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8M: Las mujeres paramos el mundo

 

Quiénes habían sido, de qué estaban hechas, cuántos trabajos habían pasado, qué penas y jolgorios  traía ella como herencia.

Ángeles Mastretta, Mujeres de ojos grandes

 

Pilar González. Pepita, Julia, Irene, Elena, Rosa, Nana, Lucía, Engracia, Tomasa, Aurelia…. Son los nombres de las mujeres que laten en mi sangre.  En la de mis hijas se añaden, desde el otro lado del Atlántico,  Myrtha, Elena y Pilar. Eso sólo en los últimos cien años. Si alguna vez tengo nietos o nietas, estas mujeres serán su linaje.

Mis hijas son andaluzas, urbanas, universitarias, precarias y viajeras. Antes de ellas, las mujeres de mi estirpe nacieron, vivieron y murieron en un mundo rural, en Extremadura. Casi todas fueron esposas y madres de campesinos que se ganaron la vida, y alguno de ellos también la perdió, labrando la tierra de sol a sol.

 

 

Ellas los parieron y los criaron. Se ocuparon de sus cuidados y su educación. Atendieron sus necesidades,  velaron sus fiebres, prepararon las tarteras con el almuerzo, arreglaron sus ropas, limpiaron sus casas… Los quisieron con pasión o por costumbre, alguna vez los detestaron. Los acompañaron y, cuando llegó su hora, los amortajaron.

Cocinaban, cosían, hacían dulces y conservas de tomate, blanqueaban, lavaban, fregaban, hacían punto, ponían los braseros con picón y alhucema, cantaban coplas mientras trajinaban y cuidaban las humildes macetas como si fueran el más primoroso jardín.

Todas fueron administradoras y enfermeras. Sabían apenas leer, escribir y hacer cuentas pero gobernaron vidas y haciendas, hicieron economías, planificaron y tomaron decisiones estratégicas con respecto al futuro de su prole.  Casi todas sobrevivieron a sus  maridos y continuaron sus vidas, tristes, libres, solas. El mundo no se paró porque ellas no se pararon. Nunca. Adustas, tiernas para adentro, insobornables. No persiguieron la felicidad, pero no renunciaron a la alegría. A todas las mujeres de mi familia y generación nos inculcaron el sentido de la responsabilidad, la convicción de que ante la injusticia hay que pelear y la certeza de que siempre, en cualquier circunstancia, hay que proteger a los nuestros.

No sé si fueron dioses o azar, pero mi estirpe es de mujeres fuertes. Fueron invisibles en la vida pública, pero al cruzar el umbral de sus casas, desde la puerta hasta el corral, todo era su gobierno, su mundo, sus dominios. Nada de lo que ocurría allí dentro les era ajeno ni cuando la casa estaba llena de hijos, nietos, parientes, voces, risas… ni cuando se quedaron solas con los ecos, el silencio y el reuma.

Ninguna de ellas supo nunca lo que es el feminismo ni la brecha salarial ni el techo de cristal, ni la corresponsabilidad de los cuidados, pero todas trabajaron desde muy pequeñas hasta muy mayores, nunca se rindieron y dejaron el mundo un poco mejor de lo que lo encontraron. De eso se trataba la vida. De eso se ha tratado siempre.

Yo tampoco nací feminista. Me he ido haciendo. Casi sin saberlo. Al principio era rebeldía en defensa propia, luego fueron descubrimientos, lecturas, conversaciones, hallazgo de huellas, actitudes y compromisos de otras mujeres. El feminismo empieza siendo individual y, en una hermosa progresión, se va haciendo colectivo, social, universal. Se nutre de complicidad, empatía y sororidad. Admite bien la diversidad. Admite hasta la mala prensa, porque radica en la certeza de la igualdad entre las personas y de la lucha contra la injusticia. En la certeza de que no se puede mejorar el mundo, el entorno, la sociedad y la propia vida sin ser feminista.

Por eso apoyo y secundo la huelga general del día 8 de marzo. Por las raíces de las abuelas, por las alas de las hijas. Por las amigas y compañeras, por las mujeres invisibles, por las que están en silencio, por las que tienen miedo, por las que cobran menos haciendo bien su trabajo o incluso mejor que sus compañeros, por las que sufren violencia, por las que son humilladas,  por las que no se resignan, por las que mantienen a los suyos con esfuerzo y a duras penas, por las que buscan trabajo, por las que no han perdido la alegría, y por las que la han perdido también, por las que rezan, por las que no tienen dioses, por las que necesitan refugio…. Por las mujeres de ojos grandes que fueron antes, que son ahora, que serán mañana.

Si nosotras paramos, el mundo se parará. Será sólo un día. Luego volveremos a la normalidad, pero algunas cosas ya no serán como antes. Parar el mundo un día es un acto simbólico cargado de futuro. Y de esperanza. Es político y poético. Valiente. Transversal al género humano. Para sumarse a la causa de las mujeres sólo hace falta la piel y la rebeldía. Todo lo demás lo llevamos en la memoria desde Lucy, la vieja abuela afarensis.  Es un paso, un paso adelante en la tarea de que el mundo sea mejor. Al fin y al cabo de eso se trata.

Fotografía de Sofía Serra

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