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La desigualdad es el verdadero problema de la democracia

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¿Por qué tanta gente se ha dado cuenta ahora de que vivimos en un democracia de muy baja  intensidad y de menor calidad? ¿Hay alguna relación entre esta incremento de la sensibilidad democrática per capita y la caída del PIB, el aumento del paro, los recortes sociales? A simple vista el correlato temporal parece claro. Los vicios y déficit democráticos  eran tan notorios y evidentes hace diez años como ahora. ¿Por qué entonces no y ahora sí? Una explicación cínica nos diría que el malestar democrático  no es sino un epifenómeno del malestar social que se manifiesta bajo reivindicaciones formales democráticas. La primera convocatoria del 15M del 2011 tenía  como reivindicación central la reforma de la ley electoral.

No comparto esta explicación donde la democracia pero admito que atesora una cierta porción de verdad: la relación entre democracia política y desigualdad social. La democracia es un sistema de los pobres contra los ricos, un sistema que garantiza un máximo soportable de desigualdad. La actual  crisis sistémica y metabólica ha superado los límites de ese máximo soportable de desigualdad. De ahí nace el malestar social más sincero y legítimo; de la evidencia de la democracia política no  es útil para blindar el suelo mínimo  de renta y derechos para todos y todas. La democracia no vale sino es capaz de ponerle bridas a la desigualdad, la crueldad y la voracidad de los ricos, de garantizar un mínimo de paridad entre la igualdad formal (política) y la igualdad material (social). Cuando la desigualdad material y  formal se distancia  más allá de los límites de la supervivencia  digna de la indiferencia política se vuelve  ira contra la “farsa democrática”.Esta explicación no sólo no desprecia la democracia política sino que revaloriza  a esta al contextualizar  socialmente sus fines y funciones.

De poco sirven  cambios  en el sistema electoral, introducción de mecanismos de participación directa o de trasparencia y otros cambios en la tecnología electoral si estos cambios  no van dirigidos y acompañados  con una la reducción severa  de la desigualdad social. Entre las coas que ha  demostrado el actual estallido del Walfare State es que “un poco de desigualdad puede ser mucho”, al igual que un poco de células cancerosas o de virus son ya  son mucho. El intento de cronificar la desigualdad, ha durado históricamente muy poco (a penas cincuenta años, los husitas duraron más). El pacto social entre capital y trabajo  en qué consistía el Estado de Bienestar, ha volado por los aires, era demasiado costoso para las oligarquías sociales dominantes  tras la emergencia de las nuevas potencias (China, India, Brasil) y la aparición de los primeros signos de agotamiento de los recursos naturales. Al fin y al cabo, la amenaza de la revolución había desaparecido ¿por qué  seguir haciendo concesiones?

Tenemos que tomarnos muy serio el asunto de la desigualdad tanto como el de la pobreza. El Estado de Bienestar entendió el problema de la pobreza, al interior  ya que  era muy funcional a los intereses de crecimiento y consumo tanto del capital como de los sindicatos. El crecimiento  ha hecho tolerable las altas tasas de desigualdad. La crisis, la recesión y el más que necesario horizonte de decrecimiento inducido fuerzan a recuperar el objetivo de la igualdad. Durante decena de miles de años nuestra especie ha combatido con una fuerza atroz cualquier brote de institucionalización de la desigualdad; ahora una vez que se hunde   el utópico escenario de un crecimiento infinito es necesario reaprender todos esos dispositivos para atar en corto a la desigualdad y la dominación. La limitación de las rentas, del patrimonio, de los estatus y de las injustas distribuciones de poder político son condición de posibilidad de un ejercicio democrático. Las mejoras del diseño son muy importantes a condición que vayan dirigidas a la reducción de la desigualdad pues sólo así estos nuevos diseños institucionales podrán ser operativos y no sólo papel mojado. El capitalismo y la democracia son ya  fatalmente incompatibles. Cualquier reforma democrática que ignore esta incompatibilidad de en el mejor de los casos será inútil y en le peor un manto de legitimación de la dominación.

La fuerza social para  impulsar el cambio democrático ha de venir del cambio social, de lo contrario  generaremos populismo antipolítico, una mera sustitución en la selección de las elites gobernantes al servicio de las  mismas oligarquías. Por eso da lástima y grima ver como muchos intelectuales de izquierda se lanza a firmar un manifiesto impulsado entre otros por Cesar Molinas Y Luis Garicano en el que las desigualdades sociales no existe. Adela Cortina, Félix Ovejero Lucas, Fernando Vallespin, Muñoz Molinas, Manuel Cruz y otros han sido incapaces de articular un discurso propio y sólo les queda hacer de veleros de la nave neoliberal. ¡La desigualdad, estúpidos, la desigualdad¡

 

* Aquí el manifiesto citado: http://porunanuevaleydepartidos.es/

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