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La segunda vez como #fav: el neoidealismo digital

Paul Klee

 

Cesar Rendueles. Espejismos Digitales.

Cuando explico en clase la crítica de Marx al idealismo alemán, me cuesta que los estudiantes entiendan por qué demonios alguien dedicó tanto tiempo y esfuerzo a refutar semejante marcianada. El secreto es que, por extraño que nos resulte, las tesis de Stirner, Bauer y compañía sobre el “espíritu absoluto” o el “único” eran la filosofía hegemónica en Alemania y afectaban mucho a los debates políticos del momento.

Del mismo modo, puedo imaginar la perplejidad de los intérpretes del siglo XXII cuando traten de entender por qué muchas personas inteligentes que vivían en la época en la que la humanidad alcanzó la mayor desigualdad material de su historia consideraron que la sociedad aumentada, la wikidemocracia y la inteligencia colectiva eran aspectos cruciales de la transformación política.

Lo que Marx repudiaba del posthegelianismo era su pretensión de que los conflictos políticos y sociales se dirimían primero en el ámbito de las ideas y sólo derivadamente en la práctica. En palabras del historiador E. P. Thompson: “El idealismo consiste no en la afirmación o negación de la privación de un mundo material transcendente, sino en un universo conceptual que se engendra a sí mismo y que impone su propia idealidad sobre los fenómenos de la existencia material”.

Los idealistas entendían las sociedades como sistemas coherentes con un principio organizador que determina el carácter del conjunto. Por eso sus estrategias de intervención se centraban en una negociación conceptual con ese principio. Defendían que la transformación política de Alemania pasaba, en primer lugar, por una evolución filosófica que anticipara y delineara la naturaleza de los cambios materiales y sociales.

Heine hizo sátiras desternillantes de los intelectuales alemanes que creían que su país protagonizaría un cambio social superior al de Inglaterra o Francia porque no se libraría en la arena productiva –como la revolución industrial– o política –como la revolución francesa– sino en un espacio mucho más radical: sus cabezas.

Cuando oigáis la gritería y el tumulto, tened cuidado, queridos vecinos de Francia, y no os mezcléis en lo que hagamos en nuestra casa de Alemania; os podrían sobrevenir daños. […] En Alemania se ejecutará un drama a cuyo lado no será más que un inocente idilio el de la Revolución francesa. […] Entre las alegres divinidades que se regalan con néctar y ambrosía, veis una diosa que, en medio de estos dulces recreos, lleva, no obstante, constantemente una coraza, la lanza en la mano y el casco sobre la cabeza. Es la diosa de la sabiduría.

Las posiciones idealistas originales hoy nos resultan extravagantes. Pero tienen un parentesco cercano, por ejemplo, con esos libros de autoayuda que nos animan a interpretar nuestras dificultades como una oportunidad de realización personal. Como si el paro, la enfermedad o la exclusión pudieran esfumarse haciendo un pequeño esfuerzo de reelaboración emocional. Barbara Ehrenreich en un ensayo profundo y compasivo propuso una crítica demoledora de eso que a veces se denomina pensamiento positivo.

Otra versión del idealismo contemporáneo son las concepciones de algunas prácticas digitales como una prefiguración de la sociedad futura. Desde ese punto de vista, el ciberactivismo o la cooperación digital serían las semillas de una nueva subjetividad y de formas de articulación social novedosas. Los argumentos de los defensores de estas estrategias son muy similares a los del idealismo alemán: la relativización de la distancia entre el ámbito de los conceptos y la realidad empírica, la concepción de la teoría como una forma de práctica…

Es injusto caricaturizar estas iniciativas o, al menos, todas ellas. El idealismo es una doctrina filosófica sofisticada, no un delirio propio de gente fantasiosa. Y lo mismo ocurre con el idealismo digital. La utopía del P2P de Michel Bauwens, por ejemplo, es un proyecto inteligente y vigoroso con dimensiones propositivas interesantes.

No obstante, estas propuestas tienen algunas limitaciones que me parecen insuperables. En general, su nervio es la idea de que hay dinámicas teóricas, conceptuales o simbólicas que inician una nueva “lógica” –por ejemplo, una lógica colaborativa– de carácter vírico. Una intervención en el lugar adecuado –en 1830, una tertulia en una cervecería de Heildelberg; hoy, la Free Software Foundation o 4chan– pone en marcha un proceso expansivo de gran alcance práctico.

La respuesta clásica del materialismo es que, sencillamente, no hay lógicas expansivas. En el mejor de los casos, los cambios en las prácticas artísticas o en el software libre generan transformaciones… en las prácticas artísticas y en el software libre. Y eso tirando por lo alto. Cada cambio real debe ser instituido, cada detalle negociado, no hay atajos conceptuales ni tecnológicos.

Típicamente, los neoidelaistas privilegian las prácticas que consideran creativas porque creen que son más susceptibles de tener esos efectos explosivos. Por eso difuminan sistemáticamente las enormes diferencias entre los distintos tipos de tarea intelectual. Cuando es evidente que, como señaló Alex Callinicos, muchas formas de trabajo inmaterial, como el de un teleoperador, se parecen más a una cadena de montaje industrial que a cualquier otra cosa.

Las metáforas víricas neoidealistas hoy resultan más verosímiles que hace cien años porque tenemos la fuerte sensación de que el espacio conceptual se ha materializado, ha salido de la cabeza de los filósofos y se ha encarnado en la red. Parece como si las prácticas cognitivas tuvieran ahora la capacidad de contaminar automáticamente el mundo empírico instaurando con fluidez nuevos regímenes prácticos. Creo que esa realidad incrementada de las actividad conceptual es ilusoria.

Ocurre más bien al contrario. Las propuestas contemporáneas de transformación social tienen que hacer un esfuerzo extra. Deben superar la ficción de que la intervención política es eso que pasa cuando la pantalla de nuestro ordenador se refleja en nuestra cara. No sólo tenemos que actuar en un desierto social, solos en la ciudad. Antes necesitamos darnos cuenta de que no es un delicado vivero de posibilidades futuras. Hasta ahora las tecnologías de la comunicación han contribuido a una realidad política disminuida, no aumentada-

publicado en. http://espejismosdigitales.wordpress.com/

 

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  1. Los idealistas entendían las sociedades como sistemas coherentes con un principio organizador que determina el carácter del conjunto. Por eso sus estrategias de intervención se centraban en una negociación conceptual con ese principio. Defendían que la transformación política de Alemania pasaba, en primer lugar, por una evolución filosófica que anticipara y delineara la naturaleza de los cambios materiales y sociales.

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