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La revolución verde

Francisco Garrido.

La ecología política es la única alternativa viable contra la crisis. Siento ser tan rotundo pero tengo sólidos y robustos argumentos. Ya sé que  casi nadie lo quiere ver por qué supone acabar con la gran droga de la modernidad: el crecimiento. Es más fácil creer que cambiando el sistema electoral o metiendo en la carcel  a algunos banqueros (cosas todas que hay que hacer con urgencia)  saldremos de la crisis, pero mucho me temo que el asunto no es tan sencillo. La derecha hace tiempo que sabe que, de momento,  no hay para todos y están enterrando  a toda prisa las promesas de  consumo universal sobre la que se sostenía  el Estado del Bienestar.

Cuando los neokeynesianos critican las políticas de austeridad  como contraproducentes para estimular el crecimiento y el consumo,  no entienden en qué momento estamos, se les  paró el reloj. Las clases dirigentes  occidentales ya no aspiran a obtener una tasa de beneficio mayor  ampliando el mercado sino reduciendo el reparto. O lo que es igual, han pasado de hacer políticas que incrementen la plusvalía relativa a políticas que maximicen  la plusvalía absoluta.  Mal asunto, cuando el objetivo es la plusvalía absoluta no sólo crecerá la desigualdad (como no ha dejado de hacerlo en los últimos treinta años) sino que crecerá  también la pobreza.  El juego de ocultar la plusvalía absoluta por medio de  subir la plusvalía relativa se acaba en la medida que el mecanismo que  permite ese juego, el crecimiento, se va eclipsando al agotarse progresivamente los recursos  físicos.

La derecha ha entendido  pues lo que  ocurre y hace lo suyo; quitar gente de en medio (le sobran miles de millones de personas), acumular recursos, ensanchar la brecha (desigualdad) y bajar el suelo (pobreza). Mientras tanto, la izquierda atrapada en una visión moralista e idealista sigue pensando  que volverá el crecimiento y con ello la posibilidad de un reparto pactado y pacífico de las plusvalías. Cree que con la consabida fórmula de las políticas contracíclicas (en recesión inversión pública, en crecimiento austeridad)  volverá  el empleo y  se reactivará el crédito y el consumo, la igualdad  y la sostenibilidad lo dejan para otro día. Así no es de extrañar que la derecha avance y la izquierda retroceda en un futuro inmediato. Ellos entienden lo que ocurre y  saben lo que quieren. Nosotros y nosotras, la izquierda, ni entendemos lo que ocurre, ni siquiera sabemos bien lo que queremos.

La ecología política, en  una aterradora minoría hasta el momento,  plantea el único escenario posible con futuro  donde sea factible  a la  para  la sostenibilidad y la igualdad social. Para ello propone un cambio radical en los modos de reproducción y en el metabolismo  social tanto en el plano tecnológico (decrecimiento  inducido, renovabilidad, eficiencia, ciclos cerrados) como en el plano económico (austeridad, planificación, autocontención, desmercantilización) y en el político (democracia cooperativa y participativa global). Un Green New Deal que esta vez no será  para impulsar  el crecimiento sino  para controlar y dirigir  social y democráticamente el decrecimiento. Las fuentes energéticas renovables, la agricultura  y la ganadería ecológica, la tecnología  eficiente,  el uso racional y social de las TIC, los enormes progresos del conocimiento científico  pueden permitir  a la actual población humana una estrategia de transición ecológica sin renunciar a una vida digna y libre para todos y todas. Es cierto  que  la capacidad de carga del planeta posiblemente este ya sobrepasada, incluso con un cambio ecológico de los hábitos  y usos de consumo y producción. Pero con políticas  no traumáticas de incentivos al control demográfico podemos en tres generaciones haber adecuado de forma indolora  el volumen de población  y la capacidad de carga del planeta. El sólo hecho del fomento de la igualdad de género y  de la democratización de la familia  pueden ser suficientes para una caída significativa de las tasas de natalidad.

No necesitamos más jóvenes, como gritan los agoreros de los sistemas de pensiones  occidentales, sino más  igualdad y menos consumo. La ecología política propone  diseñar  instituciones para vivir  con menos como una condición sine quanum para vivir  y para vivir mejor. Eso es lo que ha hecho la humanidad a lo largo de miles de años; gestionar la escasez.  Debemos aprender de  nuestra historia evolutiva, de otras formas de ser humano distintas  a  la capitalista occidental, de otras especies. Es un giro inaudito en la modernidad, pasar  de diseñar para más a diseñar para menos. Ese giro hacia la austeridad no puede ir divorciado de  diseñar para todos y todas; esto es  la reducción drástica de la desigualdad. Por ello capitalismo y ecología política son incompatibles como los es el futuro de la humanidad y la lógica del mercado. Será imposible movilizar las energías sociales necesarias para un cambio tan colosal si no hay una fuerte cohesión social. La desigualdad destruye las bases de la cooperación humana y animal en general. La autocontención no es factible en el marco de una dialéctica social de emulación competitiva.

Para mantener servicios básicos como la salud o la educación hay que disminuir el consumo privado. El lujo privado solo puede ser sustituto por el lujo público. Reaprender a compartir. Cuando Kant decía que la  ilustración era la entrada de la humanidad en la mayoría de edad  no iba descaminado. La revolución verde completará ese ciclo evolutivo. Sólo seremos  plenamente adultos si aceptamos que somos finitos. Teta y sopa  no puede ser, de esto se ha enterado la derecha, la izquierda no. ¿Hay un aliado objetivamente más fiel del consumo de masas que la izquierda bienestarista? Pero hemos de aprender a sustituir calorías por emociones, kilovatios por besos, toneladas por bits,  supermercados por fiestas, droga por frutas, entropía  por información, la soledad del naufrago por la soledad solidaría del farero,   el trabajo por juego.

Esto no significa,  como dicen algunos  aprendices de  brujos, una espiritualización de las relaciones sociales. Exactamente lo contrario, lo verdaderamente espiritual es el capital. La serotonina que se libera en medio de una buena conversación o cuando corremos es tan material como las grasas saturadas de una hamburguesa. La oxitocina que sintetizamos en el amor o en el sexo es tan material como la cocaína que esnifamos. Solo hay una gran diferencia; son de mucha mayor calidad y mucho más eficientes. ¿Cuánta materia y energía necesita un homus consumus del siglo XXI para obtener un gramo de placer? Menos materia, mejor materia. El ecosocialismo no será   el aumento del consumo para todos  hasta la congestión planetaria sino el reparto de la libertad y de la buena vida. Y en esto digo lo que respondió indignado Marcuse: “Con el que no sepa lo que es la buena vida, no sigo hablando”. La revolución verde es la  única alternativa y sabe que lo es.

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