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Son momias, no faraones

 

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KV62 es un nombre mítico en la historia de la arqueología. Esa fórmula, que parece un asteroide, identifica la tumba de Tutankamon, la nº 62 del Valle de los Reyes (King´s Valley, en inglés). Fue descubierta el 4 de noviembre de 1922 por H. Carter con el mecenazgo de Lord Carnarvon.

 

Su importancia radica, no tanto en la figura del rey, apenas un muchacho casi olvidado hasta entonces, cuanto en el hecho de que apareció intacta 3000 años después de haber sido sellada y con un ajuar funerario tan rico y diverso como no se ha conocido ni antes ni después. Además de la precisa y valiosa información sobre la vida en el antiguo Egipto, la tumba guarda una leyenda a propósito de la maldición que recaería sobre quien perturbara la paz del faraón. Un cuento de fantasmas, agrandado por el fallecimiento repentino de algunas personas que participaron en el descubrimiento. Los cuentos de fantasmas siempre son útiles para manejar los temores y la voluntad de personas asustadizas, sobre todo si hay un buen narrador. Y Arthur Conan Doyle era un gran narrador.

 

Pero las momias son inofensivas. Basta enfrentarlas a un espejo. Desprovistas de todo el adorno suntuario y de toda la leyenda sobre su grandeza, son sólo los restos de personas de otro tiempo. Restos para algunos venerables y para otros decrépitos. Los faraones vivos eran poderosos, tenían un contexto, una realidad de la que formaban parte, un tiempo que se medía según sus vidas. Sus momias, en cambio, no son más que el recuerdo de su poder. Su paso a la inmortalidad en la memoria del tiempo que atesora la Historia. Pero los inmortales no están en nuestra vida, ni en nuestro contexto, ni en nuestra realidad. Están en el aire irrespirable del tiempo detenido.

 

En estos días ha reaparecido la figura de Aznar. Cargado de reproches hacia los suyos y airado con la humanidad en general. Con gran estrépito mediático, recetas para la salvación de España y lenguaje (verbal y no verbal) de hierático y todopoderoso estadista. No sólo no es un buen narrador, sino que me ha parecido aislado, patético, fuera de contexto y sin arraigo en la realidad. Está fuera de nuestra vida cotidiana, poblada de mil fatigas para salir adelante. Aparece como un cuento de fantasmas para manejar la voluntad de las personas asustadizas. O como un señuelo para desviar la atención noticiable sobre las biografías de políticos del siglo XIX, mientras que los políticos del siglo XXI de su partido hablan de repartir el déficit del estado sin contar con Andalucía. ¿Desde cuándo se plantea una cuestión institucional como el reparto del déficit en reuniones particulares del PP? ¿Dónde están las demás comunidades autónomas? ¿Y las instituciones? ¿Es que no existe Andalucía?

 

No deben distraernos de lo importante. Aunque quieran parecer los faraones que fueron, son sólo momias, memoria, sombras. Enfrentémoslas a un espejo para espantar el miedo. Tal vez sean inmortales, pero no están en nuestra vida, no pueden hacernos daño. Su tiempo se mide hacia atrás y el nuestro avanza inexorable hacia adelante. Puedo entender que los cuentos de fantasmas amenacen con la maldición a quienes perturben la paz de los faraones. Pero ¿y si le damos la vuelta? ¿qué hacemos los mortales cuándo las momias osan perturbar nuestra vida?

 

P.D…. pero, a pesar de todo, haberlas, haylas.

 

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