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Las elecciones europeas ante el cambio de época: Infraestado o hipernación.

Los Estados, durante la época de la ascendente de la globalización capitalista, han servido, entre otras funciones, para encapsular los valores. La artificialidad de los territorios produce aislamiento moral porque cortocircuitan los ecosistemas culturales que conectan a las personas con la humanidad. Los sujetos de los Estados son los individuos – ciudadanos – consumidores. Los Estados solo miran la igualdad hacia adentro. Socialdemócratas y liberal – conservadores han sido los equipos gestores de las diferentes combinaciones de eficiencia e igualdad en el interior de los Estados. Lo que ocurre fuera (hambre, guerras, dictaduras, sufrimiento) es como si ocurriese en otro universo o en otro tiempo: un muro de cristal blindado aísla las conciencias conservadoras o progresistas, religiosas o laicas, para hacerlas insensibles al sufrimiento de los demás. Para ello, una de las claves del sistema es la relación directa, en el primer mundo, entre individuo y Estado, gobernada por un pacto entre el consumismo y anomia humanitaria.

Sin embargo, la naturaleza de los ecosistemas culturales tiende a producir relaciones abiertas. No aíslan a las personas sino que las introducen en una lógica comunitarista por agregación. Los Estados son el receptáculo primario del poder y del mercado, por eso son intraspasables; la sociedad, sin embargo, es porosa. El andalucismo, desde su formulación por Blas Infante, siempre ha sido antiestatista, al entender la nación como una mediación entre la persona y la humanidad, como un ecosistema conectado hacia dentro con los ecosistemas locales y hacia fuera con el ecosistema de los ecosistemas, con la humanidad. Es un nacionalismo renovado porque quiere más sociedad y no un nuevo Estado.

La actual crisis está afectando al pacto de intereses creado entre individuo y el Estado en el primer mundo: eficiencia a cambio de igualdad limitada, tanto en su extensión como en su profundidad. La ineficiencia del sistema en la gestión de los recursos comunitarios (agua, aire, tierra) ha dado un salto cualitativo hacia la ineficacia en la gestión de la economía financiera, lo que ha empujado a los Estados, como única salida dentro de su lógica, a transferir recursos financieros públicos de forma incondicionada a los banqueros. El endeudamiento de los Estados por esta causa privará a los ciudadanos del aseguramiento de su subsistencia. La ineficacia se traslada a la economía real en forma de paro y pobreza; la ineficacia disuelve la igualdad limitada. En esta disyuntiva, en el horizonte de un nuevo sistema, no puede haber doble moral para sentir el sufrimiento en función de la ciudadanía.

La Unión Europea tiene que hacer frente a la crisis desde una perspectiva radicalmente distinta a la trazada por la Agenda de Lisboa. No puede ser un infraestado, adalid del capitalismo y de los privilegios, entre otras cosas porque esa época ya ha pasado a los manuales de historia. Tiene que elegir la defensa de los intereses de la humanidad sobre la base de su diversidad cultural interna: la reforma de las instituciones internacionales para la igualdad y la libertad, el impulso de la revolución verde, una constitución democrática, en la forma y en fondo, para que prime la sociedad y las culturas sobre el mercado y el capitalismo o la potenciación de internet como base para un nuevo sistema productivo descentralizado y cooperativo.

Desde nuestra realidad política seguramente éstas serán las elecciones del desarraigo con el sistema político tanto europeo como español o andaluz (el nuestro bastante inexistente por cierto como entidad propia), con una abstención superior al 50%. Particular consecuencia puede tener un triunfo en votos del PP en las demarcaciones electorales de Andalucía ante un gobierno con un doble déficit democrático (elecciones andaluzas conjuntas con las generales y presidente distinto al candidato para el que pidió el voto el partido vencedor) y con posibilidad de superar el millón de parados en el segundo trimestre del año, lo que significaría tener una tasa de paro superior al 25 %, frente a la media de la UE – 25 que puede estar en torno al 10 % (actualmente el 8,3%).

Rafa Rodríguez.

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