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El idioma de Andalucía es el silencio

El régimen político que ha gobernando Andalucía en los últimos 40 años se desmorona. No lo dice ninguna encuesta, lo dicen la ruptura tímida de los silencios y las conversaciones en privado con personas ligadas al PSOE que cuentan a puerta cerrada que el clima de presión es insufrible.

Periodistas que en privado muestran su hartazgo pero que no se atreven a escribir una sola columna de opinión contraria a Susana Díaz. Trabajadores de empresas públicas o funcionarios que cuentan que en el interior de la administración existe la peor de las censuras posibles: la autocensura.

No son pocos los militantes socialistas, todos conocemos a alguno, contrarios a la decisión de dejar gobernar al PP que no hablan nada; su lengua ha sido comida por el gato, con lo ruidosos que han sido por redes sociales en campaña electoral.

También están quienes trabajan para empresas privadas ligadas directamente a la Junta. Productoras que trabajan para Canal Sur. Periodistas de medios de comunicación privados que sin la publicidad institucional irían al cierre. Miembros de ONG’s que sin la subvención autonómica dejarían de prestar la labor solidaria que realizan.

Criaturas que si hablan dejarían de recibir el cheque de comida que les da el alcalde para atravesar la dureza de vivir en el mundo rural en el que, en muchos casos, el único tajo remunerado son los dos meses de la aceituna.

Una casuística extensa fruto de la débil estructura productiva de Andalucía, una tierra donde el PSOE, en lugar de defender una reforma agraria que pusiera cientos de hectáreas baldías a producir, para lo que es necesario quitárselas a gente con apellidos largos, ha preferido que la gente dependiera directamente del poder político, bien del paro agrícola, de un empleo de miseria ligado a la Junta o de un contratillo en una empresa pública por temporadas de seis meses.

Los silencios en Andalucía no se marcharon con la muerte del dictador y la venida de la democracia; al contrario, el silencio sigue instalado con una normalidad tan espantosa que la gente se censura sin darse cuenta de que su libertad ha sido secuestrada por un partido político que lleva 40 años funcionando como un régimen clientelar, que decide quién trabaja y quién no, a quién le va bien la empresa y quién tiene que bajar la persiana, quién emprende y quién no y qué periodistas son válidos y quiénes no.

Si rompes el silencio, pasas a ser señalado como un atrevido. Te lo dicen abiertamente: “Así cómo pretendes que te contrate un periódico”. Y nadie se da cuenta de hasta qué punto su libertad ha sido comprada a cambio de miseria, repartida magistralmente por una banda de mediocres sin formación y sin experiencia laboral que llevan décadas decidiendo el destino de los andaluces y andaluzas.

Las maneras clientelares del PSOE, similares a las bandas organizadas, han convertido a nuestra tierra en una anomalía democrática. Los EREs no son más que eso: reparto de favores a placer a cambio de que la gente no montara manifestaciones por el cierre de las industrias en sus territorios. Pero como son como una película de Berlanga, metieron en los EREs a gente tan variopinta que al final estalló. Pero sin llamarse EREs y siendo legal, el PSOE lleva ganando elecciones dopados en Andalucía desde hace muchos años. Muchísimos.

Ahora, a diferencia de hace unos años, cada vez hay menos dinero para repartir; la mierda empieza a ser tan grande que es imposible que no huela; la poca vergüenza y la chulería es tan mayúscula, que incluso los suyos se rebelan en privado.

Estas criaturas que callan, y que cuentan en privado que no pueden hablar porque los comisarios políticos de su empresa pública o privada que presta servicios para la Junta, no son verdugos, son las primeras víctimas de una forma insana y antidemocrática de entender el poder, que ha creado una administración paralela de 20.000 personas que son un nicho de seres silentes; con sus respectivos hijos, padres, madres y parejas.

El cambio político que está por llegar a Andalucía, que no vendrá de la mano del PP sino por un espacio político de izquierdas y de una nueva generación de jóvenes andaluces, además de combatir los niveles de pobreza, desigualdad, desempleo y emergencia social tan elevados que afectan a nuestra tierra, tiene que tener entre sus primeras labores urgentes la necesidad y obligación ética crear mecanismos para que nunca más nadie tenga que ser un ser silente por disentir con el partido en el poder.

Que ningún periodista vuelva a tener miedo a perder su trabajo por publicar tal o cual columna; que ningún periodista de Canal Sur se autocensure para poder sobrevivir en un ente secuestrado por el PSOE; que ninguna empresa privada tenga que cerrar sus puertas por tener una u otra opción política y que ningún pueblo, del signo político que sea, se quede sin inversiones de la Diputación o la Junta por el hecho de que sus ciudadanos no votan al partido en el poder.

Que ninguna criatura se quede sin un cheque de comida por protestar contra el partido del alcalde; que nadie deje de ser llamado para ir a recoger la aceituna por ir a una manifestación o votar a un partido o a otro; que nunca nadie sea considerado un loco suicida por hablar alto y claro. Nunca más una Andalucía amordazada donde los silencios tengan que ser traducidos.

@RaulSolisEU 

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