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Un reto para el cerebro

 

cerebroJON GERTNER 

Publicado en  El País  08/11/2009

Dos días después de que Barack Obama jurase su cargo como presidente de Estados Unidos, el Centro de Investigación Pew publicó un sondeo con una clasificación de los asuntos que los estadounidenses afirmaban que eran las prioridades más importantes para este año. El cambio climático era la prioridad número 20. El último puesto.

Poco más de una semana después me sentaba en una sala de la Universidad de Columbia, donde unas cuantas docenas de académicos se habían reunido para celebrar una conferencia de dos días sobre el medio ambiente. En muchos sentidos, la clasificación del Pew era el telón de fondo de una reunión de investigadores afiliados a algo llamado CRED, las siglas en inglés del Centro para la Investigación de las Decisiones Medioambientales.

El CRED tiene por objetivo primordial estudiar la manera en que la percepción del riesgo y la incertidumbre da forma a nuestras respuestas al cambio climático y a otros fenómenos meteorológicos. Puede que ustedes deseen preguntar a los científicos que estudian las decisiones si no están complicando en exceso las cosas. ¿Un mundo con poco carbono no equivale realmente a abandonar gradualmente el carbón y otros combustibles fósiles en favor de las tecnologías de energía limpia, las normativas nacionales y los tratados internacionales? Ellos les preguntarían lo mismo que a mí: si no había subestimado las incontables decisiones individuales y de grupo que deben preceder a cualquier apoyo generalizado hacia esas tecnologías o políticas. «Si el cambio climático está causado por el comportamiento humano, las soluciones técnicas son importantes, pero la solución probablemente consista en cambiar el comportamiento humano», me decía Elke Weber, catedrática en la Facultad de Empresariales de la Universidad de Columbia y también con un puesto en el departamento de psicología.

 

Los investigadores del CRED consideran el calentamiento del planeta una oportunidad única para estudiar cómo reaccionamos ante las compensaciones a largo plazo, bajo la forma de los sacrificios que podríamos hacer ahora a cambio de unos beneficios climáticos inciertos en un futuro muy lejano. Y la investigación también tiene la posibilidad de mejorar los mensajes, las políticas y las tecnologías medioambientales de modo que estén más en consonancia con el peculiar funcionamiento de nuestras mentes. Cuando llegué aquella primera mañana a la conferencia de Columbia, Weber estaba ofreciendo una introducción sobre la forma en que la gente tiende a tomar decisiones. Los psicólogos cognitivos actuales aceptan en general que tenemos distintos sistemas para procesar los riesgos. Un sistema trabaja de forma analítica, lo que a menudo implica una consideración pormenorizada de los costes y los beneficios. El otro experimenta el riesgo como un sentimiento: una reacción primitiva y urgente ante el peligro, normalmente basada en una experiencia personal, que puede no tener precio cuando (por ejemplo) nos despertamos por la noche al oler humo.

Esto tiene algunas consecuencias desafortunadas. En el modo analítico, no siempre somos aficionados al pensamiento a largo plazo; los experimentos han demostrado que no suelen gustarnos los beneficios aplazados. Desde el punto de vista ecológico, esto significa que tenemos muy poca tendencia a realizar cambios en nuestro estilo de vida con el fin de asegurarnos un clima más seguro en el futuro. Dejar que las emociones determinen cómo valoramos los riesgos plantea sus propios problemas. Casi con seguridad, subestimamos el peligro de acontecimientos que nunca hemos experimentado y nos parecen muy lejanos en el tiempo y el espacio. Y lo que es peor, la investigación de Weber parece contribuir a establecer que tenemos una «reserva de preocupación finita», lo que significa que somos incapaces de conservar nuestro miedo al cambio climático cuando se presenta un problema diferente (un mercado de valores que se hunde, una emergencia personal). Simplemente tiramos el miedo a la papelera de las preocupaciones, y un miedo menos.

 Pero ¿y si pudiésemos seguir permanentemente preocupados por un mundo que se calienta? Weber describe lo que ella llama un «sesgo de acción única». Movidos por una señal emocional angustiante, compramos una caldera que gasta menos combustible o aislamos nuestro ático o votamos a un candidato ecologista: una acción única que reduce de forma efectiva el efecto motivador del calentamiento del planeta. Y eso nos devuelve al punto de partida.

Los debates sobre por qué el cambio climático no ocupa un puesto más importante en la lista de prioridades de los estadounidenses tienden a centrarse en los mismos culpables: los comentarios de los escépticos que siembran la duda, la falta de dotes para la comunicación de los buenos científicos, la incapacidad del sistema político para abordar retos a largo plazo sin un acontecimiento estrepitoso que lo precipite, la tendencia de los periodistas científicos a centrarse más en lo que no sabemos (si los océanos subirán medio metro o uno y medio) que en lo que sabemos y es una amenaza duradera (los océanos están subiendo).

En algunos de los experimentos que realizan, los investigadores se centran en comprender de forma precisa cómo la dinámica de grupo da forma a las decisiones. En opinión de Weber, muchas decisiones medioambientales importantes (las normas para la construcción, por ejemplo, o las compras de vehículos) las toman los grupos: familias, empresas, consejos comunitarios y otros similares. Y diversos experimentos del CRED han demostrado lo fácil que es conseguir que individuos escogidos al azar cooperen. «Nos gusta congregarnos; necesitamos saber que formamos parte de un grupo», afirma Weber. «Hacerlo nos proporciona un placer inherente. Y cuando se nos recuerda el hecho de que formamos parte de una comunidad, entonces la comunidad se convierte en una especie de departamento de toma de decisiones. Así es como hacemos sacrificios enormes como los de la Segunda Guerra Mundia.

