó, como la soledad de un mundo donde  el dinero se ha hecho ley. Nadie mejor que un judío tan preclaro como Kafka para saber que el número nunca  debe sustituir a la ley.

Pero  la involución neoliberal que ha entronizado al dinero  si es el resultado de  decisiones políticas que paradójicamente consisten en no tomar decisiones políticas y abandonar la ley a la suerte de los mercados. La eutanasia del Estado democrático es el mayor magnicidio de la  historia de occidente. Necesitamos a un nuevo Brutus que surja de entre la multitud y con su daga republicana  aseste los golpes precisos en  el corazón  del tirano económico. O recuperamos el control legal (democrático) sobre el dinero o no hay ningún futuro.

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