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Andalucismo y Ecologismo Político: las dos caras de la sustentabilidad

 

Tras más de dos siglos de hegemonía, la modernidad y el crecimiento económico, esto es, el capitalismo en su esencia, han entrado en una crisis irreversible que augura cambios. Las ideologías políticas que dominaron el siglo XX fracasaron en su empeño de construir una alternativa al capitalismo basado en la igualdad social, entre otras cosas porque fundamentaron su proyecto emancipatorio en el productivismo y en el internacionalismo globalizador, en un mundo imposible de riqueza ilimitada y superación de los Estados. La crisis civilizatoria a la que nos enfrentamos y su manifestación más evidente, la crisis metabólica actual, han dado al traste con el sueño de una sociedad opulenta y han puesto de manifiesto que el ideal igualitarista no podrá alcanzarse sin una conciencia clara de los límites biofísicos del planeta. El ideal emancipatorio debe cimentarse no sólo en la equidad sino en la sostenibilidad. Tal es así, que ambos términos se han vuelto sinónimos; no habrá equidad social sin sustentabilidad ambiental ni esta será posible en un mundo asentado sobre la desigualdad social.

La modernidad que entronizó el capitalismo ha exigido un dominio del territorio cada vez más amplio y la destrucción de la diversidad cultural en beneficio de una cultura uniforme con la que facilitar el funcionamiento sin trabas de los mercados. Aculturación y el alejamiento de los ciudadanos en la toma de decisiones han sido las fuerzas motrices, tanto del proceso de construcción de los estados-nación durante el siglo XIX como del proceso de globalización en el XX. Ambos procesos, funcionales a la expansión del capitalismo, constituyen sin embargo una rémora objetiva para el futuro, para el logro de una sociedad sustentable. Desde un punto de vista biofísico, las alternativas a la actual crisis sistémica pasan por la reducción del perfil metabólico de nuestras sociedades, sobre todo de las occidentales. Ello implica una reducción sustancial en el consumo de energía y de materiales y una recuperación también sustancial de la biodiversidad. Cualquiera que sea la tecnología que se utilice, los recursos y servicios ambientales locales desempeñarán un papel central. El locus de la sustentabilidad no está en la globalización sino en los territorios. Esta coherencia entre sustentabilidad y lo local es la que otorga un nuevo sentido el andalucismo, una vez superada la ambición etnicista y estatalista que dominó sus orígenes.

Hay razones de toda índole que abogan por ecologizar el Andalucismo. No sólo porque el ecologismo, y más en concreto la Ecología Política, es el lenguaje político del cualquier alternativa emancipatoria, sino también porque es la única ideología que puede dotar de un horizonte estratégico coherente al Andalucismo, adaptándolo a los nuevos tiempos de nacionalismo democrático y postetnicista. En efecto, el Andalucismo debe ser necesariamente ecologista y son varias las razones que lo acreditan. Por ejemplo, la preservación de patrimonio natural de Andalucía se ha convertido en la principal tarea de los andalucistas. Si no paramos la degradación que produce en nuestro ecosistemas el modelo de desarrollo depredador y esquilmante que ha sido dominante en Andalucía desde el siglo XIX, y especialmente en las últimas décadas de especulación inmobiliaria y destrucción territorial, no habrá nada que legar a las generaciones futuras, ni tendremos oportunidades ninguna de configurar el nuevo patrón de desarrollo que tanto necesitamos. Las posibilidades de Andalucía como Nación, su viabilidad territorial, se verán seriamente disminuidas. Los dramáticos efectos que el cambio climático tendrá sobre Andalucía constituyen un claro ejemplo de la urgencia con que los andalucistas debemos acoger la reivindicación ecologista: sin medio ambiente, sin territorio, no hay nación. El paisaje y la configuración físico-biológica de Andalucía es un elemento esencial no de un territorialismo excluyente, sino de un espacio que permite la identificación multicultural de todos los que lo habitan (solidaridad entre los que viven y trabajan en Andalucía y las generaciones futuras). El proceso de aculturación y degradación cultural que sufrimos es, desde esta perspectiva, objetivamente antiecológico, ya que legitima la apropiación por parte de los mercados y la degradación de nuestro territorio, de nuestros ecosistemas y de los servicios que presta. Es tarea de los andalucistas defender y potenciar la identidad cultural de Andalucía, de la que su territorio y sus recursos forman parte indisociable.

La conservación del paisaje y de los recursos naturales característicos de Andalucía constituyen, pues, el pegamento que da cohesión a nuestra identidad política. Es fundamental su conservación y mejora, pero no sólo por razones identitarias. El capital natural que Andalucía atesora constituye nuestro principal activo, nos permite disfrutar de ventajas comparativas para hacer practicable ese nuevo modelo de desarrollo, que se basará en la prosperidad antes que en el crecimiento.

Pero, al mismo tiempo, el ecologismo debe superar su indiferencia respecto a los marcos territoriales, para practicar lo que ha sido uno de sus lemas históricos: pensar globalmente y actuar localmente. Las alternativas ecologistas necesitan de un territorio reducido cuya gobernanza requiere cercanía, deliberación y participación, en suma democracia. La producción de bienes públicos requiere un gobierno legítimo y legitimado por una comunidad solidificada sobre la base del reconocimiento mutuo de una identidad compartida. Es lo que los politólogos llaman cultura nacional. Ciertamente, la cultura nacional se ha entendido de una manera excluyente, dando a los rasgos étnicos una relevancia exclusivista que ha obstaculizado el ejercicio de la democracia y ha matado la pluralidad. Buena parte de los desastres y guerras han sido alentados por esta idea perversa y totalitaria del nacionalismo. Pero en los últimos decenios, el nacionalismo se ha reencarnado en una versión democrática y pluralista de la identidad que ha hecho de ese binomio una entidad indivisible y al nacionalismo democrático la manera más idónea de organizar la producción pública de sustentabilidad. El nacionalismo se ha desembarazado por fin del estatalismo y de su maridaje siniestro, el estado-nación, para hospedar una concepción democrática de la comunidad.

Una vez rechazada la versión etnicista y reivindicada la versión más democrática del nacionalismo, el andalucismo puede constituir un poderoso instrumento de reducción de la intensidad del metabolismo de la energía y los materiales. Por ejemplo, comprar alimentos locales y no globales reduce las emisiones de CO2 y hace decrecer la economía sin graves daños ni reducción sustancial de los estándares de bienestar. Esta es la base de una propuesta seria de decrecimiento. En definitiva, andalucismo y ecologismo constituyen las dos caras necesarias de un proyecto político nuevo, que es capaz de sacar a Andalucía de la crisis y llevarla por el camino de la prosperidad y la emancipación. Por ello hemos creado Primavera Andaluza, una organización sociocultural que aspira a que todo ello sea realidad.

 

Un comentario

  1. José Antonio Pino

    Joer, Manuel, que pedazo de Manifiesto.Gracias

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