Durante uno de estos experimentos me senté entre Weber y Michel Handgraaf, miembo del CRED y catedrático de Psicología de la Universidad de Amsterdam. Cuando los sujetos tomaban primero las decisiones como grupo, sus conversaciones estaban caracterizadas mucho más a menudo por sutiles marcadores de inclusión como «nosotros» y «nos». Weber, por su parte, había visto otras muestras de que los grupos pueden ser más pacientes que los individuos a la hora de tener en cuenta los beneficios aplazados. ¿Y si la información para la toma de decisiones, especialmente las medioambientales, se tiene en cuenta primero en un contexto grupal, antes de que los miembros reflexionen individualmente, en lugar de hacerlo al revés? En opinión de Weber, sería posible que este paso cambiase las decisiones tomadas por la junta directiva de una empresa, por ejemplo, o por un grupo de propietarios de viviendas convocados a una reunión por un servicio público. Los experimentos de Weber también han analizado el modo en que la ordenación de las opciones puede dar lugar a diferencias muy claras: tener en cuenta los beneficios distantes antes que los costes inmediatos puede llevar a una decisión diferente de la que se obtendría si se tienen en cuenta los costes primero (como habitualmente sucede). Aquí, por tanto, hay una especie de predisposición a tomar decisiones colectivas que redunden en beneficio del mundo.

Si uno no piensa ni siente que hay un peligro, ¿por qué cambiar de comportamiento? Para responder a ello, algunos investigadores han estudiado los mensajes que podrían convencer a los distintos tipos de audiencias. A lo largo de los últimos años se ha puesto de moda describir esta clase de comunicación específica diciendo que tiene el marco adecuado. En nuestra prisa por introducir las jergas en las conversaciones cotidianas, los marcos a veces se han confundido con los pequeños empujones. Pero los marcos y los empujones no son exactamente lo mismo; los marcos son simplemente una manera de dar un empujón a la gente usando mensajes elaborados, plagados de conocimientos sobre la toma de decisiones, que tienen eco en audiencias concretas o que se aprovechan de nuestros sesgos cognitivos. Los pequeños empujones, de forma más general, estructuran las opciones de manera que nuestros defectos cognitivos no nos lleven a equivocarnos.

En teoría, los empujones nos dirigen sutilmente hacia acciones que redundan en nuestro beneficio a largo plazo. Los empujones pueden aprovechar avances tecnológicos como los termostatos domésticos, que han demostrado que reducen el consumo de electricidad al proporcionar información de manera constante. Esto apela a nuestro deseo de satisfacciones a corto plazo y de ser recompensados por mejorar. Otro empujón podría ser algo tan sencillo como un sensor instalado en nuestra casa por un servicio público que automáticamente desconecte todos los aparatos eléctricos innecesarios cuando pasemos el día fuera.

Hace no mucho, David Hardisty, un estudiante de Weber, dirigió un experimento en el que una cuota del 2% añadida a un billete de avión se les describía a diversos sujetos como un «impuesto» sobre el carbono, o bien como una «compensación» por el carbono. A los sujetos se les dijo que la cuota serviría para financiar las energías alternativas y las tecnologías para la reducción del carbono. Hardisty predijo que obtendría resultados diferentes entre los demócratas y entre los republicanos, y de hecho así ocurrió. Los demócratas estaban dispuestos a pagar una cuota por una compensación o un impuesto; los republicanos estaban dispuestos a pagar una compensación, pero no un impuesto. Claramente, el marco del impuesto afectaba al resultado (mucho en el caso de los republicanos).

Luego vino una parte más interesante del experimento. Hardisty les pidió a los sujetos que plasmasen sus pensamientos por escrito, y por orden, mientras decidían si pagar el impuesto o la compensación. El orden de los pensamientos importa (los pensamientos iniciales parecen dominar nuestra opinión y sesgan los pensamientos siguientes para que apoyen la postura inicial). Para los republicanos del experimento que se planteaban un impuesto sobre el carbono, sus pensamientos iniciales eran claramente negativos («Seré viejo y estaré muerto para cuando este mundo sufra una crisis energética») y, por tanto, les conducían a conclusiones que en su mayoría eran también negativas. Por esa razón rechazaron el impuesto. Sin embargo, para el mismo grupo, la palabra «compensación» realmente cambiaba la forma en que los sujetos procesaban su decisión. En su pensamiento se planteaban primero los aspectos positivos de la compensación (la financiación de las energías limpias) y encontraban las pruebas generales positivas y aceptables.

Así que, en cuanto a la política, puede que realmente no sea al método del impuesto a lo que se oponen algunas personas; es el modo en que una «diferencia semántica trivial», como lo expresa Hardisty, puede llevar a un grupo a reunir una serie de poderosas asociaciones negativas antes de tener la oportunidad de considerar cualquier beneficio.

Una objeción a los posibles empujones, ya se refieran a los impuestos del carbono o al consumo energético doméstico, es que pueden parecer insidiosos. Cuando le saqué a Weber el tema de los posibles dilemas éticos, respondió afirmando que el Gobierno constantemente trata de inculcar comportamientos que considera que redundan en beneficio de la sociedad. Respecto a la pregunta de la manipulación, Weber contestó que no hay ninguna forma neutral, «libre de valores», de presentarle la información a la gente. La pregunta crucial, al menos para ella, es si (y cuándo) queremos utilizar las herramientas de la ciencia de las decisiones para tratar de dirigir a la gente hacia decisiones mejores. Eso tiene que ser mejor, en opinión de Weber, que tener a la gente dando tumbos inconscientemente hacia una catástrofe medioambiental.

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