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Mujer y minería

José Pedro Cabello del Valle / En estos nuevos tiempos, la minería está llamada a ejercer, al menos en Andalucía, como un sector de “futuro”, pongo comillas porque a mi entender, minería y futuro son dos conceptos difícilmente que podemos escribir juntos, pero al menos es por lo que la nueva política andaluza está apostando. Para empezar, quisiera hacerlo con un clásico de la literatura griega, más concretamente de la obra Lisístrata, de Aristófanes, que dice así:
 
-¿Y no te parece muy osado mezclar a las mujeres con este asunto de la guerra, con el que nada tienen que ver?
-¡Cómo te atreves, bocazas! Las mujeres tenemos que ver con este asunto de la guerra más del doble que vosotros. En primer lugar, porque parimos. En segundo lugar, porque somos las que tenemos que enviar allí cada día a nuestros hijos y a nuestros esposos y las que tenemos que llorarlos…

Mujer_Mineria

¿Quién dice que la mujer no tiene nada que ver con la minería? Mina sí, mina no, un debate que siempre o al menos la mayor parte de las veces sólo se hace desde los mismos puntos de vista y con los mismos actores, es decir, desde el punto de vista económico y últimamente desde el ambiental, pero con unos actores mayormente masculinos, que en los últimos tiempos hemos empezado a sustituir por un concepto más genérico, el alto desempleo de las comarcas afectadas. Pero casi nunca se inserta el concepto de género en este debate, sin embargo «el asunto de la mina» atañe también a las mujeres porque si observamos la realidad cotidiana, ellas fueron quienes mantuvieron con su trabajo buena parte de la estructura económica y social que la hizo posible en cualquier época y lugar. Y no sólo “rezando y criando a sus hijos entre amor y lágrimas y siendo las dignas compañeras del hombre”, como escribe el historiador Tuñón de Lara en Asturias, o no sólo siendo esas “madres coraje” que paren y atienden la casa y la familia y el ganado y la huerta y cuidan de los viejos y los enfermos; sino, además, realizando innumerables labores: guardabarreras, lavanderas, telefonistas, enfermeras, maestras, cocineras; sin las cuales nunca hubiera sido posible la minería, pero que la nostalgia de los tiempos pasados no nos nuble la visión de futuro y no nos olvidemos de la contextualización de los hechos, ya que ¿qué podía hacer en el siglo XIX hasta mediados del XX un aldeano de las comarcas mineras, con una economía casi sólo de subsistencia y trueque para ganar algo de dinero que le permitiera comprar un trozo de tierra, un cerdo, unos zapatos? Muy poca cosa, salvo emigrar, hasta que empezaron a explotarse las minas. ¿Y qué podía hacer una mujer?

Así pasaron los años hasta que llegó 1976, cuando se licenció la primera Ingeniera de Minas en nuestro país, no siendo hasta 1996, veinte años más tarde cuando la primera mujer minera accedió a un puesto de trabajo en los pozos asturianos, esto ocurrió en Enero de 1996 cuando se consiguió que el Tribunal Constitucional reconociera el derecho a trabajar de las mujeres dentro de la mina.

Pero, ¿han mejorado hoy los datos respecto al acceso de la mujer a esos empleos “típicamente masculinos”?, yo diría que poco, muy poco a la vista de los datos que tenemos, en una Andalucía con un desempleo alarmante, ya que según la Encuesta de Población Activa del 1er trimestre del 2015, los números son:

Total

Hombres

Mujeres

Tasa de paro (EPA)

33,6%

30,9%

36,9%

Paro menores de 25 años

57,1%

56,8%

57,4%

Paro mayores de 25 años

31,6%

28,7%

35,1%

Y si nos centramos en la composición del actual sector minero andaluz, los números son aún peores (datos extraídos de la Junta de Andalucía en el sector minero extractivo), el empleo por provincia y sexo, así como por tipo de empleo y sexo, es el siguiente:

