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Las políticas del entretenimiento

capitalismo y cococa cola

 

La búsqueda del entretenimiento o de la diversión me parece más peligrosa que combatir la melancolía o la abulia a base de cocaína. De todas formas entiendo y respeto (¿cómo no?) a aquellos y aquellas que echan mano de la diversión, el entretenimiento  o la cocaína. La obra de arte que debe  y que puede ser cada vida singular admite cócteles muy distintos. Por ejemplo el juego es entendido como entretenimiento, grave error.  Hablamos cuando nos entretenemos  de “estar matando el  tiempo” ¡qué barbaridad¡ Decimos eso y no nos damos cuenta que “matar al tiempo”  es un suicidio, somos tiempo. O decimos que  nos divertimos, cuando jugamos, otra autoagresión. El juego es la esencia de nuestra forma de ser social, somos, como tantas otras especies; animales lúdicos. Pero no es de eso de lo que quiero hablar cuando hablo de la política del entretenimiento, es otra cosa. Otra cosa que tiene  que ver en escala macro con eso de lo que hablado (el entretenimiento, la diversión)  en escala micro.

¿Y qué es esa otra cosa? Pues una estrategia de distracción y de banalización de la acción colectiva que otorga la sensación de participación y protagonismo  a los individuos y los grupos cuando en realidad sólo se está “matando al tiempo”.  El tiempo y algo más, las energías y las fuerzas sociales de cambio. La demanda de participación es canalizada y reutilizada hacia actividades secundarias y banales que en nada afecta a los núcleos duros del poder donde se toman las decisiones relevante `para la vida y la muerte de  millones de personas. Esa estrategia de banalización o  vaciamiento de la participación social tiene dos dimensiones:

  1.  La participación  como entretenimiento. A los individuos, y las instituciones se les distrae en actividades supuestamente colectivas y políticas cuya relevancia real está muy cerca al cero. Por ejemplo una que acabo de escuchar en TV: recoger  miles de firmas para forzar que el ayuntamiento de Madrid ponga a una persona  de piel  negra de Rey Baltasar en la cabalgata de Reyes Mayos. De esta manera se hace que todos decidan sobre nada.
  2. La participación  como “brújula del mercado”. La opinión del consumidor  es tomada como brújula de mercado que informa al gestor del capital por dónde va la  demanda. Es eso que hacen las compañías telefónicas cuando piden que valores el servicio del 0 al 9. De camino a través de la participación del consumidor convierten a este  en el manigero  (controlador) del trabajador.

En ambos casos la sensación primaria que tiene el participante (votante o consumidor)  es  que  “se le tiene en cuenta”, que “es escuchado”, que su “voz importa”. Pero el resultado final es la proliferación de miles de procedimientos de participación y/o de evaluación que acaban agotando a los mejores  y atontando a los menos críticos.

Estos fenómenos se han visto multiplicados hasta el paroxismo por las TIC y las redes sociales. Centenares de causas te llegan a la semana para que firmes. No hay empresa o institución sin su Facebook donde te piden que opines y participes. Y todo esto pasa mientras los centros de decisión están cada vez más lejos y ocultos y crece más y más la desigualdad social. El desasistimiento (votar con los pies)  es la respuesta más racional, la compulsión participativa la menos. En todo caso la movilización y organización política son la gran víctima de la estrategia   del entretenimiento que optimiza la reivindicación de participación en contra de los intereses de los que la demandan. Aburrimiento, apatía, abulia son las nuevas figuras  subjetivas de  la alienación tecnopolítica.    

 

 

 

 

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