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Paradojas del viejo topo de la re(e)volución

Francisco Garrido.La crisis ecológica, de la cual la actual crisis metabólica es una  de sus  expresiones más severas, es  la consecuencia del enorme éxito evolutivo de nuestra especie. Toda especie, todo organismo vivo, buscar obtener el máximo grado de autonomía operativa con respecto al ambiente. Nuestra especie ha conseguido tal grado de autonomía del ambiente que ha sido capaz de alterar y modificarlo hasta el límite de la alteración grave de sus equilibrios. No solamente nos hemos adaptado, sino que hemos creado ambientes artificiales (la red urbana) a costa de esquilmar los ambientes naturales. Nuestra historia evolutiva es la historia de un éxito evolutivo que puede acabar muy mal.

La eficiencia ha sido la clave. Nuestro diseño como individuos y como comunidad ha devenido muy eficiente debido a nuestro cerebro (la máquina más eficiente que conocemos) y a la tendencia a la cooperación social  de los grupos humanos. Esta eficiencia ha posibilitado ventajas competitivas enormes  que ha alimentado la autonomía con respecto al ambiente. Este  “exceso de autonomía”  ha generado lo que podíamos llamar un “delirio de omnipotencia” que dio lugar a ideologías de la inconmensurabilidad y el abismo ontológico entre  humanidad y naturaleza. Este delirio se desarrollo  motivos que no son explicables exclusivamente   en clave evocognitiva: son sociales. Sirvió para ignorar los límites  físicos del crecimiento (la acumulación privada del excedente) y la ruptura de la igualdad original. Los ejemplos más claros de este “delirio de grandeza” son las religiones monoteístas nacidas  en el desierto.

Hemos conseguido  disminuir la entropía dentro de nuestros sistemas sociales disminución a costa de expulsar y aumentar la entropía del ambiente. Nuestra eficiencia  como especie tiene el coste de la destrucción de la eficiencia de los ecosistemas que nos rodean y de los que vivimos. Esta asimetría metabólica entre sociedad y naturaleza  tiene límites y no podía durar mucho tiempo. De hecho ha durado muy poco pues en su fase más intensiva no llega a los doscientos años, en un 20 % de la población mundial. Baste  que otro 20% (parte de China e India) de la población mundial se haya acercado a los estándares de consumo occidentales para que la insoportable asimetría entre consumo y extracción hiciera saltar por los aires el entramado institucional y económico construido para obviar esta misma asimetría.

En la economía de la naturaleza es tan importante el movimiento como los frenos. Es hora de frenar y cambiar. Es  el momento de usar nuestra enorme eficiencia no para cobrar ventajas  competitivas con el ambiente sino para sincronizar nuestro metabolismo con la naturaleza. El truco de “sacar  sin meter” toca a su fin, y ahora viene el rechinar de dientes. El mismo éxito evolutivo que nos ha llevado al borde del abismo nos puede  salvar, como en la famosa frase de Holderlin. La tecnología que nos acelera hacia la nada nos puede devolver  hacia  la vida. Al fin y al cabo nuestra alta tecnología no es sino biomímesis mal copiada. Las paradojas del viejo topo de la Re(e)volución no lo detienen, aún cuando la inteligencia general, víctima de la narcolepsia  del crecimiento, siga todavía durmiendo el sueño de la omnipotencia.

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