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Policías, políticos, parlamentarios y otras “p”

 

Francisco Garrido.

Viendo la brutalidad de ayer en Madrid, uno está tentado de pensar que el problema de la brutalidad es  responsabilidad de la policía. Viendo las políticas contra  la crisis que están devastando la economía y la sociedad española, la tentación es pensar que el problema son los los políticos. Viendo la docilidad del congreso y el senado a la lógica implacable del bipartidismo, uno está tentado en pensar que el problema es de los parlamentarios. Incluso en un brote de rabia utópica uno está tentado en soñar con un mundo sin policías, sin políticos y sin parlamento.

Y ciertamente gran  parte del problema son  estos policías, estos políticos y estos parlamentarios, pero ellos no son los que mandan: mandan las reglas del juego del beneficio  a toda costa  y de  la explotación  generalizada; o sea el capitalismo que requiere violencia, miseria y autoritarismo. Hay que cambiar  a estos policías, a estos políticos y a estos parlamentarios pero por encima de todo, esto cambios tienen que estar orientados  a cambiar las reglas del juego. O la izquierda asume este discurso del cambio de sistema y de modelo y lidera la furia y la desesperación social o esta derivará al populismo y al autoritarismo. Y nada gusta más al populismo fascista que personalizar al enemigo, que simplificar  (tergiversar) el entramado de la dominación, que camuflar a los poderes ocultos de la economía bajo elm disfraz de la política.

Dicen  que Borges encontró,  a la salida de un restaurante en una noche de cena en Buenos Aires, al amigo que le acompañaba tratando de argumentar a la policía lo injusto de una multa que le acababan de colocar. El escritor argentino no pudo reprimirse y gritó al amigo:             ¡Razones a la policía Aguirre, razones a la policía¡ Los que nos hemos educado faltándole el respeto a la policía, sabemos  cómo se las gasta cuando desde el gobierno se le da vía libre. Pero no  por ello debemos confundir al lacayo (policía o político) con el amo. Curiosa situación la nuestra  en la que está permitida toda forma de prostitución menos aquella única que libremente  ejercida es legítima.

 

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