Portada / Democracia / La muerte del Estado del Bienestar (breve informe forense)

La muerte del Estado del Bienestar (breve informe forense)

0_26261_9630712_L

 

 

El gobierno de Holanda, por  boca de su rey, anuncio hace unas semanas la muerte del Estado del bienestar, no hay recursos fiscales  para sostenerlo, dicen.  El gurú de moda en España, Cesar Molinas, lo ha dejado escrito en su último libro: “los Estados deberán cambiar su fuente de legitimidad actual como maximizadores del bienestar de sus ciudadanos por la maximización de las oportunidades que les ofrecen”. El Estado ya no nos dará ni educación, ni sanidad, ni cultura, ni ayudas a la autonomía, ni  justicia  sino la  oportunidad de tener salud, educación, cultura, autonomía.

La alternativa propuesta es que la sociedad civil (la “Big Society” de Cameron)  se haga  cargo de  gran parte de los servicios públicos.  Las invocaciones  a la participación ciudadana y la autonomía  de la sociedad civil frente al derrochador e ineficiente Estado son continuas.  No  hablan de  empresas sino de ciudadanos, ni de privatizaciones sino  de participación  social. Es la sociedad  civil la que ha de sustituir a un Estado en retirada. El enemigo ya no es,  como en los tiempos de Reagan y Tatcher, el socialismo sino el bienestarismo. El Estado como árbitro             (maximizador de oportunidades) de unas reglas del juego en medio de una sociedad civil profundamente  desigual, el estado como  garante último de la igualdad entre  los desiguales.

A pesar de la retórica  modernizadora  que envuelve el mensaje, a poco que se analice sus contenidos, todo suena demasiado viejo ¿no creen?; es la imposible vuelta al Estado liberal del siglo XIX. La novedad reside en el discurso de legitimación que se  nutre de lo que Luc Boltanski y Ève Chiapello llaman  “la  crítica  artística del capitalismo” y que hoy se expresa en la desconfianza libertaria y ciudadanista en el Estado y la política. Los marcos cognitivos  del liberalismo y del libertarismo coincide en binomios como el de Estado/sociedad civil, planificación/ espontaneidad social, ley/ conciencia,  ciencia/ saberes locales, colectivo/ individuo y otros, dónde el primer término del par es siempre el problema y el segundo, la solución.   La crítica liberal y la crítica  del  Estado del bienestar coinciden en identificar al  Estado y  a la política como el origen y la sede de la desigualdad y la dominación. Los libertarios tratan al Estado del Bienestar como si fuera el Estado liberal del XIX, mientras que los liberales  aprovechan las grietas  que esa crítica abre  en la legitimación  del Estado del bienestar para volver al Estado liberal.

Las críticas artísticas al sistema público de salud y la desconfianza en la medicina que se denominan alopática  son un buen ejemplo de cómo se  debilita la sanidad  pública y universal a partir de  argumentos cargados  muy buenas intenciones. Los efectos  hacen  las delicias de los que quieren acabar con la sanidad pública.  Ya saben la deshumanización de la medicina,  la manipulación universal de´ las farmacéuticas,  las terapias naturales, causas  todas ellas nobilísimas y más que justificadas pero que enunciadas irracionalmente como impugnaciones totales al sistema de salud juegan a favor del enemigo. Que más les gustaría  a los liberales que vernos a los pobres curándonos  los  unos a otros en los ratos libres a base de risoterapia, aromaterapia, homeopatía y otras ocurrencias  del gabinete esotérico, cosas que no necesitan de impuestos ni derechos. Para los pobres  brujería para los ricos medicina es  la conclusión fatal  de esta  insospechada coalición.  Ellos, mientras a los seguros privados de salud y a la medicina génica. Igualmente  ha  ocurrido con la  crítica  libertaria a la  educación pública como  instrumento de colonización. La educación en casa es una forma,  otra  vez también para pobres, de converger con la privatización de la educación pública.

Discutiremos, más adelante, si es realmente inviable o insostenible fiscalmente el “Estado de bienestar” pero lo que lo que es  del todo inviable es   la  alternativa ciudadanista  que se propone. La  sustitución  de los servicios públicos por la sociedad civil autogestionada, es un cuento  de transición  hacia una sociedad potsbienestarista donde ideologías más  fuertes, seguramente de corte biopolítico, legitimaran directamente  las desigualdades.

¿Es realmente insostenible el Estado del bienestar?

