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Más justicia mendiante más Europa

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Urilch Beck. El País.03/09/2011.La política europea está en una encrucijada tan importante como la que afrontó durante los años setenta la de Alemania occidental hacia el bloque soviético en general y la RDA en particular, la denominada ostpolitik (política oriental). El lema de entonces, “Al cambio mediante el acercamiento”, podría ser hoy: “Más justicia mediante más Europa”.

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Los países acreedores de la UE tratan de imponer sus programas de ahorro

Los deudores se ven sometidos a dictados que vulneran su independencia y hieren su dignidad

En aquella y en esta ocasión se trataba de superar una escisión: entonces, la existente entre Occidente y el Este; ahora, la que se da entre el Norte y el Sur. Como no se cansan de repetir los políticos, Europa es una comunidad de destino. Lo fue ya en el momento de su fundación. La Unión Europea es la idea que surgió de la devastación material y moral producida por la II Guerra Mundial. La ostpolitik era una idea que pretendía desactivar la guerra fría y abrir agujeros en el telón de acero.

A diferencia de lo que ocurría con anteriores Estados e imperios, que buscaban su origen en mitos y victorias heroicas, la Unión Europea es una institución transnacional de gobierno que nació de la agonía de la derrota y del horror por el Holocausto. Pero hoy, cuando ya no se trata de la guerra o de la paz, ¿qué significa la comunidad de destino europea? ¿Cuál es la nueva experiencia generacional?

Es la amenaza existencial de la crisis financiera y la crisis del euro lo que ha hecho que los europeos recobren la conciencia de que no viven en Alemania, Italia o Francia, sino en Europa. La juventud de Europa experimenta por primera vez su “destino europeo”: con mejor formación que nunca, se incorpora al mercado laboral con sus esperanzas menguadas por la amenaza de las quiebras estatales y la crisis económica. Uno de cada cinco europeos menores de 25 años está en paro.

En aquellos lugares en los que los universitarios en precario han levantado sus campamentos y elevado sus voces, los jóvenes demandan siempre lo mismo: justicia social. Trátese de España o Portugal o de Túnez, Egipto o Israel (a diferencia de lo ocurrido en Reino Unido). Son protestas no violentas pero sin embargo poderosas. Europa y su juventud se unen en la indignación por una política que salva a los bancos con sumas que desafían a la imaginación, pero que derrocha el futuro de los jóvenes. Si la esperanza de la juventud europea cae víctima de la crisis del euro, ¿qué futuro le aguarda a una Europa cada vez más envejecida?

Casi diariamente, los medios de comunicación exhiben nuevas muestras de que entramos en una era de desorden plagado de riesgos: la sociedad del riesgo mundial. Desde hace largo tiempo, los titulares son intercambiables: “Inseguridad por el futuro de la economía mundial”; “Los planes de rescate peligran: Merkel se reúne con Sarkozy para tratar de la crisis”; “Las agencias de calificación de riesgos degradan la deuda de EE UU”… ¿Señala la crisis global financiera la caída del viejo centro? Precisamente la China autoritaria se presenta como el apóstol de la moral financiera y sermonea al Estados Unidos democrático y también a los europeos.

Sea como sea, la crisis financiera ha conseguido una cosa: todos (también los expertos y políticos) han sido catapultados a un mundo que ya nadie entiende. En lo que respecta a las reacciones políticas, cabe confrontar dos escenarios extremos: uno, hegeliano, en el que junto a las amenazas que genera el capitalismo del riesgo mundial, la “argucia de la razón” contiene una oportunidad histórica. Este es el imperativo cosmopolita: cooperar o fracasar, ganar juntos o perder individualmente.

Al mismo tiempo, el carácter incontrolado de los riesgos financieros (como también del cambio climático y de los movimientos migratorios) introduce un escenario propio de Carl Schmitt, un juego de estrategia de poder que, junto a la normalización del estado de excepción planetario, abre puertas y ventanas a la política étnica y nacionalista. En ninguno de ambos modelos es posible sustraerse a la comunidad de destino, porque el capitalismo del riesgo mundial, hagamos lo que hagamos, funda novedosas escisiones y ataduras existenciales que trascienden las fronteras nacionales, étnicas, religiosas y políticas.

¿Cómo puede afirmarse Europa en medio de todo esto? Paradójicamente, el éxito de la Unión Europea es, al mismo tiempo, uno de sus mayores impedimentos. Muchas de sus conquistas se dan tan por descontado que quizá solo repararíamos en ellas cuando dejaran de existir. Imaginemos la reintroducción de controles fronterizos, que los alimentos no estuvieran sujetos en todas partes a normativas de calidad fiables, que no hubiera estándares idénticos para la libertad de prensa (que hoy conculca Hungría, atrayendo con eso un escrutinio estricto); que hubiera que cambiar moneda y estar atento a la fluctuación de las divisas no solo para viajar a Budapest, Copenhague o Praga, sino también a París, Madrid y Roma. La “patria europea” se ha convertido para nosotros en una segundad naturaleza, lo que precisamente podría acabar siendo la razón para ponerla en juego alegremente.

Con la crisis del euro y los planes de rescate de los países del sur de Europa se ha desarrollado una lógica schmittiana del conflicto entre países acreedores y países deudores. En el interior de Europa, los países acreedores tratan de imponer sus programas de ahorro. Los deudores, por el contrario, se ven sometidos al dictado de la UE, que vulnera su independencia nacional y zahiere su dignidad. Ambas cosas avivan el odio hacia Europa en Europa, porque todos ven en ella una acumulación de demasías.

A esto se añade lo que se percibe como amenazas desde el exterior. Los críticos del islam, que supuestamente abusa de los valores europeos de la libertad, han logrado conjugar xenofobia e Ilustración. De repente, es posible oponerse, incluso en nombre de la Ilustración, a la entrada de determinados emigrantes.

Muchos ven llegado el fin de la política cuando piensan en ella. ¡Cómo se puede ser tan ciego! En lo pequeño y en lo grande, en el plano europeo, pero en particular en el plano de la política mundial, se enfrentan Hegel, con su fe en la razón, y Schmitt, el que ve enemigos por todas partes.

En lo que se refiere a la eterna crisis llamada Europa, en esta confrontación por el modelo de futuro hay que plantear las siguientes preguntas: ¿en qué medida es realmente solidaria y trasciende las fronteras nacionales la rebelión de la juventud indignada? ¿Hasta qué punto lleva el sentimiento de haberse quedado descolgado a una experiencia generacional europea y a nuevas iniciativas en materia de política europea? ¿Cuál es la postura de los trabajadores, de los sindicatos, del centro de la sociedad Europea? ¿Qué gran partido, por ejemplo en Alemania, reunirá el valor de explicar a los ciudadanos el valor que tiene para ellos la patria europea?

Lo que fue la política oriental de los años setenta debería ser, dada la crisis financiera, la política europea de hoy, basada en una unificación capaz de trascender fronteras. ¿Por qué la unificación alemana, que acarreó costes inacabables, era algo incuestionable, mientras que causa indignación la integración económico-política de los países deudores como Portugal y Grecia? No se trata solo de quién paga la cuenta. Se trata más bien de repensar y dar nueva forma al futuro de Europa y su posición en el mundo. La introducción de los eurobonos no representaría una traición a los intereses alemanes. El camino de la unión solidaria es el que corresponde -como ocurrió cuando se reconoció la frontera oriental de Alemania a lo largo de la línea de los ríos Oder y Niesse- a los intereses europeos y alemanes bien entendidos.

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