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La nostalgia de la igualdad

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En los aproximados 200.000 años de historia del homo sapiens, escasamente durante unos 10.000 hemos conocido, en grados muy diversos, la  desigualdad. De esos 10.000 años, en no más de trescientos, los últimos, la desigualdad creció de forma exponencial. La revolución  neolítica y la revolución industrial han sido los dos gradientes de crecimiento de la población y de ensanchamiento de las desigualdades. Estos datos se olvidan a menudo y con ello se oculta que  ha sido la cooperación y las instituciones altruistas las que nos han acompañado a lo largo de la inmensa mayoría de nuestra historia evolutiva.

Es consistente  pues que  la selección natural haya arrojado como resultado una especie humana modulada para cooperar y en mucha menor medida, y de forma subsidiaria, para competir. La competencia cuando es una función derivada de la cooperación es eficiente y evolutivamente adaptativa cuando se convierte en una función autónoma y dominante es ineficiente y genera desigualdades insostenibles. Como muestra tanto la teoría de juegos como los estudios empíricos sobre competitividad en deportes o en  el mercado: la competencia favorece la retroalimentación positiva y por ello incrementa la desigualdad y acaba  dañando a la misma función de competitividad.

Desde esta perspectiva no es extraño que como dice la epidemiologia  política: la desigualdad dañe seriamente la salud. Nuestro genotipo, nuestros cuerpos se llevan muy mal con la desigualdad, no estamos ni preparados, ni acostumbrados ni filogenética, ni ontogenéticamente; para ser esclavos, ni para ser siervos de nadie. La desigualdad severa  y constante es una anomalía y como tal es procesada por los sensores corporales y asemejada a las anomalías ambientales más frecuentes y graves: los escenarios de fuga y lucha. Las consecuencias fisiológicas de un mantenimiento prolongado de estos estados de tensión máxima del organismo es conocido como “estrés crónico”. De esta forma la desigualdad no sólo mata y enferma por carestías (hambre y falta de recursos) sino también directamente por medio del  estrés crónico.

Toda nuestra memoria biocultural, como la llama Victor Toledo,  está preñada de una infinita nostalgia de la igualdad y la cooperación. Lo dice los relatos justicieros de los mitos y las religiones. Lo dice la historia de las herejías y las revueltas populares contra  los poderosos. Lo dicen los discursos igualitaristas de  los  movimientos sociales y la  ambición ética de la literatura. Lo dice la  ciencia y las utopías modernas. Pero también lo dice nuestro cuerpo, nuestro sistema inmunológico y digestivo, nuestro sistema nervioso, nuestra piel y nuestro sistema endocrino. Aunque  hoy  no queremos verlo pero la fuerza de la igualdad nos arrastra incluso cuando todo está pensado, desde la socialización hasta las instituciones, para desterrar este impulso telúrico.

Hay motivos para ser optimistas. Y aún en medio de la oscuridad subyugante de la teología, la nostalgia de la igualdad emerge como una vieja y nueva estrella de la redención cuando en un hadith del profeta Mohama se dice: «Cuando Dios creó a los ángeles, éstos alzaron la cabeza hacia el cielo y preguntaron: “Señor, ¿con quién estás?” Él respondió: “Estoy con aquel que es víctima de una injusticia, hasta que su derecho sea restablecido.”».Así sea porque así es. Necesitamos una nueva epifanía de la igualdad, una buena tarea para la izquierda del futuro inmediato

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