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Por qué no soy creyente

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No soy creyente porqué no soy tonto. O mejor, por qué no soy  lo suficientemente tonto. ¿Significa esto que todos los creyentes son tontos? No. ¿O qué todos los ateos son inteligentes? No. Significa que el no ser suficientemente tonto dificulta enormemente que se sea creyente pues reduce mucho la probabilidad de creer. Un ejemplo; si a la pregunta de por qué no soy alpinista respondo que por que tengo cierta tendencia a padecer ataques de vértigo no implica que ningún alpinista tenga ataques de  vértigo o que todos los que no son alpinistas padezcan vértigo. No, sólo que el vértigo es un patología que quita, en general, las ganas de escalar por qué aumenta “muy mucho”  las probabilidades  de tener accidentes en la escalada.

¿Qué entiendo por tonto? Aquellos y aquellas que hacen trampa jugando al solitario. Hablo claro está de los creyentes honestos no de los que usan las creencias religiosas para engañar a los otros y robarles  la cartera, el alma, el cuerpo y hasta el iphone. Esos no son tontos, esos son demasiados listos. “Hacerse trampa en el solitario” es operar mentalmente de la siguiente manera: puesto que no me gusta la muerte me invento la inmortalidad, puesto que no confió en la ética humana me invento la moral religiosa, puesto que no  le veo sentido a la vida me creo todo los cuentos que le den sentido. Ya se sabe  que la vida puede no tener sentido pero la ficción siempre lo tiene, no hay ficción absurda.

El sentido absoluto que la religión otorga es una prueba cabal de que es  ficticia. Dios que es al final y al cabo sino esa frase  última de la novela o del cuento que le da sentido a todos los disparates del relato. Comprendo la necesidad del consuelo y entiendo la mentira piadosa pero no entiendo que esta adopte la forma del autoengaño. Mentir para consolar puede ser en unos casos un gesto de compasión  y en otros  de deshonestidad pero auto engañarse es siempre una tontería.

No soy creyente porque no soy egoísta. Detrás de todas  las  creencias religiosas hay un negocio de economía salvífica: de doy uno y recibo infinitos. Ya saben, la apuesta de Pascal; la probabilidad es baja, el esfuerzo pequeño pero el premio es inconmensurable. No hay nadie más egoísta en sus buenas acciones que un cristiano o un musulmán,  a cambio de algunos sacrificios  limitados esperan ganar dones y dádivas eternas. Incluso las religiones sin cielo, las animista o las basadas en la reencarnación `persiguen un fin mercantil de este tipo donde se  vende  moral por diversa  formas  de  bienestar, o de evitación del malestar,  ultramundanos.

Al contrario de lo que se piensa  las religiones no solo no estimulan el natural, evolutivo, altruismo de una especie tan eusocial como la humana sino que la atrofian y manipulan. Las encuetas de sociologías fiscal muestran como en Estados Unidos o en Europa las gentes más proclive a aceptar los impuestos como mecanismos de redistribución de la riqueza son los ateos o los agnósticos y los menos  partidarios los creyentes. En España los ciudadanos y ciudadanas que en mayor  proporción marcan la equis de la casilla de la  iglesia católica son los que están situados los tramos superiores de renta. No somos altruistas  por qué somos creyentes sino a pesar de que somos creyentes.

Y finalmente, no soy creyente porque no soy un filisteo. No creo que las cosas sean válidas sólo por sus resultados sino que pienso que hay cosas, la mayoría, valiosas en sí mismas.  Al igual que toda religión es salvífica es también escatológica. El goce, el amor, el placer, la alegría, están siempre, para el creyente,  desplazadas a “un luego” futuro.  El dolor, la desgracia, el mal,  la inquina viven amenazadoramente en el presente. A la religiones las realidad y el tiempo les repugna a mi me fascinan.

Las creencias religiosas no otorgan seguridad sino que gestionan la inseguridad de tal modo que nos convierten en adicto a la zozobra y la inquietud: “Estad vigilantes  por  qué no sabéis, ni el día, ni el lugar, ni la hora”. La parábola de las vírgenes prudentes es una figura de esta forma de explotación mercantil de la seguridad. La iglesia es la primera compañía de seguros de la historia.

Las creencias religiosas nos hacen ser  más tontos, más egoístas y más filisteos de lo que ya de por si somos. No sólo podemos vivir sin creencias religiosas si no que viviremos en general mejor sin ellas.  El pensamiento progresista de izquierdas comete un error cuando valora que lo importante de los mensajes religiosos  es su contenido ideológico y desprecia la importancia de la fuente irracional y autoritaria que los genera. El mensaje homófobo o racista del catolicismo  conservador tiene la misma fuente que el mensaje izquierdistas de la teología de la liberación. La bondad de  la conducta de un creyente añade  ni un gramo de  irracionalidad de los fundamentos de sus creencias. El presidente venezolano Maduro hablando de pajaritos reencarnados  es tan ridículo, o más, que los talibanes  invocando la ley islámica. La espiritualidad light,  a lo “new age, es tan filistea  como la espiritualidad ignaciana de los jesuitas.

Es cierto que la ceguera nos libra de las ilusiones ópticas y la sordera de las ilusiones auditivas pero el precio a pagar es altísimo: no ver, no oír nada. La racionalidad y la ciencia están cargadas de trucos, ilusiones, errores, sesgos pero son el único camino posible para no ser tonto, ni  egoísta, ni filisteo. Si algo parecido a lo mejor de la religión, la pasión mística de fraternidad con el mundo, ha de surgir  en el futuro vendrá del afrontamiento honesto y directo con el misterio de la realidad que nos plantea la ciencia y no de los antiguos cuentecillos  religiosos  tan estúpidos,  tan mezquinos, tan miserables.

Estas cuestiones ni son particulares ni son accesorias; son políticas y son centrales. El error de la izquierda posmoderna de creer que las guerras culturales  estaban al margen de la lucha  de clases  y de las condiciones materiales  de la vida social sólo es comparable con el no menos erróneo olvido de la guerra cultura como parte de la guerra social, de la izquierda  tradicional. En los sótanos húmedos, en los hangares abandonados del verdadero club de la lucha  que es la historia, la pelea   entre las luces  y las sombras sigue librándose, quizás  de forma  más cruda y cruel cuanto más  sorda , quizás por qué es más decisiva y sabe  que lo es.

 

 

 

Un comentario

  1. A mí no me llame tonto, gracias.

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