La causa real de la insostenibilidad del Estado de bienestar es  la disminución,  producida por la globalización y el encarecimiento de las materias primas, de la tasa de beneficio del capital.  Si la tasa cae la presión fiscal se vuelve  insoportable  para las clases  de rentas más altas. No es que no haya dinero para pagar las pensiones o las escuelas por parte de los ricos; que lo hay y de sobra, es  que no están dispuestos a pagar tanto en relación a  sus beneficios  y  al  mercado competitivo y globalizado al que se enfrentan. Alguien dirá entonces que la causa de la insostenibilidad  fiscal  del Estado de bienestar es la avaricia de las clases dirigentes y no le faltara razón. Pero nos equivocaríamos si entendemos la avaricia como una cualidad (o defecto) moral subjetivo  y no como un dispositivo estructural y objetivo de la lógica  capitalista. Lamentarse de que los capitalistas sean avaros es como lamentarse de la fuerza motriz del viento.

Desmontando el Estado del bienestar las clases dirigentes  buscan conseguir una recuperación a corto plazo de las tasas de beneficio, ¿de qué  manera?:

(a)  Abriendo nuevo nichos de mercados, y de plusvalía,  en lo servicios privatizados de la salud, la educación, las pensiones.

(b)  Reduciendo la presión fiscal  para las rentas altas.

(c)  Aumentando las tasas de plusvalía sobre los trabajadores  de los países desarrollados y disciplinando la mano de obra por medio de un ataque a la composición orgánica  de las clases trabajadoras.

(d)  Reduciendo   los costes de transacción y las limitaciones al beneficio privado que suponen las regulaciones  de salud laboral,  ambientales,  de igualdad de género y otras.

De hecho esto es  lo que en un  grado u otro vienen haciendo desde los años 80 y que ha conducido a tres situaciones altamente indeseables: (i) A un aumento  exponencial de las desigualdades sociales, (ii) a una disminución  fuerte del peso de los salarios  en la renta nacional, y (iii), al incremento  del endeudamiento privado. Esta situaciones  se han hecho insoportable con la crisis financiera  del 2007  cuyo detonante ha sido la subida  de los precios de las materias primas producido por  el crecimiento del consumo  mundial (China, India, Brasil9. Hasta ahora el consumo del mercado interior se ha mantenido gracias a una producción artificial de dinero y a unz `política irracional de créditos y endeudamiento  con lo cual se compensaba  la bajada de los salarios y la concentración de las rentas. Pero  el horizonte de una crisis de escasez física  ha provocado la aparición  de un tipo de crisis (tormenta perfecta)  como la actual, de magnitudes desconocidas, donde se adjunta las crisis  de distribución  (como la del 29) con una crisis  ecológica de escasez. Esto hace imposible una salida fordista (ampliar la demanda)  al estilo keynesiano.  Al capital sólo le queda, para recuperar  la tasa de beneficio,  que recurrir a la plusvalía  absoluta  como aquella que  han vendió aplicado a las  clases trabajadoras del tercer mundo. Esta es  la ley de hierro  para poder competir   en un mercado globalizado.

El Estado del bienestar es insostenible por que el capital ha roto el pacto con las clases trabajadoras occidentales de manera unilateral. Ya  no le interesa al no poder  obtener fuera (tercer mundo y materias primas) los beneficios que compensaba los costes  del bienestar dentro . Ya hemos dicho que unas salida fordista a escala mundial es imposible pues  los límites físicos del planeta  lo impide y la dinámica de la deuda lo dificulta, pero la recuperación de la tasa de beneficio, salvo milagros tecnológicos, tiene también  una trayectoria muy corta y provisional.

El callejón ecológico y financiero sin salida de la actual  fase  del desarrollo  capitalista  pone en peligro sistemas blandos de dominación como las democracias occidentales y nos acercan a  horizontes de  sistemas políticos autoritarios con  un fuerte e intenso  uso de la exclusión social y la violencia. El crecimiento era  la única  droga  que calmaba los dolores de la desigualdad, sin crecimiento la desigualdad carece del necesario consenso social para ser aceptada mayoritaria y democráticamente. El capital ha podido dominar por medio de la hegemonía ideológica y cultural  allí  donde era la plusvalía  relativa la que se imponía (los países del primer mundo); no así en la  periferia donde la crudeza  de plusvalía absoluta  impedía cualquier ejercicio pacifico de la dominación, como así  ha sido. La muerte del Estado de bienestar, único concilio político donde era compatible establemente democracia y capitalismo; anticipa y anuncia a la vez  otras defunciones  aún más siniestras, como la de la misma democracia. En el proyecto neoliberal del mundo, si es que existe algo así, la democracia y los derechos humanos ya no forman parte ni siquiera de su retórica   de autolegitimación.

