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La adicción a la gasolina tiene cura

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Manu Calvo y Pedro Bravo (*)

 

Ha pasado casi un mes desde los atentados de París. Ese viernes 13 de noviembre y hasta que esos chalados empezaron a matar gente en la capital francesa, en Madrid sólo se hablaba de las medidas que impedían aparcar a los no residentes debido a los altos índices de contaminación. Esta semana pasada se ha seguido hablando de esas medidas en Madrid porque otra vez los niveles han pasado a ser peligrosos. Y también, por cierto, se ha vuelto a hablar de París. En este caso, de la cumbre del clima que tiene a los líderes del mundo decidiendo si por fin toman medidas serias para frenar el cambio climático. A estas alturas de hiperconexión, también geopolítica, todas las noticias tienen relación unas con otras. Pero, en este caso, detrás de estos tres titulares hay un denominador común: el petróleo.

Dos o tres días después de los atentados en París, las dos personas que nos hemos juntado para escribir estas líneas pensamos que, dentro de las miles de explicaciones e interpretaciones sobre semejante atrocidad, había una que conectaba con nuestra forma de movernos. Entonces, decidimos no escribir nada, por respeto pero también por el chaparrón de explicaciones expertas que caían, como siempre que pasa algo importante, sobre los medios de comunicación. Hoy nos sigue dando algo de pudor sacar este tema pero nos hemos decidido a hacerlo para explicar, y para explicarnos a nosotros mismos, cómo nuestras decisiones acaban teniendo consecuencias lejos de donde han sido tomadas.

Por supuesto, sabemos que la inestabilidad de Oriente Medio, los asuntos del DAESH, los conflictos entre suníes y chiíes, los auges y caídas de los dictadores baazistas y todos los miles de problemas que por allí ocurren no tienen una sola explicación y son de una complejidad importante. Pero estamos convencidos de que la dependencia del petróleo que tiene el mundo es un factor esencial a tener en cuenta y que no se está subrayando suficiente en los análisis que hemos observado.

Sí se está explicando que la venta (el contrabando) de petróleo es una de sus fuentes principales de financiación del DAESH, que sacan de ahí unos 50 millones de dólares al mes. Y hay quien ha señalado la posible financiación del proto estado liderado por al-Baghdadi por parte de fortunas provenientes de Arabia Saudí y Qatar, como ya ocurrió en su momento con Al Qaeda. Pero, ¿de dónde salen esas fortunas? De la venta de petróleo, obviamente. ¿Y quién compra ese petróleo? Buena parte de los países que amenazados por el DAESH.

Por no irnos muy lejos, vamos a ver qué pasa en España. El 85,3% de la energía primaria consumida aquí es de fuentes no renovables. El petróleo representa el 42,7% del total. La dependencia energética de España es del 73,2%, que se acerca al 100% en el caso del petróleo. El 52,2% del petróleo importado procede de países de la OPEP. El país del que más importamos es Nigeria, pero muy cerca vienen México, Arabia Saudí y Rusia (todos los datos anteriores se pueden encontrar  aquí). Más: hay más de 22 millones de automóviles en España. El 69,4% de la movilidad de personas se hace en coche privado (datos sacados de  aquí). El 96% de la energía utilizada para mover el transporte en nuestro país viene de derivados del petróleo (dato  aquí).

Se puede decir que estamos enganchados al petróleo en sus diversos formatos. Y ya nos han dicho de un millón de maneras lo que ese enganche nos produce: problemas de salud derivados de la contaminación, gases de efecto invernadero, cambio climático, inundaciones, desertización, hambrunas… Pero no nos han dicho todo.

Justo en estos días ha salido una noticia que contaba una nueva campaña británica contra el consumo de cocaína y lo hacía relacionándolo no con los problemas de salud y legales habituales de este tipo de anuncios, sino con la violencia, la muerte y los problemas medioambientales que había detrás.

No sabemos si la campaña será exitosa o no, pero nos sirve para reafirmar nuestro argumento. ¿Y si de verdad explicásemos la importancia que tiene el petróleo y su consumo desaforado en todo el mundo en la inestabilidad constante de Oriente Medio y otros lugares donde es el recurso económico más importante? ¿Y si relacionásemos cada depósito lleno con una compraventa de armas, con un coche bomba en una mezquita o con un dictador sometiendo a sus ciudadanos? ¿Nos moveríamos igual?

El hecho es que cada acto de consumo es una decisión personal que tiene consecuencias mucho más allá de la esfera individual. El hecho es que cada vez que cogemos el coche porque estamos acostumbrados a ello o nos parece más rápido o porque nos da pereza el transporte público o la bici estamos haciendo algo más que contaminar y poner en peligro nuestra salud y la de todos. El hecho es que si no adoptásemos esa opción y decidiéramos movernos de una manera más sostenible, en bici, caminando, quizá estaríamos empezando a atajar muchos problemas y a reclamar a esos que ahora están en París que los atajasen de verdad.

Después de tantos años y de tantas cumbres, cuesta creer lo que dice la propaganda oficial, que ésta de París será la definitiva, que por fin se tomarán las medidas necesarias. Y cuesta creerlo, entre otras cosas, porque en esa dependencia del petróleo hay muchos intereses de por medio, muchas presiones a esos líderes por parte de la industria del automóvil, de las petroleras, de los mismos países productores que, como Arabia Saudí, no sólo vende petróleo sino que compra armas a, por ejemplo, Francia.

Sin embargo, no creemos que haya que esperar a que los gobernantes tomen decisiones que nos hagan cambiar. Podemos empezar a cambiar nosotros. Y las restricciones de tráfico por eso de la contaminación que ha vivido Madrid (y que seguirá viviendo mucho más si, ojalá, se aprueba el protocolo que propone el gobierno de la ciudad) son una excusa excelente para plantearnos serias dudas sobre nuestras forma habitual de movernos y acostumbrarnos a ver que hay otras posibles, que son tanto o más eficaces que el automóvil y que no tienen consecuencias negativas de ningún tipo. Porque, a pesar de lo que han estado diciendo los medios de comunicación y los políticos en campaña, no ha habido grandes problemas ni sufrimientos en la ciudad. Al contrario, se ha circulado mejor, se ha vivido mejor, se ha respirado mejor. Y hasta muchos usuarios habituales del coche reconocían que no tiene sentido que circulen libremente por la ciudad y que, en el futuro, no será así.

Los que firmamos este texto lo tenemos claro: moverse de una forma sostenible, ir en bici, ir caminando, es una decisión política. Política de la buena, política del bien común… también internacional.

(*) Manu Calvo, ecólogo y especialista en movilidad sostenible y urbanismo ecológico, que dedica su actividad profesional a lograr ciudades más amables, habitables y felices.

Pedro Bravo autor de «Biciosos» (Debate, 2014), Ensayo sobre bici urbana y «La opción B» (Temás de Hoy 2012), novela.

Publicado en eldiario.es

http://www.eldiario.es/desde-mi-bici/

 

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