% Hombres

% Mujeres

Almería

15,4

1,1

Cádiz

6,3

0,7

Córdoba

4,6

0,3

Granada

6,5

0,3

Huelva

27,2

3

Jaén

6,5

0,5

Málaga

5,6

0,35

Sevilla

19,8

2

% Hombre

% Mujer

Empleados Técnicos

84,3

15,7

Administración

50,56

49,44

Personal Operario

97,2

2,8

A la vista de los cuales se comprueba que la presencia de la mujer (8,2% del total) sigue siendo aún escasamente representativa respecto a la del hombre, y especialmente insignificante en algunas provincias como Córdoba y Granada (0,3 % del total). Si se analiza la información por puesto ocupado, resulta que el 49,44 % de los puestos de administrativos están ocupados por mujeres, el porcentaje de puestos técnicos llega hasta el 15,7 %, mientras que dentro de los operarios, tan sólo el 2,8 % de los mismos son mujeres.

Luego, al cabo de los años seguimos mostrando claras y graves diferencias laborales entre el hombre y la mujer, pero, ¿ahondar en un modelo productivo exclusivamente extractivo, puede ser una solución?

La industria minera no es un sector que se caracterice por una alta generación de empleo, al contrario es una rama de industria que, por su composición técnica y de capital, sólo involucra una cantidad marginal de empleo con respecto a la estructura ocupacional en la región. Además, es una rama de industria que se ha configurado como un sector típicamente de empleo masculino, donde las mujeres tienen una reducida participación, como vemos en los datos ofrecidos anteriormente.

La ausencia de la perspectiva de género es una de las razones por las cuales no se logra actuar de forma verdaderamente efectiva para reducir las brechas y desigualdades de género. Hay que analizar el impacto en la vida de las mujeres de la actividad minera desarrollada por el modelo bajo el cual se desarrolla la industria extractiva y de manera particular, por el que se quiere implantar de grandes empresas con grandes explotaciones y para ello, habría que clasificar los impactos que se identifiquen en diversos ámbitos, para posteriormente poder actuar sobre ellos eficientemente.

Esta ausencia de la perspectiva de género es algo inherente al actual modelo productivo extractivo, donde el único interés es el aumento del consumo de los recursos naturales existentes, con un aumento progresivo de la incidencia en el territorio de la actividad humana, con menosprecio a la calidad de vida de los habitantes de las comarcas mineras afectadas, donde tan sólo se ofrece el incentivo de un empleo, precario en muchos de los casos, pero no se tienen en cuenta que esos impactos del modelo de desarrollo y económico basados en el “extractivismo” sobre el bienestar individual y social son distintos si las condiciones sociales y de género de la sociedad varían, así como con las particularidades de cada territorio, provocando conflictos ambientales, culturales, sociales y económicos. Eso hace urgente conocer cuáles son los daños causados, para así comprender mejor su significado, tanto de forma social como cultural y para poder hacer visibles los distintos aspectos que de otra manera quedan totalmente ocultos, es decir hay que conocer y reconocer que las mujeres son una parte de la sociedad afectadas de forma específica y poder hacer así un análisis en clave de construcciones sociales y culturales asociadas con el mundo femenino y subrayando el ejercicio del poder que se ejerce sobre ellas en razón a su condición de género.

Asimismo, en consonancia con el ecofeminismo, el cual plantea que las mujeres tienen un fuerte vínculo con la naturaleza y definen esta relación de forma conjunta al hecho de ser mujeres. Bajo esta premisa, se debe proponer recuperar lo que denomina el principio femenino, es decir, aquello que significa armonía, sustentabilidad y diversidad; atributos considerados inherentes a las mujeres en su relación con la naturaleza, por lo que debe aumentarse la participación femenina en la defensa de sus territorios y en la reivindicación de sus derechos ambientales, teniéndose así una significativa oportunidad de transformación de la condición y posición de la mujer.

Finalmente, tenemos que la minería ha desterritorializado a toda la población, pero en las mujeres se sostiene buena parte de esa territorialidad. Esta actividad, genera una ruptura de las personas con el entorno social que es lo visible en primera instancia y, aún más importante, constituye la pérdida del principal medio económico para la vida y de todas las relaciones productivas y sociales, el entorno ambiental. Adicionalmente, esta pérdida del entorno conllevará a perder relaciones recreativas, culturales, espirituales, ecológicas y del patrimonio cultural e intangible que éste representa.