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¿Fomentan las religiones el altruismo?

cura portero

 

Francisco Garrido.

En estos días en el que los déficit de derechos vuelve a darle alas a los clérigos, es  interesante pararse a  analizar si realmente las religiones escatológicas, como el catolicismo o el islam, fomentan  o no las conductas altruistas. Para muchas personas, que no comparten las creencias en los cuentecitos infantiles de las religiones, las iglesias se justifican por la  supuesta promoción   de valores altruistas que comportan. Son muchos también los que alaban a la iglesia de los pobres como la iglesia auténtica. La teología de la liberación llega a afirmar que Dios observa una opción preferencial por los desposeídos. ¿Pero   se basan realmente las religiones en  el altruismo?

Creo que no. Es más creo que es exactamente lo contrario: no hay nada más mercantil que la economía moral religiosa. Desde el momento en que esa economía moral cristiana o musulmana  (los deberes) son un instrumento  de las  economía salvífica (una plan de salvación individualizado); el altruismo está ausente. A principio de los años cuarenta el fiscal jefe del Tribunal  Supremo español calificaba como blasfema la moral republicana que difundía el deber de hacer el bien por el bien mismo, sin el temor  al infierno  ni  el amor al paraíso. Las religiones son en este sentido filisteas, no  persiguen el bien sino las consecuencias individuales y egoístas (la salvación).

Si describimos la función de utilidad de la practica religiosas vemos que a cambio de un coste finito y limitado se obtiene un beneficio eterno  e infinito (el paraíso). ¿Qué fondo de inversión da uns dividendos siquiera similares?  El más depredador de los bróker  de la bolsa de Nueva York es un inocente apostador al lado de la inversión que realizan las hermanitas de la caridad cuidando negritos en el Congo. ¿Qué supone algunos años en el Congo a cambio de la gloria eterna? La iglesia ha sido históricamente  un gran fondo de inversión. Baste mirar las iglesias y catedrales construidas y mantenidas con las donaciones de los más crueles  y sanguinarios reyes y señores feudales; estaban invirtiendo en  la eternidad. Las iglesias evangélicas norteamericanas  con el descaro que les proporciona  haber nacido  capitalista, lo proclaman abiertamente: “Tu le das a Dios uno y el te devuelve millones”.

La estructura del contrato mercantil asimétrico esta en el corazón de la práctica religiosa. El mercado de las indulgencias, que escandalizó a Lutero, era y es puro cristianismo. El mercado de los exvotos refleja simbólicamente  el “negocio de amor” en el que anda siempre metido el creyente y dios. Una piernecita de plata, un corazoncito de  oro, una figurita  de niño pequeño, donaciones a cambio de algunos favores terrenales. Las misma dialéctica de la oración y la plegaria ¿en qué consisten sino? Un dios que crea seres para que lo alaben eternamente y sino los condena, al fuego eterno no es precisamente una buen modelo de altruismo. Puede que ese dios sea amor pero todos convendremos en  que  si es así lo disimula muy bien.

Hay un hilo negro que une la historia de las religiones y la historia del capital: el egoísmo. El nacimiento de la desigualdad esta vinculado a los brotes de las religiones del desierto y en general a los fenómenos  religiosos normativos. El contrato de efectos diferidos que es la religión normativa  consuela por la desigualdad inmediata. Las religiones no son tanto el opio del pueblo como el opio del altruismo y la cooperación-

Una vez, en una entrevista,  el cardenal de Milan, Martini dijo: “¿Y si los verdaderos cristianos fueran los ateos, los no creyentes?” Si algún sentido tiene esta frase  quizás podría  ser : el altruismo está fuera de la economía de la salvación. Hay quien contrapone a la iglesia de los desposeídos y menesterosos a la iglesia contemplativa. Yo mantengo lo contrario, prefiero  a los contemplativos  que no hacen daño a nadie salvo a sí mismos, que a los asistenciales  que difunde la servidumbre.  No quiero un paraíso tan egoísta, y sádico como el que describe Santo Tomás cuando decía que el goce producido por la contemplación del dolor de los condenados será uno de los mayores placeres del cielo.

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