
Rocío Cruz
Resulta que en pleno 2026 todavía hay quien se pone nervioso por un monólogo feminista. Sí, un monólogo. Una persona en un escenario hablando. Y aun así, alguien en un despacho decide que mejor no. Que eso molesta. Que eso no toca. Que eso fuera.
Y así estamos otra vez: hablando de censura.
Lo que ha pasado con el monólogo feminista de Collado, censurado por una concejala del PP, no es solo una pelea política de las que duran dos días en redes sociales. No. Lo realmente grave está en otro sitio, en algo de lo que casi nadie habla.
El miedo de los artistas a decir lo que piensan.
Porque cuando censuran una obra, no solo se calla a quien la hace. También se manda un aviso al resto del sector: “Ojito con lo que dices”.
Y claro, muchos artistas no viven de grandes contratos ni de teatros llenos todas las noches. Viven de pequeñas programaciones, de ayuntamientos, de festivales locales, de bolos aquí y allá. De que los contraten. De eso depende el alquiler, la comida, la luz.
Así que aparece la gran pregunta que nadie quiere decir en voz alta:
¿Digo lo que pienso… o me callo para que me sigan contratando?
Ese es el verdadero aprieto en el que viven muchos creadores. No lo verás en los grandes titulares. Pero está ahí. Y pesa mucho.
Porque la cultura debería ser justo lo contrario: el lugar donde se puede hablar de todo. Donde se cuestiona, se critica, se incomoda, se ríe uno de lo que sea necesario. Para eso está el arte.
Pero cuando desde un despacho se decide qué se puede decir y qué no… mal vamos.
Y lo más triste es que estas cosas pasan más de lo que creemos. Solo que muchas veces ni nos enteramos. Una obra que desaparece de una programación. Un espectáculo que “mejor no”. Un artista al que de repente dejan de llamar.
Silencios.
La cultura no es un adorno para rellenar carteles de fiestas. Es la forma más clara que tiene una sociedad de mirarse a sí misma. De decir quién es, qué piensa, qué le duele y qué quiere cambiar.
Por eso da tanto miedo.
Pero intentar domesticarla es absurdo. La cultura libre siempre acaba encontrando el camino. Siempre.
Y además, seamos claros: volver atrás a estas alturas sería ridículo.
Ni para coger impulso.
Así que quizá ya va siendo hora de decirlo alto y claro: dejad a los artistas en paz.
Que hablen. Que incomoden. Que molesten si hace falta.
Porque cuando se censura la cultura, no se protege a nadie.
Se empobrece a todo el mundo.
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