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La tentación de los OPNIS

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Francisco Garrido.

Un niño se pierde en la feria, desolado busca a su padre, al fondo ve la silueta de un policía y corre hacia él gritando:” ¡Agente¡ ¡agente¡ ha visto usted a un hombre que no va con un niño como yo “. El chiste resume magníficamente, como ocurre siempre con los chistes cuya comicidad reside en la elipsis síquica que nos provoca, la imposibilidad de una identidad que resida en la ausencia  de identidad ( “el hombre que no va con un niño como yo”). La negación  de la identidad no genera una identidad nueva o alternativa. La negación de una vaca no da leche. Aparentemente en el lado opuesto,  las definiciones  vacías (por genéricas)  de la identidad  tienen el mismo efecto de vacuidad semántica. Decir de alguien que es y solo que es, es como no decir nada. Ambas figuras  (la identidad de la negación y la identidad autoevidente)   son usos patológicos del lenguaje  que comparte una misma forma lógica ( la tautología) , y que tienen un origen  teológico   y una función de  ocultación y engaño.  Cuando este tipo de  figuras irrumpe en la política  podemos tener  la seguridad de estar  ante una “ideología oculta” que  tiene siempre una  finalidad  de manipulación política. Recordemos lo que decía Kant:” En política todo lo que no es público es inmoral”.

Estamos hablando  de esas afirmaciones, que ahora volvemos a escuchar  con asiduidad, de “ni de derecha , ni de izquierda”;”ni feministas , ni machista” ,” ni federalistas , ni centralistas”;“ ni socialista , ni liberal” “ ni ecologista , ni productivista” . Un conjunto de “ni,ni” que sitúan la identidad ideológica del discurso en la negación (“no soy ni esto ni lo  otro”) y en una  equidistancia vacía. Lo problemático no es que se existan discursos que se sitúen en alguna otra posición  distinta a la que estos pares de opuestos describen; lo problemático es que no se sitúan en ninguna posición ideológica que no sea la negación de todas las posiciones. Cuando escuchamos que alguien define su ideología  negando que tenga ideología, lo normal es que tenga una ideología oculta. Son  estrategias de  camuflaje ideológico que  persiguen vencer las resistencias, de manera paulatina y gradual,   ante programas, que presentados a la luz del día y en toda su crudeza, hoy  todavía, serían rechazados. El camuflaje ideológico permite  a muchos transitar desde la izquierda a la derecha, desde  el socialismo  al liberalismo `por la suave pasarela del autoengaño. La experiencia histórica nos demuestra que cada vez que un actor político construye  su identidad en la negación del antagonismo ideológico  y   en la equidistancia, son los términos primeros de los  binomios (izquierda, feminismo, socialismo, republicanismo, pacifismo, etc)  los  que van desapareciendo y son los términos segundos (derecha, machismo, liberalismo, centralismo  etc) los que se van imponiendo  cada vez  con más obsceno descaro. Cuando esto ocurre todo debate ideológico ha sido  ya administrativamente clausurado  y   la “razón de la  fuerza”  ha sido  sustituida por completo por “la razón de la fuerza”.

El  actor  político de esta estrategia es el OPNI (Objeto Político  No Identificado). Un actor que juega  al despiste y la confusión por medio  del nihilismo ideológico  (ni de izquierda, ni de derecha) o la invocación de expresiones huecas del tipo de “programas como Dios manda”, “sentido común”, “decencia”, “gente corriente”, “patriota”, “competitividad” etc. Ejemplos de OPNI  en la historia española del siglo XX fueron el lerrouxismo o el falangismo, y en   la actualidad la UPYD de Rosa Díez.  Pero el fenómeno  y la tentación de los OPNI no se limita a la UPYD y esta penetrando en un sector de la opinión pública progresista, en especial de aquellos que están en una situación  que  podríamos llamar  de “despolitización politizada”. Es decir, de aquellos cuya politización sea realizado sobre la base del rechazo de la política. Hemos visto expresión de esto  en sectores minoritarios  del  15-M y en otros movimientos de contestación. No se trata del despolitizado ordinario que ignora todo, o casi todo,  sobre la política, sino de aquellos que tienen una microcultura  política conformada, en ausencia de  autonomía ideológica,  por  los medios de comunicación y el consumo de masas. La novedad radical ( “somos algo totalmente distinto e inopinado”)  y la  otredad absoluta ( “no tenemos nada que ver con ningún otro actor político”) están presentes en los OPNI. El adamismo (novedad radical) y el robinsonismo (otredad absoluta) muestran la presencia  de  un germen  totalitario que bloquea la inserción  de estos en el dialogo democrático, por eso suelen arrastrar también  un fuete rechazo a la idea de “partido” (que no olvidemos viene de la  muy humilde y democrática idea  de  “parte”). Los OPNI no admiten ser parte, son todo. Cuidado pues con los OPNI.  Y cuidado con los extraterrestres políticos, no vaya a ser que en vez de antenitas traigan correajes, y en lugar de levitar ingrávidos vengan marcando el paso de la oca, otra vez.

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