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El ecoandalucismo: el efecto de relocalización (I)

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Francisco Garrido.

La ecología política nos insta  a   ”pensar globalmente y actuar localmente”.  El “pensar global” no debe ser entendido en un sentido restrictivo, como  limitado al plano cognitivo sino también ha de ser ampliado a la dimensión ética y política.  Hemos de actuar cada cual  en nuestro espacio, tiempo y contexto pero orientando esta conducta local  en virtud de objetivos, interacciones y consecuencias  globales. Esta extraordinaria consigna  no está, lógicamente,  exenta de obstáculos y contradicciones  pues entre “lo local” y  “lo global” median brechas  sociales y políticas nada despreciables en medio de las cuales puede quebrarse   el enfoque cosmopolita de la ecología  política. Al mismo tiempo, y como reacción profiláctica contra esta quiebra  del  imprescindible cosmopolitismo,  surge también la tentación uniformizadora .

                 Por el contrario el actual proceso de globalización neoliberal, y en general toda  la industrialización   y mercantilización moderna, parecen estar orientados `por el eslogan inverso, algo así como: ”Actúa  globalmente  y  piensa localmente”. Una intervención y acción  mundial que  afecta a millones de personas, a millones de organismos y ecosistemas, a la comunidad biótica, a las generaciones futuras regido por los intereses y objetivos inmediatos  y por el más  irracional egoísmo. Las fábricas , los productos, las cañoneras, los sistemas operativos , la  información de las multinacionales  está globalizada. Pero  los centros de decisión  son locales  (occidente, China etc).

                Ya Marx se quejo amargamente   en los Grundisse  (“Contribución a al crítica de la Economía Política”) de la inexistencia de una  “general inteligent” en el proceso de acumulación y expansión capitalista. La lógica de la adaptación más depredadora a una sola función gobierna  este proceso de globalización: la conversión de cualquier valor en mercancía  capital. Boltanski  lo define así:

“ La acumulación de capital no consiste en un acaparamiento de riquezas, es decir, de objetos deseados por su valor de uso, su función ostentadora o como signos de poder. Las formas concretas de la riqueza (inmobiliaria, bienes de equipo, mercancías, moneda, etc.) no tienen interés en sí y pueden suponer incluso debido a su falta de liquidez, un obstáculo para el único objetivo realmente importante: la transformación permanente del capital, de los bienes de equipo y de las distintas adquisiciones (materias primas, componentes, servicios…) en producción, la producción en dinero y el dinero en nuevas inversiones (Heilbroner, 1986)” (Boltanski 1998).

Las cosas, las personas, los recursos naturales son epifenómenos de la única forma existente : la  mercancía  capital. Esta dialéctica comporta un desarraigo ontológico radical  entre  el capital y  la naturaleza  material de la realidad.  Es una deslocalización que va más allá del extrañamiento  de la localización geográfica de la nacionalidad  de los centros de decisión económicos y  políticos.  A diferencia del los antiguos imperios  en la  globalización neoliberal   el  centro también esta deslocalizado. 

El  capitalismo neoliberal no deslocaliza  por que le venga bien  a sus intereses de aumento de beneficios y reducción de costes,  o en la lucha orgánica entre capital y trabajo  (que por supuesto también). Deslocaliza por que no puede hacer otra cosa  Cualquier localización deteriora  la ilusión  del crecimiento infinito y  reintroduce el concepto y el horizonte del límite y la finitud. Bostanski describe muy bien este  proceso de desarraigo, desteritolrialización,  atemporalización y desmaterializaciópn del capital:

Este desapego que muestra el capital por las formas materiales de la riqueza le confiere un carácter verdaderamente abstracto que contribuye a perpetuar la acumulación. En la medida en que el enriquecimiento es evaluado en términos contables y el beneficio acumulado en un periodo se calcula como la diferencia entre los balances de dos épocas diferentes1, no existe límite alguno, no hay saciedad posible2, justo lo contrario de lo que ocurre cuando la riqueza se orienta a cubrir las necesidades de consumo, incluidas las de lujo. 

Existe sin duda otra razón que explicaría el carácter insaciable del proceso capitalista, que ha sido señalada por Heilbroner (1986, p.47 s.). El capital, al ser constantemente reinvertido y al no poder seguir creciendo sino siendo puesto en circulación, hace que la capacidad del capitalista para recuperar su dinero invertido incrementado con algún beneficio se encuentre perpetuamente amenazada, en particular debido a las acciones de otros capitalistas con quienes se disputa el poder de compra de los consumidores. Esta dinámica genera una inquietud permanente y ofrece al capitalista un motivo de autopreservación muy poderoso para continuar sin descanso el proceso de acumulación” (Boltnski 1998).

            El proceso de desarraigo y de aceleración continua de la producción de   mercancías-capital  genera un estado social de inseguridad constante que sirve de aguijón y estimulo para que los individuos y las instituciones  participen constantemente en este clima donde  “ todo lo sólido se desvanece en el aire”. Esto explica  que  individuos  que viven en unas condiciones materiales  inimaginables hace un siglo vivan, al mismo tiempo, un estado de inquietud e inseguridad constante. La producción de inseguridad es clave para mantener el  ritmo  productivo. Gran parte de las reformas laborales puestas en marchar a  partir   de  la  ofensiva  neoliberal  de los años ochenta, consisten en medidas  que persigue  no  sólo reducir  el peso de los salarios ( que también se han reducido)  sino en producir inseguridad como estímulo reflejo que incita a la competitividad  laboral y a  la docilidad social y política. Sennette ha estudiado bien este proceso de “erosión del carácter”. (Sennette,R. 2003) Las quejas constantes  de los empresarios  y de sus  empleados intelectuales  (economistas básicamente) contra  las “rigideces del mercado laboral español”  o contra la reticiencia de los trabajadores  a  la   “movililidad” , reflejan claramente esa necesidad  de generar estados de  inseguridad  para que el “mercado de trabajo “ capitalista globalizado  funcione.

   El objetivo es que los trabajadores y las trabajadora se conviertan  en una especie de “vírgenes prudentes” que están permanentemente  alertas vigilando las lámparas   ( el curriculum , los cursillos constantes, el perfeccionamiento del inglés, el manejo del último Windows …) por qué  no saben nunca cuando vendrá el novio ( la oferta de trabajo o el cese del que se tiene ) en la noche. El caso más extremo de los efectos sicológicos de esta producción industrial de inseguridad  lo representan  la terrible  oleada de suicidios de FranceTelecom. Las presiones, la movilización geográfica y funcional continua,  la estimulación compulsiva de la competitividad dentro del centro de trabajo, la amenaza permanente del despido ha hecho la vida imposible a decena de  trabajadores y trabajadoras  que han preferido el suicido antes que seguir soportando este nivel de miedo e inseguridad en el trabajo 

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