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El coste comercial de la separación

cataluña

 

 

Pankaj Gemawhat.Europa observa preocupada la creciente tensión entre los separatistas flamencos y los valones en Bélgica, materializada en la ausencia de gobierno desde septiembre de 2010. Si bien es cierto que en la estructura federal belga las regiones gozan de una amplia autonomía, Flandes utiliza la fuga de capitales en forma de transferencias destinadas a paliar las diferencias económicas existentes entre norte y sur como principal argumento secesionista. Argumento recurrente también en el discurso nacionalista en Cataluña.

A propósito del nacimiento de Bélgica como una escisión de los Países Bajos en 1830, la historiadora Els Witte observa que la industria belga sufrió una grave crisis a causa de la pérdida de sus mercados principales. Como eco de estas palabras, en este artículo me propongo analizar el perfil comercial de Cataluña para mostrar cómo el levantamiento de una frontera entre España y Cataluña podría conllevar grandes reducciones en el comercio interregional, un coste con consecuencias macroeconómicas que debería incluirse en el análisis coste-beneficio de la separación.

A menudo oímos afirmaciones como que en la actualidad las fronteras han dejado de existir y que las distancias son de hecho irrelevantes. No obstante vivimos en un mundo en el que las distancias no son puramente geográficas sino que poseen un carácter más complejo. El ejemplo del comercio de bienes resulta paradigmático: el volumen de comercio de Cataluña con el resto de España es sólo ligeramente inferior que con el resto del mundo dada la mayor proximidad en la dimensión geográfica, cultural, administrativa y económica. (Ver mapa de las exportaciones de Cataluña.) El efecto frontera entre Cataluña y Francia, que mide la intensidad relativa del comercio interregional respecto al comercio internacional controlando por el PIB y la distancia, se ha reducido desde mediados de los años noventa a la mitad, pero parece haberse estancado cerca de veinte. Este sesgo implica que la integración económica no reduce del todo las barreras al comercio que supone una frontera -barreras que resultan incluso más difíciles de superar en sectores de servicios, más sensibles a la distancia-.

Si analizamos el comercio internacional a la vez que con el resto de comunidades de España apreciaremos hasta qué punto es importante la dimensión regional para la economía catalana. En el ranking de los doce primeros socios comerciales (por exportaciones) aparecen siete comunidades autónomas y cinco países, siendo Aragón el primer socio y Francia el segundo. Dividiendo estos flujos por el PIB de las áreas que reciben productos de Cataluña se observa que la intensidad de comercio con Aragón es entre cinco y seis veces la intensidad con el resto de España. Ampliando el espectro, el ratio asciende a veinte cuando comparamos la intensidad de comercio entre Cataluña con el resto de España respecto a con el resto de la UE.

Destino de las exportaciones de Cataluña en 2007

*Nota al pie: Los cálculos presentados en mi nuevo libro, World 3.0, muestran unos efectos incluso mayores dada la mayor amplitud del período usado (desde mediados de los años 90) en el que el comercio interregional supone una porción mayor de la balanza comercial.

 

 

 

 

Los datos de 2007, último año anterior a la crisis, revelan un déficit comercial (internacional) de 30 mil millones que queda prácticamente equilibrado cuando se añade un superávit en la balanza interregional de más de 20 mil millones. De hecho, sectores como el de procesamiento alimentario, que parece a priori un lastre para el comercio en Cataluña, adquiere gran relevancia (en términos de competitividad) cuando se añade el comercio regional dado su amplio superávit comercial con el resto de comunidades. Ejemplos como este revelan que Cataluña juega un importante papel como nudo de importación para España, importando del exterior para vender al resto del país.

En base a los datos mostrados acerca de la estrecha relación comercial existente entre Cataluña y España cabe preguntarse qué impacto produciría el levantamiento de una frontera entre ambas. El comercio bilateral entre la República Checa y Eslovaquia en los años posteriores al “Divorcio del Terciopelo”, en 1993, cayó un 75%. Basado en este y otros estudios Jeffrey Frankel, profesor de Harvard, concluye que estadísticamente dos empresas situadas a ambos lados de una frontera comercian entre un tercio y dos tercios de lo que lo harían si esa frontera no existiera. Si trasladamos estos cómputos al contexto de Cataluña en 2007, una reducción del comercio interregional a un tercio de su nivel actual provocaría una caída de la balanza comercial (total) de un -4% del PIB a un -13%, con una correspondiente caída del PIB mismo de hasta un…¡7%! *

A pesar de ser cálculos de carácter orientativo, sus magnitudes deberían tenerse en consideración y ser integradas en el debate sobre el futuro de Cataluña.

Publicado en La Vanguardia.

Extraido de http://www.fedeablogs.net/economia/?p=12599

Un comentario

  1. josé santana valls

    Los datos económicos que se manejan de ser ciertos, que no lo dudo, pone de manifiesto que la idea de independencia de un territorio tiene que ver más con la idealización del ego territorial que con la necesidad objetiva de tender fronteras aunque estas sean más teóricas que reales, pues que duda cabe que perteneciendo todos a la UE no deberia ser muy impactante a largo plazo la caida del comercio entre Cataluña y el resto del territorio español. Pero en un primer momento, como en el ejemplo de las republicas Checa y Eslovaca se produciría un retraimiento aunque no fuese más que por un rechazo momentaneo sobre quien ha decidido separarse ¿hace falta?. Luego estarian los agravios comparativos por las distintas trayectorias históricas, sociales y culturales ¿merece la pena?.
    Una Europa diversa, plural y a la vez unida en un proyecto común que transceda la actual política de priorizar al capital y sus movimientos especulativos sobre los ciudadanos, verdaderos y principales sujetos de derecho, y que fuera dirigido a crear de verdad un espacio común de libertad y bienestar, con políticas realmente sostenibles y eficaces en su lucha contra la desigualdad, superaría cualquier deseo por activar la idea mito de que los pueblos, cada uno de ellos, son diferentes del resto y “necesita” de la independencia para realizar su proyecto. Yo no me lo creo, los nacionalismos territorialistas, quizas en el fondo los más coherentes, no son más que un atavismo de un romanticismo que bebe en el mito y la diferencia como única garantía para conservar la propia identidad, como si esto fuera posible o necesario.
    Al final todos somos “mestizos”. O deberiamos serlo para evitar las hegemonias sociale y políticas.

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