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La mejor manera de viajar

azafata

 

Elisa G. McCausland. Periódico Diagonal. El sistema está diseñado para que “cierta gente” gane. Esta idea es la que enmarca uno de esos artículos que solo pueden leerse en verano, de vacaciones, cuando se bajan las defensas y el turista cosmopolita se asoma a la prensa de otros países con ojos relajados, sin legañas. Las mismas defensas que ese mismo turista se deja en casa cuando viaja en una compañía aérea de bajo coste, cuya política de estratificación se extiende, cual plaga corporativa, por el resto del sector servicios. Piensen en los mecanismos de elección de un billete como en un videojuego donde deciden qué clase social es la suya. La experiencia de volar sustituida por la ilusión de escoger. La supuesta libertad de elección, y el maltrato subsiguiente; es decir, la diferencia, sustentada por la buena educación. Por la sumisión al sistema.

¿Es la “planetización del consumo” la responsable de la deshumanización del sector servicios? Creerse upper class, un tema de percepción. Como en lo hípster, quedarse con el significante y desproveerlo de significado es tan solo el principio del fin. O un síntoma de los tiempos en los que estamos inmersos desde que las tornas del ahorro giraron hacia el consumo desenfrenado. El hedonismo irresponsable escudándose en el consumo como derecho. “Porque tú lo vales”, “Yo no soy tonto”… ¿“Nacerás low cost y morirás low cost”? Siempre la economía (estúpido); y, lo que es más importante, la psicología al servicio del mensaje. La publicidad y la comunicación, ayudando a que el precariado mantenga su pequeño universo simbólico pequeñoburgués intacto. Y, sin embargo, “la estratificación está infectando dominios que antes tenía vedados” (1), solo que todavía no nos hemos dado cuenta.

Garantizar la igualdad y garantizar poder elegir, ésta ha sido la ligera esquizofrenia que ha vertebrado la filosofía de consumo estadounidense de los últimos cincuenta años. Si se han soportado las diferencias hay que agradecérselo, en parte, a que, hasta el momento, existía una política del mínimo común. Cuando antaño comprabas un billete de avión, la única diferencia era entre clase preferente y clase turista. Ahora comer, estirar las piernas o escoger el sitio en el que volar, cuesta. A esto se le suma una cultura corporativa que ha insistido en introducir, a golpe de coaching en el código laboral del trabajador, que “las reglas son las reglas”. El consumidor (que no ciudadano), obnubilado por esa ilusión de consumo, renuncia a sus derechos y abraza, sin apenas pestañear y como mero trámite, la odisea low cost, lo que antes se le vendía como “experiencia de vuelo”.

En un escenario donde el consumo ha devenido necesidad, poco margen queda para la reflexión, pues el consumidor hace tiempo que dejó de ser ciudadano. Es por esto que el valor que podría extraerse de las experiencias en trabajos sociales, donde se implica a la ciudadanía, al colectivo –lo que se llama en Sociología “consumo cívico”– ha quedado eclipsado por el onanismo de centro comercial. No obstante, sabemos que, con el cambio de siglo, el discurso del consumo se ha convertido en un discurso de la producción. “Do it yourself”. No es producto, sino tarea lo que recibimos de la “sociedad del prosumo”. Emancipación, precariedad, fagocitación del tiempo propio. Más beneficios a menor coste, manifiestan desde la perspectiva empresarial; democratización del bienestar y aspiraciones de igualdad, defienden desde el extremo opuesto. Lo apunta Remedios Zafra, en (h)adas: mujeres que crean, programa, presumen, teclean (Páginas de Espuma, 2013): “La abundancia de alternativas y de elecciones nos sitúa ante un marco potencialmente participativo y (más) horizontal, sí, pero la mera opción no siempre implica a las personas”. Poder elegir implica libertad; libertad para consumir. Eso sí, siempre y cuando te quedes en tu asiento, da igual si borracho o dormido, pero sin rechistar.

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