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Libia y el “tren de Finlandia”.

escher-hands

 

Francisco Garrido. 26/03/2011.

“La revolución de un pueblo pletórico, que estamos presenciando en nuestros días, puede triunfar o fracasar, puede acumular miseria y atrocidades en tal medida que cualquier hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso, aunque pudiera llevarlo a cabo por segunda vez con fundadas esperanzas de éxito y, sin embargo, esa revolución –a mi modo de ver- encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo, cuya manifestación lleva aparejado un riesgo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano”.I.Kant.El conflicto de las facultades.

A los militares  suele ocurrirles lo que según el conocido chiste belga le pasó a Jean. Marie Pfaff, legendario portero del Bayer de Múnich, una  tarde en que paseaba tranquilamente  por  Bruselas. Un “pavoroso incendio” (usemos el modismo periodístico) se había “desatado” en un bloque de viviendas y atrapada en la ventana  de  un quinto piso, una mujer y su hijo pequeño trataban de protegerse de las llamas cada vez  más amenazadoras. La tardanza de los bomberos y la violencia del fuego, provocó que la multitud, que presenciaba el incendio, al ver que Pfaff pasaba  por allí, comenzara a gritar: “¡Señora, Señora, arroje al niño¡ esta aquí Pfaff, el portero de la selección, lo cogerá sin problemas.”  El mismo Jean-Marie  se unió y gritaba también:  “¡Soy Pfaff, Pfaff,  señora, no tema, el niño estará seguro¡”. Convencida, más por la vecindad de las llamas que por las habilidades de Paff, que tenía  una bien ganada fama tanto de buen portero como de loco, la mujer acabó arrojando el bebe. Paff no falló y atrapo con toda seguridad al niño. La multitud rugió y aplaudió con admiración y alivio. Pero inmediatamente a continuación, sin dar tiempo para  volver la mirada hacia la madre, Pfaff, como buen guardameta internacional,  botó dos ves al niño sobre el suelo y lo pateo con violencia como si de un  balón se tratara. Estaba en su condición y en su educación; es lo que sabía hacer, lo que había hecho siempre. Un movimiento reflejo que no distinguía  entre niños, balones y otros objetos voladores  que parecen redondos.

 A muchas y muchos nos ocurre  que acostumbrados a que  las intervenciones militares  acabañen “botando al niño contra el suelo”, sentimos una desconfianza y una alergia cuasi instintiva  a las mismas. Memoria, argumentos  y motivos tenemos de sobra, tanto del pasado  remoto como del más reciente.  Pero la  declaración 1973 de Naciones Unidas  no es una intervención militar al uso, ni se inserta en el marco convencional de los conflictos bélicos  de la “guerra fría” o los posmodernos  de la  familia Busch y de sus primos Aznar y Blair. El contexto  histórico en que se inserta  esta intervención es el de  un proceso revolucionario democrático en el mundo árabe  como nunca, ni en la época de la descolonización, se había producido. Un proceso revolucionario en medio de un mundo globalizado inmerso en una profunda crisis ecológica y  consiguientemente económica, política y social. En esta  hora  oscura y deslumbrante de la humanidad  hay un cruel dictador de opereta bufa, discípulo beduino de la teatralidad del fascismo italiano, que quiere interrumpir este proceso. Gadafi que lleva cuarenta años queriendo, obsesivamente “liderar algo” (lo que sea) en la Unma islámica  o en el panarabismo: da un salto adelante y decide  que él no terminará como Alí o Mubarak.

El coronel Gadafi cree que su pacto con occidente y con sus multinacionales es un pacto de hierro. Piensa que ya es de “los buenos” y que con él no se atreverán. Sabe, y eso le inquieta, que Mubarak o Ali se retiraron por qué Obama no estaba dispuesto a avalar un baño de sangre   (otra cosa hubiera ocurrido con la familia Busch y sus primos). Pero el clan de los Gadafi, con el niñato de Saif al-islam al frente, estima que en Egipto se han equivocado por no llegar demasiado lejos, por creer “las bravuconadas  democráticas de ese negro que gobierna la Casa Blanca”. Occidente no puede permitirse el lujo de intervenir  contra sus garantes en una zona de tan alto valor estratégico, debió pensar Gadafi. El, va a demostrarlo y con ello ganara el liderazgo  que  lleva tantos años buscando. Aunque  sea acosta de un “baño de sangre” (eso es  con lo que amenazó, con   chulería de niñato pijo,  Saif al Islam, su hijo).

En una estrambótica intervención, subido a un carrito de Golf y con paraguas o en el enloquecido mitin a una multitud  fantasma ente las ruinas del palacio bombardeado, Gadafi lo vuelve a proclamar: “sin mi vendrá AlQuaeda, los negros invadirán Europa, el petróleo será mucho más caro, las multitudes de drogadictos árabes (¿) tomarán Europa. Estas son sus palabras y su oferta: contener al islamismo, a los negros, mantener el precio del petróleo para que los cristianos puedan seguir y viendo y consumiendo. Bonito líder  para los comunistas españoles. Hay que ser de extrema estupidez, más que de extrema izquierda, para confundir a Gadafi  con un líder antiimperialista, Pero ese  farol de Gadafi, ante su sorpresa, falló. Naciones Unidas aprobó la resolución 1973 y mando parar contra todo pronóstico, incluido el mío, la masacre. Gadafi no vencerá y esta es una magnífica noticia para el pueblo árabe y para todos los demócratas del mundo. La resolución 1973 impedirá que Libia se convierta en la vía muerta de las revoluciones democráticas árabes. La intervención de  Naciones Unidas  ya ha tenido un efecto de  empoderamiento de los rebeldes sirios, marroquí o yemeni. Cuanto tiempo dura esta alianza no lo sabemos. Alemania, en una impresentable  alianza con China y Rusia, ha hecho  todo lo posible por boicotearla.

Lo que se juega en Libia no es solo una cuestión de derechos humanos, que lo es, o la evitación de masacres, que también; sino una cuestión política central para el futuro de los derechos humanos, la paz y la democracia en todo el mundo. La incorporación de millones de árabes a la sociedad democrática cambiará el mapa geoestratégico del  mediterráneo y del mundo.  El proyecto verde de la construcción política de Europa como  un actor  alternativo  en el proceso  de globalización  y como un  formidable laboratorio de democracia  cosmopolita; encontraría en  un mundo árabe democratizado un aliado natural. Todo eso será más difícil si Gadafi gana y sirve de ejemplo a los dirigentes criminales de Siria, Yemen, o Marruecos. El uso de la fuerza militar debe servir para que la fuerza militar de la dictadura no acalle  y reprima la política. Acallar las armas  para que hablen las personas. Esto solo es posible ahora mismo con la derrota militar de Gadafi pues es  el ejército de la dictadura el que impide cualquier acción política de su  población. La “primavera árabe” debe de continuar. Que los dictadores no la masacren.  Pero  también que nadie la  bote y la  patee. Esto último es  nuestra responsabilidad (in vigilando). La responsabilidad  de una sociedad civil occidental que debe garantizar que la intervención de los organismos internacionales  (ya sea  militar, diplomática o política) sople a favor del viento de la libertad y de la democracia.

El “tren de Finlandia” que condujo a los revolucionarios rusos  desde el exilio  era un tren alemán, fletado y vigilado por el Kaiser, el mismo Kaiser que masacraba a los trabajadores alemanes. El curso de la historia de la libertad no está escrito, ni sigue siempre surcos ideales. El curso  de la historia de la libertad  en muchas ocasiones traza espirales paradójicas.

Un comentario

  1. ¡Ojalá. Dios lo quiera!

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