Rocío Cruz
Hay días en los que escribir se convierte en un acto imposible.
No porque falten palabras. Sobran. Se agolpan en la garganta, en la mente, en el pecho. Pero no salen. No encuentran el camino. Se quedan atrapadas entre el miedo, el cansancio y la incertidumbre.
Vivimos en una época que nos exige opinar, sobre todo, reaccionar a todo y producir constantemente. Una época en la que el silencio parece una derrota y la pausa un pecado. Sin embargo, hay momentos en los que uno simplemente no puede.
No puede escribir.
No puede pensar con claridad.
No puede ordenar el caos.
Porque mientras intentas encontrar una frase, la vida te golpea desde demasiados frentes. Problemas personales que pesan como piedras. Preocupaciones que no desaparecen al apagar el móvil. Facturas, responsabilidades, pérdidas, incertidumbres. Y al mismo tiempo, una sociedad cada vez más acelerada, más individualista, más obsesionada con el rendimiento que con las personas.
Todo parece girar alrededor del éxito, de la productividad, de la imagen.
¿Cuándo dejamos de preguntarnos cómo estamos de verdad?
¿Cuándo empezamos a medir nuestro valor por lo que producimos y no por lo que somos?
El ruido es ensordecedor.
Las noticias generan angustia. La política se ha convertido en un campo de batalla permanente donde el diálogo parece una reliquia del pasado. La confrontación vende más que el entendimiento. El miedo moviliza más que la esperanza.
Y mientras tanto, nosotros intentamos sobrevivir.
Intentamos seguir adelante.
Intentamos mantenernos en pie.
Pero llega un momento en que la mente se nubla. En que no sabes hacia dónde mirar porque hay demasiados caminos abiertos y ninguno parece conducir a la tranquilidad. Quieres avanzar, pero también necesitas detenerte. Quieres responder, pero ni siquiera sabes qué preguntarte.
Entonces aparece la culpa.
La culpa por no llegar.
Por no rendir.
Por no ser tan fuerte como esperan los demás.
Por necesitar un respiro en un mundo que exige correr a mil por hora.
Y es ahí donde descubres quién está a tu lado.
Porque en medio de la tormenta aparecen personas que complican aún más el camino. Personas que juzgan sin comprender, que exigen sin escuchar, que añaden peso a una mochila ya demasiado cargada.
Pero también aparecen otras.
Las que permanecen.
Las que entienden tus silencios.
Las que no te piden explicaciones.
Las que se sientan a tu lado cuando no tienes fuerzas para seguir caminando.
Y son ellas las que te recuerdan algo fundamental: no siempre hay que poder con todo.
No siempre hay que tener respuestas.
No siempre hay que ser productivo.
No siempre hay que seguir corriendo.
A veces la verdadera valentía consiste en detenerse.
En reconocer que uno está cansado.
En admitir que el miedo existe.
En aceptar que la serenidad se ha convertido en un bien escaso.
Hoy el mundo seguirá girando a la misma velocidad frenética. Seguirán llegando mensajes, titulares, exigencias y urgencias. Seguirán diciéndonos que debemos hacer más, ser más y correr más.
Pero hoy, sencillamente, no puedo.
No puedo escribir con la tranquilidad que quisiera.
No puedo fingir que todo está bien.
No puedo ignorar el ruido que nos rodea ni las heridas que cargamos.
Lo único que puedo hacer es reconocerlo.
Y quizá, en tiempos donde todo el mundo aparenta estar bien, donde todos parecen tener respuestas para todo y energía para siempre, reconocer nuestra fragilidad sea el acto más honesto y más revolucionario que nos queda.
Lo siento.
Ahora no puedo.
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