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La transición, Hamlet y el 15M

 

Francisco Garrido.

La constitución española  de 1978 fue el producto de un “acuerdo” entre un preso (la oposición democrática) y el director de la prisión (franquismo). Las condiciones del acuerdo venían impuestas  y tenían tres puntos innegociables. Primero, la continuidad de la prisión misma (la unidad de España). Segundo la continuidad de la dirección (monarquía). Y tercero, la pervivencia del régimen penitenciario (el capitalismo castizo). Había algunos flecos nada despreciables como el apoyo y  financiación, como religión nacional, de la Iglesia Católica y la renovación de los acuerdos bilaterales con Estados Unidos  (concordato y bases militares). Estos “acuerdos” estaban finalmente cerrados con el sellado de la desmemoria histórica y la absoluta impunidad para los crímenes fascistas (leyes de punto final).

Todos estos polvos han traído estos lodos. La crisis económica española no ha hecho sino destapar los enormes déficit democráticos y convertir en insoportable  tanto cuento sobre “la modélica transición española a la democracia. Mientras hubo champagne y crecimiento los cuentos  eran socialmente aceptables. Ahora ya no valen. La muy limitada democracia que nació de la transición  no puede soportar las tasas de desempleo y de miseria actuales. Tenemos una constitución y un sistema de partidos que no tiene respuestas ni para el pasado (¿por qué se acepto aquel “acuerdo”?) ni para el futuro (¿cómo salir de la crisis?). La transición ha muerto y ahora solo vemos ya los estertores de su cadáver. ¿Hay algo más parecido a un fantasma que un diputado del PP o del PSOE vagando por los pasillos del congreso rodeado de antidisturbios?.

Ante el fin de este régimen la izquierda no puede  comportarse como aquellos presos que después de estar muchos  años encarcelados, sienten nostalgia de su propia prisión. Sería un grave error convertirnos en los “últimos de Filipinas” de la constitución  de 1978 con el  falaz argumento  de que pueden venir cosas peores. Ese argumento  ya fue usado en el  chantaje de la transición.  La hoja de ruta de la izquierda democrática y anticapitalista tiene que desandar cada uno de los nudos centrales del “acuerdo”: unidad de España (federalismo y autodeterminación), Monarquía (república y democracia participativa) y “capitalismo castizo” (transición ecosocialista). Y por supuesto no olvidarse de los flecos: laicismo, pacifismo y memoria histórica.  Pero el objetivo no puede ser solo dinamitar sino construir una nueva institucionalidad democrática, federal, republicana y ecosocialista. Sin la resolución de la crisis política nio habrá resolución de la crisis económica y social.

A nadie se le escapa que todo eso implica abrir un nuevo periodo constituyente. Pero ese nuevo periodo no vendrá ni desde el bipartidismo dominante, ni desde Madrid sino desde los  movimientos sociales (15M)  y desde la periferia territorial (Cataluña ya ha levantado la mano). Quién sabe si el 15 M, con toda su ingenuidad e imperfecciones,  no está representando el paple del joven Hamlet desatando y sacando  a la  luz del día, la nauseabunda mentira que sostiene al Reino de España.

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