Pero todo esto no puede  ocultar que el actual modelo capitalista de Estado de bienestar es ecológicamente insostenible y socialmente injusto a escala  mundial. Esta insostenibilidad  física y ecológica no es  remediable  a través de ningún arreglo institucional.  ¿Significa esto que la  educación o la salud pública son también ecológicamente  insostenible? No, es exactamente lo contrario: lo único que puede ser ecológicamente sostenible es una gestión pública, colectiva y eficiente de los servicios básicos. Es la sinergia diabólica entre gasto público y privado que se da en el Estado del bienestar actual el que no podemos físicamente permitirnos. En están disyuntiva el capital opta por desmotar el Estado mostrando así  que carece de cualquier proyecto civilizatorio a largo plazo y  de una  ”general Intelligence ” . En el momento histórico que más necesitamos del Estado y de la inteligencia  colectiva del sector  público,  el neoliberalismo, cegado por la lógica inmediatista del beneficio, opta por el caos  del mercado  y  la sociedad civil capitalista.

O lujo privado o lujo público este es el dilema que los neokeynesianos y gran parte de la izquierda no quieren aceptar ni en rstos días en que el réquiem por  el Estado social  suena ya en todos los templos políticos del mundo  occidental.  El crecimiento no volverá, ni es deseable que vuelva; sólo la austeridad  y la inteligencia  nos salvara. Ellos, la derecha neoliberal,  plantean la austeridad  en la esfera de lo público  y de los servicios básicos universales para posibilitar, vana pretensión,   que continúe la  fiesta  y el  despilfarro en los palacios   (las casitas adosadas  ya no entran). Tan poco es  posible. Elysium  no es sino  una ensoñación de ciencia ficción bastante grosera. El problema es que la coalición negativa entre  el imposible resistencialismo de la izquierda y el delirio neoliberal pueden acabar con la destrucción mutua asegurada. La lucha  de clases puede tener un final  inesperado, aunque  ya Marx lo intuyó; la aniquilación de los  contendientes. El fin de las clases sería así y también el fin de la  humanidad.

¿Podemos resucitar al Estado de Bienestar?

No, el pacto entre trabajo y capital no volverá, las condiciones  que  lo hicieron posible son irrepetibles. La defensa pues  del Estado de bienestar  en lo que tiene de universalización  de bienes y servicios   básicos no debe realizarse desde  una posición inmovilista de defensa del status quo actual La austeridad privada equitativa  y la racionalidad pública igualitaria debe  ir de la mano. Ecología+ igualdad, esta es la fórmula; o lo que es idéntico, austeridad + igualdad, eficiencia + igualdad.

Dada la celeridad y la complejidad de la crisis ecológica  (cambio climático y crisis energética y alimentaria) ,0 la gravedad de las desigualdades sociales  y el endeudamiento mundial, sólo una reconstrucción democrática  y ecológica del Estado difuso que ha supuesto el Estado de bienestar puede comandar la necesaria transición. Cualquier crítica total  a la razón pública del Estado democrático, venga de donde venga, es hoy un acto criminal que favorece  la entropía socioambiental en la que estamos inmersos. Los críticos artísticos del capitalismo, el ciudadanismo antipolítico deben de reconsiderar hoy su posición si no quieren acabar   engrosando las filas del Tea party

La desigualdad y no el consumo, ni el crecimiento son el problema. A más desigualdad más impacto ambiental,  a mayor impacto ambiental más desigualdad y conflictos. Un reciente meta estudio publicado en Science (Solomon M. Hsiang et al.Quantifying the Influence of Climate on Human Conflict. Science 341, (2013); muestra la correlación causal entre crisis climáticas y conflictos  sociales, militares  y políticos.

La desigualdad  y la crisis ecológica son los dos retos sobre cuya resolución  habrá que reconstruir un nuevo modelo de poder ecopolítico  y radical democrático. Sin ambiente natural no podemos vivir, sin igualdad tampoco. La desigualdad  destruye  los dispositivos esenciales para nuestra supervivencia  como especie que son los dispositivos que favorecen la  cooperación social.  En  la defensa de los servicios públicos básicos, en la disminución de las formas extremas de desigualdad,  en la reorientación ecológica del sistema de producción y de consumo y en una profunda y radical  reforma democrática del Estado están los nudos de conexión entre el postbienestarismo  social  y  la ecología política. En este  horizonte el ecosocialismo es hoy más perentorio que nunca.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *