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Abordar la crisis financiera implica detenerse tanto en sus orígenes como en las profundidades de su implementación. A pesar de la ilusión de algunos Estados que aseguran haberla superado y enfrentado, dicha crisis no se ha terminado y sus consecuencias tocan a las distintas esferas de la vida social al mismo tiempo que continúan dañando a los individuos como a las relaciones sociales que son indispensables para la solidaridad entre las sociedades y al interior de las sociedades mismas. El presente artículo invita a reflexionar sobre un problema que precisa ser pensado y resuelto a partir de un esfuerzo combinado entre todos los ciudadanos de un mundo que está cada vez más sometido a la dominación de capitalistas enceguecidos por la sed de una ganancia que les impide ver que genera su propia destrucción.

Un año después del crack bancario y financiero

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François Chesnais

Publiocado en www.revistapolis.cl

De distintas maneras que pueden ser vistas como las “caras opuestas de la misma medalla”, la crisis económica y financiera ha sido abordada por los anticapitalistas de una manera bastante “objetivista”. Algunos han visto “el fin del neoliberalismo” para luego quedarse en un análisis de una crisis que representaría una suerte de pequeño obstáculo, por cierto grave, en el funcionamiento de un sistema económico que sin embargo, tiene vocación de estar “regulado”. Bajo esta visión, el capitalismo podría encontrar nuevamente después de “x” tiempo, con la ayuda de otro “modelo” fundado en la financiarización, las condiciones para una regulación susceptible de asegurar un crecimiento más o menos “equilibrado”. Otros, por el contrario, han propuesto interpretaciones cuya influencia, leve todavía, podemos percibir en la idea de que se trataría por último de aquella “crisis final del capitalismo” tan esperada. Producida en los años 1930 por los teóricos del Komitern durante la fase “ultraizquierda”, en donde la social-democracia era “un peligro más serio que el nazismo”, la crisis ha dejado huellas en el movimiento revolucionario, incluso en aquellos que han combatido al estalinismo toda su vida. Pero ha sido tan grave que ha conseguido alimentar reacciones que subestiman la gravedad de los verdaderos momentos de ruptura.

 

Respecto a la crisis en curso, mi posición es la siguiente. Claramente hemos tenido que enfrentarnos a una crisis de gran importancia. Al mismo tiempo a la crisis de un régimen de acumulación de dominancia financiera y de condiciones históricas transitorias que aseguraron a los Estados Unidos una hegemonía sin reparto. La crisis tiene como sustrato una elevada sobreacumulación del capital y una fuerte sobreproducción. El unificado nivel de análisis realmente pertinente es mundial. En determinados países, algunos sectores (como el inmobiliario y la construcción en Estados Unidos, en el Reino Unido y en España) o en algunas industrias (la automovilística en los países constructores tradicionales), están en sobrecapacidad al mismo tiempo de manera visible y como consecuencia de políticas nacionales. En otros países, la sobreacumulación y la sobreproducción existen por rebote (la máquina herramienta alemana por ejemplo). Estas sobrecapacidades están al mismo tiempo al centro de la crisis y al centro de la lucha entre el capital y el trabajo. Estamos en un punto todavía inicial en el desarrollo de lo que será un proceso mundial que se desarrolla con muchos accidentes durante años. El momento actual de “retoma económica” (recovery) que tanto exhibe el personal político y los grandes medios y cuya función es el estrecho control de la “opinión publica”, no anuncia para nada el fin de la crisis que se abrió en forma de crisis financiera en julio-agosto 2007 y que se transformó un año después en recesión mundial. Evidentemente, es imposible prever en cuantos años y en que configuración mundial la larga crisis podría terminarse. En cambio, es posible y necesario presentar, porque hay suficientes elementos para hacerlo, un enfoque para la comprensión del capitalismo, un poco distinto al que domina en los anticapitalistas. A mi modo de ver, muchas cosas que han marcado el desarrollo de la crisis desde septiembre 2008, tienen el valor de advertencia política. 

 

 

El capitalismo tal como lo comprendo hoy en día

 

La comprensión del capitalismo supone primero caracterizarlo correctamente. El capitalismo no es simplemente un sistema desigual e injusto, un sistema marcado por disfuncionamientos, puesto que reposa en la propiedad privada y en una apropiación masiva de trabajo no pagado que adquiere principalmente la forma de una plusvalía que nace en la empresa capitalista. No se puede analizar tranquilamente las leyes de desarrollo y estudiar las contradicciones “a distancia”, con un “objetivismo” económico que haga lo mismo que los economistas neoclásicos. El movimiento del capitalismo está ordenado por una potencia social particular, es decir, una gigantesca acumulación de dinero convertido en “capital” o que aspira a serlo. Esta potencia social tiene dos particularidades. Primero la de autonomizarse frente a la sociedad, alzarse frente a ella, a medida que se refuerza gracias a largas fases de acumulación ininterrumpidas (como la que se inició durante la Segunda guerra mundial). Y después, la de ser incapaz de concebir que su expansión pueda tener algún límite.

 

Cada generación, pero también cada militante-investigador, dice Marx, de vez en cuando, tanto por el hecho de la evolución histórica como de su propia experiencia. Hoy en día, el Marx que me influencia es el que escribe en los Manuscritos de 1857-58 que “el capital, en tanto representa la forma universal de la riqueza – el dinero-, es la tendencia sin término y sin medida para superar su propio límite”1 . O incluso en palabras del Capital, que refiere a una “circulación del dinero como capital (que) posee su objetivo en sí misma; pues no es sino por ese movimiento siempre renovado que el valor continúa a hacerse valer. El movimiento del capital entonces no tiene límite. Es en tanto representante, como soporte consciente de ese movimiento que el poseedor de dinero deviene capitalista. Su persona, o mas bien su bolsillo es el punto de partida del dinero y su punto de regreso. El contenido objetivo de la circulación A-M-A’, es decir la plusvalía que cría el valor, tal es su fin subjetivo, íntimo. Es solo en tanto que la apropiación siempre creciente de la riqueza abstracta es el único motivo determinante de sus operaciones, que funciona como capitalista, o, si se quiere, como capital personificado, dotado de consciencia y de voluntad”2 . Estamos entonces enfrentados a un sistema que incluso cuando está confrontado a la sobreacumulación y a la sobre producción, a una situación donde la masa de plusvalía producida por las empresas no puede ser realizada, no por ello deja de manifestar su ilimitada sed de plusvalía. Los obstáculos encontrados no hacen sino exacerbarla. Es lo que nos enseña la crisis ecológica. Nos enfrentamos a una potencia social autonomizada que ya no puede más, de manera consustancial, aceptar los límites impuestos por un mundo terminado, de los recursos en vía de rarefacción que habrá que planificar respecto a su uso en el plano mundial, una biósfera que ha demostrado ser de una extrema fragilidad. Los que gobiernan, los dirigentes de grandes bancos de inversiones, las sociedades transnacionales y el alto personal político son los “representantes, los soportes conscientes de ese movimiento sin límite”. Se comprende por qué, al menos por el momento, en el plano de las emisiones de gas con efecto invernadero responsables del cambio climático, las advertencias de los científicos solo han logrado medidas de pura fachada destinadas a calmar a una parte de la población de los países ricos que han comenzado a tomar consciencia de la situación, sin vincularla al problema del capitalismo como tal.

 

Se trata posteriormente de comprender que el capitalismo es también un sistema de dominación social. En la cima de ese sistema de dominación se ubican las oligarquías capitalistas y burocrático-capitalistas, ellas mismas jerarquizadas en el plano mundial. Estas se han volcado enteramente hacia la preservación y el crecimiento de la riqueza que a la vez es razón de ser y centro de la dominación. No hay necesidad de explicar a dichas oligarquías que “la historia de la sociedad hasta nuestros días solo ha sido la historia de la lucha de clases”. Para ellas, hay algo inscrito allí en los genes de la aplastante mayoría de cada uno de sus miembros. Hay momentos en que la característica del sistema de dominación social a preservar, es el que gana completamente. Por supuesto, es el caso de las revoluciones – revolución alemana de 1918, revolución de 1936 en España, Chile en 1973. Pero esta dimensión resurge también en graves tiempo de crisis económica y financiera. Ella provoca un activismo agudo de los dominantes en defensa del sistema económico. Las crisis económicas son vividas por las oligarquías como amenaza y como oportunidad. Las amenazas son las del debilitamiento en favor de una grave crisis de legitimidad del sistema y de la suya, pudiendo conducir hasta acciones más o menos intensas de contestación en una parte de los asalariados y de la juventud. Para cada oligarquía “nacional” particular, también está la amenaza de ver a tal o cual rival reforzar sus posiciones en su desmedro. Las oportunidades son inversas: posibilidad acrecentada, en el momento en que la crisis golpea a asalariados y oprimidos por sorpresa; momento en que se hace más fácil para la competencia inter-capitalista, para los “ganadores” en potencia el llenar de posiciones a sus rivales.

 

 

Golpear contra los explotados, encontrar las condiciones de una vuelta a la “normalidad”

 

Durante el último año de reflejo de reproducción de la dominación surgieron dos líneas de conducta complementarias. Aprovechar la ocasión ofrecida de golpear nuevamente contra los asalariados y los explotados. Y encontrar las condiciones de regreso a la “normalidad” lo más rápidamente posible. Para unos esta “normalidad” debe ser la del statu quo ante. Para otros, este regreso a las condiciones de crecimiento “normal” solo puede hacerse sobre la base de una configuración nueva de la que serán beneficiarios.

 

El estallido de la crisis financiera en julio-agosto 2007 ya ha llegado a los círculos dirigentes mundiales –y al Partido comunista chino (PCC)- muy ampliamente y en ciertos casos totalmente por sorpresa3 . Porque no la vieron llegar. Una vez la crisis financiera comenzada, esperaron mucho tiempo antes de medir la gravedad. Para convencerse les bastó con abrir el libro de Alan Greenspan4 . Los financistas operaban con la ayuda de modelos que prácticamente excluían las posibilidades de una crisis. Los círculos políticos dirigentes de la oligarquía mundial vivían en un estado de quietud fundada en la idea de que el “comunismo” había sido derrotado, los asalariados plenamente integrados y sometidos al sistema en calidad de “consumidores” y el mercado reinstalado en su plena función auto reguladora. Después hubo un período de doce a trece meses entre el comienzo de la crisis financiera y la quiebra del 15 de septiembre 2008 del banco de inversiones Lehman Brothers. La crisis financiera ha sido considerada como seria, pero todavía controlable por medio de recursos, ciertamente intensivos, de instrumentos de intervención “normales” de los Banco centrales y los gobiernos. La idea de una socialización completa (por medio del impuesto) de las pérdidas de las instituciones financieras que hubieran hecho operaciones de alto riesgo, tuvo todavía resistencias aunque éstas fueron disminuyendo. La salvada del banco Bear Sterns en marzo de 2008 fue nuevamente organizada sobre la base de un “reparto público-privado”. La decisión de dejar a Lehman Brother quebrar, fue considerada como emanada de un riesgo limitado5 .

 

Todo cambió a partir de la semana del 15 de septiembre. En esta se vio como en tres días se puso en pie el Plan Paulson y la redacción del proyecto de ley necesario para la autorización por el Congreso de su puesta en obra. Al comienzo se trataba de asegurar a cualquier precio la salvación de bancos muy grandes y sin embargo responsables del comienzo de la crisis y permitirles comprar a los más pequeños. Conducidos por Gordon Brown, los principales países europeos actuaron exactamente de la misma manera. Entre fines de septiembre 2008 y marzo-abril 2009 sumas cada vez mas colosales fueron inyectadas por la Fed y el Tesoro como por gobiernos europeos. Fue necesario rápidamente preguntarse sobre su monto como sobre la frecuencia de las intervenciones. Pasado el momento crítico de fines de septiembre, donde el objetivo era evitar la caída del sistema financiero, se hizo evidente que el monto de las sumas concernidas y los mecanismos puestos a funcionar por  las autoridades monetarias apuntaban menos a regresar al crédito (tema central del discurso oficial) que a la limitación del monto de las pérdidas de ganancia estrujadas por las instituciones financieras portadoras de capital ficticio y luego la implementación de medidas que preparan la vuelta de la ganancialidad. La principal de todas es un nivel de tasas de préstamo de las Bancas centrales a las instituciones financieras cercana a cero en Estados Unidos y en el Reino Unido y muy bajo en la zona euro.

 

La salvada de los bancos permitió la acentuación de la guerra de clase por parte del capital. Aquí yo hablaré sobre todo del caso de Francia. Estamos frente a una organización muy programada de la cesantía, de la sobreexplotación en lugares de trabajo y donde uno de los efectos ha sido una multiplicación de los suicidios en el trabajo (sería mas justo hablar de asesinatos), de fuerte agravación del peso de la fiscalidad sobre los salariados y de aceleración del movimiento de privatización del sector público (el Coreo, los hospitales públicos, los servicios municipales). La sobreacumulación en la filial automovilística ya la hemos mencionado antes. Los grandes fabricantes europeos de neumáticos (Michelin, Continental, Goodyear) eligieron deslocalizar hacia India y China, provocando cientos de despidos. En el caso de los constructores que acumularon retrasos frente al alza de los productores asiáticos, la vía de deslocalización está cerrada. A fines de permitirles proceder a la destrucción de sus capacidades excedentarias, los gobiernos les entregaron ayudas directas muy importantes (el caso de general Motors y de Chrysler en Estados Unidos, de Renault y de Peugeot en Francia, de Volkswagen y de Opel en Alemania, etc.). Los cierres y los despidos se hacen en las mejores condiciones posibles para los accionistas, es decir no renovando los contratos de los trabajadores temporeros en las fábricas de ensamblaje (sin finiquitos a pagar) y golpeando a los fabricantes de equipos eléctricos o electrónicos de la industria (Valéo, Heuliez) y especialmente los pequeños y medianos subcontratados especializados (Reiter, Fauricia, Molex). Los planes de despidos, generalmente importantes, se han multiplicado en las filiales de grupos extranjeros (Caterpillar, Sony, Philips, etc.). Aquí la recesión mundial solo ha conseguido acelerar la implementación de proyectos ya preparados. La crisis ha dado a los grupos industriales transnacionales, una razón de redespliegue de sus actividades hacia otros países y continentes.

 

En Francia los trabajadores enfrentan un desafío de cesantía masiva de un tipo que no habían conocido desde hace tres cuartos de siglo. Se enfrentaron en condiciones inéditas a una internalización muy avanzada de la producción industrial. Para ellos es prácticamente imposible concebir soluciones de autogestión a la manera argentina. Las respuestas solo podían ser europeas. Los trabajadores están conscientes. Durante el tiempo que sentirán que no han tenido respuesta, aun poco claras frente a esta situación, no llevarán la acción más allá de las formas circunscritas en el contenido y la duración. Es ahí que se sitúa uno de los principales intereses políticos del momento actual. Sobre todo cuando las confederaciones sindicales y la mayor parte de los sindicatos que se reúnen han acentuado siempre mas su cooperación con los patrones y su integración al Estado. A instancias de los partidos socialdemócratas o socialistas, desde hace años que llaman a la clase obrera a no pensar en otra cosa que en una “adaptación” al estado de cosas, y en este caso a la mundialización surgida de la liberalización y de la desreglamentación y a las nuevas formas de explotación provenientes del encuentro entre los políticos neoliberales y las potencialidades para el capital de tecnologías de la información. En Francia, un primer salto de gran importancia simbólica ha sido la adhesión de la CGT a la Confederación sindical europea (CES), que es un mecanismo de las instituciones de la Unión europea. Un segundo fue la aceptación de todas las confederaciones a la invitación hecha por Nicolás Sarkozy de reunirse con él incluso antes de que asumiera oficialmente. En cada movilización, en cada combate, los asalariados se encuentran confrontados a intervenciones sindicales que paran el movimiento, que entregan la iniciativa al Estado y a los patrones cada vez que los trabajadores comienzan a disputarla. Tratándose de Francia, esta ha sido por ejemplo la experiencia de las dos grandes jornadas de acción y de manifestación de enero y de marzo 2009.

 

 

El intento de regreso lo más cerca posible del statu quo ante

 

El ejemplo de Francia puede declinarse en las particularidades propias de cada país en todas partes del mundo. El capital ha reforzado sus posiciones en la lucha de clases, mientras que paralelamente la salvada de los bancos, la ayuda entregada a los grandes grupos industriales y especialmente las inversiones efectivas masivas de China en infraestructuras ferroviarias y ruteras, han creado la base que permite al personal político y a los medios anunciar el “fin de la recesión”. Es en este contexto que el G20 de Pittsburg se ha mantenido con una agenda de ensayo de regreso lo más cercana posible al statu quo ante.

 

El principal elemento a retener es el anuncio de la desaparición definitiva del G8 en provecho del G20. Hay allí un reconocimiento del lugar que ahora ocupa China e India, así como para las grandes economías proveedoras de materia básica, con Brasil a la cabeza, en la configuración económica-política del sistema capitalista mundial. La elevada dependencia de Estados Unidos frente a China en el plano financiero para el financiamiento del déficit público y el plan comercial para el aprovisionamiento en bienes manufactureros poco complejos, exigió hace tres años la instauración de una suerte de foro de diálogo permanente entre ambos países. La institucionalización del G20 permite integrar este cara-a-cara en un marco más amplio que salva la faz de los capitalistas europeos al mismo tiempo que permite principalmente a Brasil y a la India gritar victoria. Es en desmedro de los países europeos que se hará la modificación de los derechos de voto al FMI. El problema que se plantea para los asalariados y la juventud de Europa es si deben dejarse llevar o no por la decadencia social que acompañará más fuertemente la caída del capitalismo europeo.

 

Para el resto, la reunión de Pittsburg muestra que las posiciones del capital financiero6 , convertido en sector dominante al centro del capital a partir de los años 1978-1982, siguen siendo fuertes. La ayuda masiva entregada a los bancos y a los fondos de inversiones en septiembre-octubre 2008 traduce ya la fuerza social y política de los accionistas-propietarios de bancos y empresas, de administradores de fondos y dirigentes industriales pagados en stock-opciones. El éxito de la salvada les permitió preservar su dominación. La adopción por parte del G20 de nuevas “reglas” estadounidenses y de propuestas un poco más “coactivas” de Alemania y de Francia en materia de remuneración de traders, es la expresión más simbólica. Los paraísos fiscales salen indemnes. Apenas un 5% firmaron acuerdos de cooperación. Y estos no los comprometen mucho puesto que los bancos y los fondos especulativos no quedarán impedidos de hacer operaciones marcadas por el fraude y la evasión fiscal. La publicidad en torno a las cuentas de la Unión de bancos suizos (UBS) no debe ocultar el hecho de que incluso para Suiza el secreto bancario permanece prácticamente intocable.

 

Detrás de la estabilización obtenida gracias a la salvada de los bancos y a los planes de relanzamiento, probablemente se ocultan, sobre todo en las profundidades del sistema financiero, elementos susceptibles de provocar nuevos momentos de aguda crisis. Pero parece probable que el bloqueo exitoso del proceso de transformación de la recesión en profunda depresión, abra el camino a un largo período de crecimiento mundial “blando” con tasas promedio débiles o extremadamente débiles. El último informe del FMI estaba hecho de investigaciones históricas por el staff de Fondos relativos a los efectos de la crisis económicas y financieras de las cuatro últimas décadas7 . Ha habido indudables excepciones, como la del krack del Nasdaq del 2001 o la creación masiva del crédito hipotecario por Alan Greenpan que rápidamente relazó la economía estadounidense. Pero el estudio retrospectivo muestra que en promedio, siete años después del estallido de las crisis estudiadas, el nivel del PIB era un 10% inferior al que habría podido llegar sin la crisis. Tratándose de la crisis actual, el FMI nos dice que “las proyecciones actuales de la producción a mediano plazo son efectivamente muy inferiores a las de antes de la crisis, lo que las inscribe en una lógica de pérdida permanente de producción potencial. La inversión ya ha retrocedido claramente, sobre todo en los países tocados por las crisis financieras e inmobiliarias. El alza de tasas de capital físico puesto al revés, por el hecho que las empresas han quebrado o se reestructuran, reducen los stocks de capitales efectivos. Además, la cesantía debería permanecer alta a mediano plazo en varios países avanzados. En la zona euro, por ejemplo, la tasa de cesantía debería ser cercana a un 12% en 2010 y solo disminuir progresivamente a 9% en 2014. Contrariamente, en Estados Unidos, donde el mercado del trabajo es más flexible, la cesantía debería caer de un alza de aproximadamente 10% en 2010 a 5% en 2014”8 .  

 

 

Hacia una superposición entre los efectos de la crisis económica y los del cambio climático

 

Los resortes de la acumulación de los diez últimos años se rompieron: un endeudamiento masivo de los hogares y el caso de Estados Unidos, del Reino Unido y de numerosos países del “modelo anglosajón”, una especulación inmobiliaria desatada, que deja tras ella a Estados Unidos, pero también a países como España o Irlanda un elevado stock de viviendas vacías; una acumulación industrial mutada en el plano mundial sobre todo por inversiones en Asia del este y del sur-este dirigidas a la exportación. Semana tras semana, las principales publicaciones financieras de Nueva York y de Londres se inquietan por la capacidad y la voluntad de los dirigentes chinos de hacer como si la demanda de consumo interior aumenta. Pero eso supondría la instauración del derecho de organización sindical y la legalización de las huelgas, cuyo cuestionamiento a la vez del monopolio político del PCC y el nivel de ganancia que la nueva oligarquía capitalista considera como “normal”. En los países industrializados las medidas de “relanzamiento” reposan en un endeudamiento muy alto de todos los gobiernos. Su dilema es saber en que momento podrán hacer soportar el peso a los asalariados sobre los que pesa la fiscalidad, sin debilitar el consumo. En los países más pobres, los graves problemas alimenticios provocados por las políticas agrícolas y comerciales implementadas desde hace veinte años por la OMC y el Banco mundial y agravados por la especulación financiera, fusionan como en África del este con los primeros impactos mayores del cambio climático.

 

Por el momento, a casi ya dos años del comienzo de la crisis, lo que predomina completamente en los gobernantes es un pensamiento político dominado por el slogan thacheriano “there is no other system, there are no alternatives”. Es cierto en el plano económico. Pero es respecto a la cuestión ecológica que esta visión tiene consecuencias más dramáticas. En efecto, una de las formas de declinación del leimotiv “there is no alternative” atañe al modo de vida “occidental”, las formas de producción, de transporte y de consumo a muy alta intensidad en energía que el capitalismo ha proyectado mundialmente. Ellas serían constitutivas del “American way of life”, tal como lo declaró G.W. Bush durante su primer mandato. Ellas también serían las únicas formas de la modernidad, el único objetivo que China e India podrían fijarse. Los beneficiarios de este discurso son los grupos industriales comprometidos en la valorización del capital por la producción y la venta de energía, de automóviles y de camiones, de construcción de autopistas, etc. Ubicados balo la égida de financistas (en el enfoque pospuesto más arriba), estamos en presencia de un bloque industrial tan poderoso como el bloque militar-industrial estudiado clásicamente por la izquierda. Este tiene todo que perder en un “decrecimiento”. Bajo múltiples formas pesa ya y pesará siempre más sobre las negociaciones intergubernamentales cuya próxima etapa es la conferencia sobre el clima de Copenhague.

 

La hipótesis de la superposición creciente entre los efectos de una larga recesión económica mundial y los del cambio climático, debe ser entonces abordada seriamente. En este plano el interés del problema “ecológico” es el de la perennidad de ciertas condiciones “naturales” necesarias a la reproducción social que dependen de la biósfera y de los numerosos ecosistemas cuya gran fragilidad conocemos hoy en día (corrientes marinas, glaciales, bosques primarios, etc.). La cuestión ecológica es inmediatamente “social” en ese sentido básico y radical en un número creciente de partes del mundo9 . Los efectos del cambio climático son ya desastrosos para los habitantes autóctonos del Ártico, de Groenlandia, del Himalaya y de ciertas partes de los Andes, para los pastores del Este africano o los insulares de los pequeños Estados del Pacífico (amenazados de inmersión)10 . Así el problema ecológico concierne a las bases mismas de la civilización por poco que esta sea comprendida como si fuese planetaria. El hecho de que por el momento sus efectos sociales se manifiesten de manera desigual y diferenciada en el espacio mundial, plantea grandes dificultades políticas. En los países del centro del sistema capitalista mundial la amenaza parece aun lejana y por tanto abstracta para la enorme mayoría de los responsables sindicales como para la mayor parte de los asalariados. Eso también vale para muchos militantes anticapitalistas. Muy a menudo lo que más hay es una escucha dedicada de las explicaciones sobre los estrechos lazos que existen entre la “cuestión social” y la “cuestión ecológica”.

 

De ahí la extrema importancia que se haya levantado en el mundo francófono con Isabelle Stengers, la voz de una filósofa comprometida que alega para que se produzca lo antes posible una ruptura radical en el pensamiento de la emancipación11 . Una ruptura que se ha vuelto indispensable para la entrada de la humanidad en un nuevo período de la historia de la barbarie capitalista, la de catástrofes ecológicas y de sus consecuencias en términos de clase. Estas quedaron plenamente a descubierto cuando el huracán Katrina desoló Nueva Orleans. La importancia de la toma de decisión de Stengers, me llevó a contribuir para darla a conocer12 . Su libro nos dice la autora, está dirigido a “quienes nunca se han sometido a las evidencias del primer período de esta historia y para los cuales esta productora de explotación, de guerras, de desigualdades sociales cada vez más crecientes, define ya la barbarie” (p. 18). Estos militantes y estos resistentes deben desde ahora agregar a las amenazas específicas de la barbarie que nacen del hecho que diversas manifestaciones, tan graves socialmente unas como otras, que son resultado del cambio climático, se producirán en un contexto marcado de punta a cabo por las relaciones de clases capitalistas.  “Nada, dice Isabelle Stengers, es tan difícil como aceptar la necesidad de complicar una lucha ya tan incierta, cuando se enfrenta con un adversario capaz de obtener ganancia de cualquier debilidad, de cualquier buena voluntad ingenua”. El objeto de este libro es “hacer sentir que sería por lo menos desastroso rechazar esta necesidad”.

 

La perspectiva de tener que enfrentar la superposición entre una crisis económica muy larga y las manifestaciones de la crisis climática es muy fuerte. Isabelle Stengers nos ayuda un poco a enfrentarla. Frente a un problema como este, nos dice, lo que importa es la capacidad de fabricar respuestas colectivamente. “Una respuesta no es reducible a la simple expresión de una convicción. Ella se fabrica” (p. 135). Esta es realmente la tarea. Se trata primero decir lo que es (“solo la verdad es revolucionaria”), luego de liberar la potencia de experimentación colectiva de los asalariados-ciudadanos, cualquiera sea la estructura (asociación, agrupación aun la mas informal o partido político) en la cual han elegido comprometerse. Es al menos una de las vías hacia la “fabricación de una convicción colectiva” en cuanto a la necesidad y la “factibilidad” de la emancipación en las condiciones del siglo XXI, sabiendo que la realización de este objetivo chocará inevitablemente, como en el pasado, con el problema de la propiedad y por lo tanto del poder político.

 

 

Bibliografía

 

Chesnais, François y Serfati, Claude (2003), «Les conditions physiques de la reproduction sociale» en Harribey, J-M. y Löwy, Michael (bajo dirección de), Capital contre nature, Actuel Marx Confrontation, Presses Universitaires de France, Paris.

 

FMI (2009), Perspectives de l’économie mondiale, versión resumida francesa, Washington D.C., octobre 2009.

 

Greenspan, Alan (2007), The Age of Turbulence: Adventures in a New World, The Penguin Press, New York, N.Y.

 

Groupe International de Travail pour les peuples autochtones (2009), Changements climatiques et peuples autochtones, L’Harmatan, Paris.

 

IMF (2009), World Economic Outlook, Washington D.C., October 2009.

Marx, Karl (1980). Manuscrits de 1857-58, Editions Sociales, Paris.

 

Marx, Karl (1974), Le Capital, livre I, Editions Sociales, Paris.

 

Séminaire d’Etudes Marxistes (2006), La finance capitaliste, Collection Actuel Marx Confrontations, Presses Universitaires de France, Paris.

 

Stengers, Isabelle (2009), Au temps des catastrophes. Résister à la barbarie qui vient, Editions Les Isabelle mpêcheurs de penser en rond/La Découverte, Paris.

 

 

Notas

 

 *

 

 1 Marx, Manuscrits de 1857-58, Editions Sociales, Paris, 1980, vouúmen I, p. 273.

 

 2 Marx, Le Capital, livre I, Editions sociales, t.1, pp. 156-157.

 

 3 En septiembre 2008, China tenía todavía  préstamos en curso con dos gigantes estadounidenses del refinanciamiento de créditos hipotecarios, Fannie Mae et Freddie Mac, de unos 395,9 miles 

De distintas maneras que pueden ser vistas como las “caras opuestas de la misma medalla”, la crisis económica y financiera ha sido abordada por los anticapitalistas de una manera bastante “objetivista”. Algunos han visto “el fin del neoliberalismo” para luego quedarse en un análisis de una crisis que representaría una suerte de pequeño obstáculo, por cierto grave, en el funcionamiento de un sistema económico que sin embargo, tiene vocación de estar “regulado”. Bajo esta visión, el capitalismo podría encontrar nuevamente después de “x” tiempo, con la ayuda de otro “modelo” fundado en la financiarización, las condiciones para una regulación susceptible de asegurar un crecimiento más o menos “equilibrado”. Otros, por el contrario, han propuesto interpretaciones cuya influencia, leve todavía, podemos percibir en la idea de que se trataría por último de aquella “crisis final del capitalismo” tan esperada. Producida en los años 1930 por los teóricos del Komitern durante la fase “ultraizquierda”, en donde la social-democracia era “un peligro más serio que el nazismo”, la crisis ha dejado huellas en el movimiento revolucionario, incluso en aquellos que han combatido al estalinismo toda su vida. Pero ha sido tan grave que ha conseguido alimentar reacciones que subestiman la gravedad de los verdaderos momentos de ruptura.

 

Respecto a la crisis en curso, mi posición es la siguiente. Claramente hemos tenido que enfrentarnos a una crisis de gran importancia. Al mismo tiempo a la crisis de un régimen de acumulación de dominancia financiera y de condiciones históricas transitorias que aseguraron a los Estados Unidos una hegemonía sin reparto. La crisis tiene como sustrato una elevada sobreacumulación del capital y una fuerte sobreproducción. El unificado nivel de análisis realmente pertinente es mundial. En determinados países, algunos sectores (como el inmobiliario y la construcción en Estados Unidos, en el Reino Unido y en España) o en algunas industrias (la automovilística en los países constructores tradicionales), están en sobrecapacidad al mismo tiempo de manera visible y como consecuencia de políticas nacionales. En otros países, la sobreacumulación y la sobreproducción existen por rebote (la máquina herramienta alemana por ejemplo). Estas sobrecapacidades están al mismo tiempo al centro de la crisis y al centro de la lucha entre el capital y el trabajo. Estamos en un punto todavía inicial en el desarrollo de lo que será un proceso mundial que se desarrolla con muchos accidentes durante años. El momento actual de “retoma económica” (recovery) que tanto exhibe el personal político y los grandes medios y cuya función es el estrecho control de la “opinión publica”, no anuncia para nada el fin de la crisis que se abrió en forma de crisis financiera en julio-agosto 2007 y que se transformó un año después en recesión mundial. Evidentemente, es imposible prever en cuantos años y en que configuración mundial la larga crisis podría terminarse. En cambio, es posible y necesario presentar, porque hay suficientes elementos para hacerlo, un enfoque para la comprensión del capitalismo, un poco distinto al que domina en los anticapitalistas. A mi modo de ver, muchas cosas que han marcado el desarrollo de la crisis desde septiembre 2008, tienen el valor de advertencia política. 

 

 

El capitalismo tal como lo comprendo hoy en día

 

La comprensión del capitalismo supone primero caracterizarlo correctamente. El capitalismo no es simplemente un sistema desigual e injusto, un sistema marcado por disfuncionamientos, puesto que reposa en la propiedad privada y en una apropiación masiva de trabajo no pagado que adquiere principalmente la forma de una plusvalía que nace en la empresa capitalista. No se puede analizar tranquilamente las leyes de desarrollo y estudiar las contradicciones “a distancia”, con un “objetivismo” económico que haga lo mismo que los economistas neoclásicos. El movimiento del capitalismo está ordenado por una potencia social particular, es decir, una gigantesca acumulación de dinero convertido en “capital” o que aspira a serlo. Esta potencia social tiene dos particularidades. Primero la de autonomizarse frente a la sociedad, alzarse frente a ella, a medida que se refuerza gracias a largas fases de acumulación ininterrumpidas (como la que se inició durante la Segunda guerra mundial). Y después, la de ser incapaz de concebir que su expansión pueda tener algún límite.

 

Cada generación, pero también cada militante-investigador, dice Marx, de vez en cuando, tanto por el hecho de la evolución histórica como de su propia experiencia. Hoy en día, el Marx que me influencia es el que escribe en los Manuscritos de 1857-58 que “el capital, en tanto representa la forma universal de la riqueza – el dinero-, es la tendencia sin término y sin medida para superar su propio límite”. O incluso en palabras del Capital, que refiere a una “circulación del dinero como capital (que) posee su objetivo en sí misma; pues no es sino por ese movimiento siempre renovado que el valor continúa a hacerse valer. El movimiento del capital entonces no tiene límite. Es en tanto representante, como soporte consciente de ese movimiento que el poseedor de dinero deviene capitalista. Su persona, o mas bien su bolsillo es el punto de partida del dinero y su punto de regreso. El contenido objetivo de la circulación A-M-A’, es decir la plusvalía que cría el valor, tal es su fin subjetivo, íntimo. Es solo en tanto que la apropiación siempre creciente de la riqueza abstracta es el único motivo determinante de sus operaciones, que funciona como capitalista, o, si se quiere, como capital personificado, dotado de consciencia y de voluntad”. Estamos entonces enfrentados a un sistema que incluso cuando está confrontado a la sobreacumulación y a la sobre producción, a una situación donde la masa de plusvalía producida por las empresas no puede ser realizada, no por ello deja de manifestar su ilimitada sed de plusvalía. Los obstáculos encontrados no hacen sino exacerbarla. Es lo que nos enseña la crisis ecológica. Nos enfrentamos a una potencia social autonomizada que ya no puede más, de manera consustancial, aceptar los límites impuestos por un mundo terminado, de los recursos en vía de rarefacción que habrá que planificar respecto a su uso en el plano mundial, una biósfera que ha demostrado ser de una extrema fragilidad. Los que gobiernan, los dirigentes de grandes bancos de inversiones, las sociedades transnacionales y el alto personal político son los “representantes, los soportes conscientes de ese movimiento sin límite”. Se comprende por qué, al menos por el momento, en el plano de las emisiones de gas con efecto invernadero responsables del cambio climático, las advertencias de los científicos solo han logrado medidas de pura fachada destinadas a calmar a una parte de la población de los países ricos que han comenzado a tomar consciencia de la situación, sin vincularla al problema del capitalismo como tal.

 

Se trata posteriormente de comprender que el capitalismo es también un sistema de dominación social. En la cima de ese sistema de dominación se ubican las oligarquías capitalistas y burocrático-capitalistas, ellas mismas jerarquizadas en el plano mundial. Estas se han volcado enteramente hacia la preservación y el crecimiento de la riqueza que a la vez es razón de ser y centro de la dominación. No hay necesidad de explicar a dichas oligarquías que “la historia de la sociedad hasta nuestros días solo ha sido la historia de la lucha de clases”. Para ellas, hay algo inscrito allí en los genes de la aplastante mayoría de cada uno de sus miembros. Hay momentos en que la característica del sistema de dominación social a preservar, es el que gana completamente. Por supuesto, es el caso de las revoluciones – revolución alemana de 1918, revolución de 1936 en España, Chile en 1973. Pero esta dimensión resurge también en graves tiempo de crisis económica y financiera. Ella provoca un activismo agudo de los dominantes en defensa del sistema económico. Las crisis económicas son vividas por las oligarquías como amenaza y como oportunidad. Las amenazas son las del debilitamiento en favor de una grave crisis de legitimidad del sistema y de la suya, pudiendo conducir hasta acciones más o menos intensas de contestación en una parte de los asalariados y de la juventud. Para cada oligarquía “nacional” particular, también está la amenaza de ver a tal o cual rival reforzar sus posiciones en su desmedro. Las oportunidades son inversas: posibilidad acrecentada, en el momento en que la crisis golpea a asalariados y oprimidos por sorpresa; momento en que se hace más fácil para la competencia inter-capitalista, para los “ganadores” en potencia el llenar de posiciones a sus rivales.

 

 

Golpear contra los explotados, encontrar las condiciones de una vuelta a la “normalidad”

 

Durante el último año de reflejo de reproducción de la dominación surgieron dos líneas de conducta complementarias. Aprovechar la ocasión ofrecida de golpear nuevamente contra los asalariados y los explotados. Y encontrar las condiciones de regreso a la “normalidad” lo más rápidamente posible. Para unos esta “normalidad” debe ser la del statu quo ante. Para otros, este regreso a las condiciones de crecimiento “normal” solo puede hacerse sobre la base de una configuración nueva de la que serán beneficiarios.

 

El estallido de la crisis financiera en julio-agosto 2007 ya ha llegado a los círculos dirigentes mundiales –y al Partido comunista chino (PCC)- muy ampliamente y en ciertos casos totalmente por sorpresa. Porque no la vieron llegar. Una vez la crisis financiera comenzada, esperaron mucho tiempo antes de medir la gravedad. Para convencerse les bastó con abrir el libro de Alan Greenspan. Los financistas operaban con la ayuda de modelos que prácticamente excluían las posibilidades de una crisis. Los círculos políticos dirigentes de la oligarquía mundial vivían en un estado de quietud fundada en la idea de que el “comunismo” había sido derrotado, los asalariados plenamente integrados y sometidos al sistema en calidad de “consumidores” y el mercado reinstalado en su plena función auto reguladora. Después hubo un período de doce a trece meses entre el comienzo de la crisis financiera y la quiebra del 15 de septiembre 2008 del banco de inversiones Lehman Brothers. La crisis financiera ha sido considerada como seria, pero todavía controlable por medio de recursos, ciertamente intensivos, de instrumentos de intervención “normales” de los Banco centrales y los gobiernos. La idea de una socialización completa (por medio del impuesto) de las pérdidas de las instituciones financieras que hubieran hecho operaciones de alto riesgo, tuvo todavía resistencias aunque éstas fueron disminuyendo. La salvada del banco Bear Sterns en marzo de 2008 fue nuevamente organizada sobre la base de un “reparto público-privado”. La decisión de dejar a Lehman Brother quebrar, fue considerada como emanada de un riesgo limitado.

 

Todo cambió a partir de la semana del 15 de septiembre. En esta se vio como en tres días se puso en pie el Plan Paulson y la redacción del proyecto de ley necesario para la autorización por el Congreso de su puesta en obra. Al comienzo se trataba de asegurar a cualquier precio la salvación de bancos muy grandes y sin embargo responsables del comienzo de la crisis y permitirles comprar a los más pequeños. Conducidos por Gordon Brown, los principales países europeos actuaron exactamente de la misma manera. Entre fines de septiembre 2008 y marzo-abril 2009 sumas cada vez mas colosales fueron inyectadas por la Fed y el Tesoro como por gobiernos europeos. Fue necesario rápidamente preguntarse sobre su monto como sobre la frecuencia de las intervenciones. Pasado el momento crítico de fines de septiembre, donde el objetivo era evitar la caída del sistema financiero, se hizo evidente que el monto de las sumas concernidas y los mecanismos puestos a funcionar por  las autoridades monetarias apuntaban menos a regresar al crédito (tema central del discurso oficial) que a la limitación del monto de las pérdidas de ganancia estrujadas por las instituciones financieras portadoras de capital ficticio y luego la implementación de medidas que preparan la vuelta de la ganancialidad. La principal de todas es un nivel de tasas de préstamo de las Bancas centrales a las instituciones financieras cercana a cero en Estados Unidos y en el Reino Unido y muy bajo en la zona euro.

 

La salvada de los bancos permitió la acentuación de la guerra de clase por parte del capital. Aquí yo hablaré sobre todo del caso de Francia. Estamos frente a una organización muy programada de la cesantía, de la sobreexplotación en lugares de trabajo y donde uno de los efectos ha sido una multiplicación de los suicidios en el trabajo (sería mas justo hablar de asesinatos), de fuerte agravación del peso de la fiscalidad sobre los salariados y de aceleración del movimiento de privatización del sector público (el Coreo, los hospitales públicos, los servicios municipales). La sobreacumulación en la filial automovilística ya la hemos mencionado antes. Los grandes fabricantes europeos de neumáticos (Michelin, Continental, Goodyear) eligieron deslocalizar hacia India y China, provocando cientos de despidos. En el caso de los constructores que acumularon retrasos frente al alza de los productores asiáticos, la vía de deslocalización está cerrada. A fines de permitirles proceder a la destrucción de sus capacidades excedentarias, los gobiernos les entregaron ayudas directas muy importantes (el caso de general Motors y de Chrysler en Estados Unidos, de Renault y de Peugeot en Francia, de Volkswagen y de Opel en Alemania, etc.). Los cierres y los despidos se hacen en las mejores condiciones posibles para los accionistas, es decir no renovando los contratos de los trabajadores temporeros en las fábricas de ensamblaje (sin finiquitos a pagar) y golpeando a los fabricantes de equipos eléctricos o electrónicos de la industria (Valéo, Heuliez) y especialmente los pequeños y medianos subcontratados especializados (Reiter, Fauricia, Molex). Los planes de despidos, generalmente importantes, se han multiplicado en las filiales de grupos extranjeros (Caterpillar, Sony, Philips, etc.). Aquí la recesión mundial solo ha conseguido acelerar la implementación de proyectos ya preparados. La crisis ha dado a los grupos industriales transnacionales, una razón de redespliegue de sus actividades hacia otros países y continentes.

 

En Francia los trabajadores enfrentan un desafío de cesantía masiva de un tipo que no habían conocido desde hace tres cuartos de siglo. Se enfrentaron en condiciones inéditas a una internalización muy avanzada de la producción industrial. Para ellos es prácticamente imposible concebir soluciones de autogestión a la manera argentina. Las respuestas solo podían ser europeas. Los trabajadores están conscientes. Durante el tiempo que sentirán que no han tenido respuesta, aun poco claras frente a esta situación, no llevarán la acción más allá de las formas circunscritas en el contenido y la duración. Es ahí que se sitúa uno de los principales intereses políticos del momento actual. Sobre todo cuando las confederaciones sindicales y la mayor parte de los sindicatos que se reúnen han acentuado siempre mas su cooperación con los patrones y su integración al Estado. A instancias de los partidos socialdemócratas o socialistas, desde hace años que llaman a la clase obrera a no pensar en otra cosa que en una “adaptación” al estado de cosas, y en este caso a la mundialización surgida de la liberalización y de la desreglamentación y a las nuevas formas de explotación provenientes del encuentro entre los políticos neoliberales y las potencialidades para el capital de tecnologías de la información. En Francia, un primer salto de gran importancia simbólica ha sido la adhesión de la CGT a la Confederación sindical europea (CES), que es un mecanismo de las instituciones de la Unión europea. Un segundo fue la aceptación de todas las confederaciones a la invitación hecha por Nicolás Sarkozy de reunirse con él incluso antes de que asumiera oficialmente. En cada movilización, en cada combate, los asalariados se encuentran confrontados a intervenciones sindicales que paran el movimiento, que entregan la iniciativa al Estado y a los patrones cada vez que los trabajadores comienzan a disputarla. Tratándose de Francia, esta ha sido por ejemplo la experiencia de las dos grandes jornadas de acción y de manifestación de enero y de marzo 2009.

 

 

El intento de regreso lo más cerca posible del statu quo ante

 

El ejemplo de Francia puede declinarse en las particularidades propias de cada país en todas partes del mundo. El capital ha reforzado sus posiciones en la lucha de clases, mientras que paralelamente la salvada de los bancos, la ayuda entregada a los grandes grupos industriales y especialmente las inversiones efectivas masivas de China en infraestructuras ferroviarias y ruteras, han creado la base que permite al personal político y a los medios anunciar el “fin de la recesión”. Es en este contexto que el G20 de Pittsburg se ha mantenido con una agenda de ensayo de regreso lo más cercana posible al statu quo ante.

 

El principal elemento a retener es el anuncio de la desaparición definitiva del G8 en provecho del G20. Hay allí un reconocimiento del lugar que ahora ocupa China e India, así como para las grandes economías proveedoras de materia básica, con Brasil a la cabeza, en la configuración económica-política del sistema capitalista mundial. La elevada dependencia de Estados Unidos frente a China en el plano financiero para el financiamiento del déficit público y el plan comercial para el aprovisionamiento en bienes manufactureros poco complejos, exigió hace tres años la instauración de una suerte de foro de diálogo permanente entre ambos países. La institucionalización del G20 permite integrar este cara-a-cara en un marco más amplio que salva la faz de los capitalistas europeos al mismo tiempo que permite principalmente a Brasil y a la India gritar victoria. Es en desmedro de los países europeos que se hará la modificación de los derechos de voto al FMI. El problema que se plantea para los asalariados y la juventud de Europa es si deben dejarse llevar o no por la decadencia social que acompañará más fuertemente la caída del capitalismo europeo.

 

Para el resto, la reunión de Pittsburg muestra que las posiciones del capital financiero, convertido en sector dominante al centro del capital a partir de los años 1978-1982, siguen siendo fuertes. La ayuda masiva entregada a los bancos y a los fondos de inversiones en septiembre-octubre 2008 traduce ya la fuerza social y política de los accionistas-propietarios de bancos y empresas, de administradores de fondos y dirigentes industriales pagados en stock-opciones. El éxito de la salvada les permitió preservar su dominación. La adopción por parte del G20 de nuevas “reglas” estadounidenses y de propuestas un poco más “coactivas” de Alemania y de Francia en materia de remuneración de traders, es la expresión más simbólica. Los paraísos fiscales salen indemnes. Apenas un 5% firmaron acuerdos de cooperación. Y estos no los comprometen mucho puesto que los bancos y los fondos especulativos no quedarán impedidos de hacer operaciones marcadas por el fraude y la evasión fiscal. La publicidad en torno a las cuentas de la Unión de bancos suizos (UBS) no debe ocultar el hecho de que incluso para Suiza el secreto bancario permanece prácticamente intocable.

 

Detrás de la estabilización obtenida gracias a la salvada de los bancos y a los planes de relanzamiento, probablemente se ocultan, sobre todo en las profundidades del sistema financiero, elementos susceptibles de provocar nuevos momentos de aguda crisis. Pero parece probable que el bloqueo exitoso del proceso de transformación de la recesión en profunda depresión, abra el camino a un largo período de crecimiento mundial “blando” con tasas promedio débiles o extremadamente débiles. El último informe del FMI estaba hecho de investigaciones históricas por el staff de Fondos relativos a los efectos de la crisis económicas y financieras de las cuatro últimas décadas. Ha habido indudables excepciones, como la del krack del Nasdaq del 2001 o la creación masiva del crédito hipotecario por Alan Greenpan que rápidamente relazó la economía estadounidense. Pero el estudio retrospectivo muestra que en promedio, siete años después del estallido de las crisis estudiadas, el nivel del PIB era un 10% inferior al que habría podido llegar sin la crisis. Tratándose de la crisis actual, el FMI nos dice que “las proyecciones actuales de la producción a mediano plazo son efectivamente muy inferiores a las de antes de la crisis, lo que las inscribe en una lógica de pérdida permanente de producción potencial. La inversión ya ha retrocedido claramente, sobre todo en los países tocados por las crisis financieras e inmobiliarias. El alza de tasas de capital físico puesto al revés, por el hecho que las empresas han quebrado o se reestructuran, reducen los stocks de capitales efectivos. Además, la cesantía debería permanecer alta a mediano plazo en varios países avanzados. En la zona euro, por ejemplo, la tasa de cesantía debería ser cercana a un 12% en 2010 y solo disminuir progresivamente a 9% en 2014. Contrariamente, en Estados Unidos, donde el mercado del trabajo es más flexible, la cesantía debería caer de un alza de aproximadamente 10% en 2010 a 5% en 2014”.  

 

 

Hacia una superposición entre los efectos de la crisis económica y los del cambio climático

 

Los resortes de la acumulación de los diez últimos años se rompieron: un endeudamiento masivo de los hogares y el caso de Estados Unidos, del Reino Unido y de numerosos países del “modelo anglosajón”, una especulación inmobiliaria desatada, que deja tras ella a Estados Unidos, pero también a países como España o Irlanda un elevado stock de viviendas vacías; una acumulación industrial mutada en el plano mundial sobre todo por inversiones en Asia del este y del sur-este dirigidas a la exportación. Semana tras semana, las principales publicaciones financieras de Nueva York y de Londres se inquietan por la capacidad y la voluntad de los dirigentes chinos de hacer como si la demanda de consumo interior aumenta. Pero eso supondría la instauración del derecho de organización sindical y la legalización de las huelgas, cuyo cuestionamiento a la vez del monopolio político del PCC y el nivel de ganancia que la nueva oligarquía capitalista considera como “normal”. En los países industrializados las medidas de “relanzamiento” reposan en un endeudamiento muy alto de todos los gobiernos. Su dilema es saber en que momento podrán hacer soportar el peso a los asalariados sobre los que pesa la fiscalidad, sin debilitar el consumo. En los países más pobres, los graves problemas alimenticios provocados por las políticas agrícolas y comerciales implementadas desde hace veinte años por la OMC y el Banco mundial y agravados por la especulación financiera, fusionan como en África del este con los primeros impactos mayores del cambio climático.

 

Por el momento, a casi ya dos años del comienzo de la crisis, lo que predomina completamente en los gobernantes es un pensamiento político dominado por el slogan thacheriano “there is no other system, there are no alternatives”. Es cierto en el plano económico. Pero es respecto a la cuestión ecológica que esta visión tiene consecuencias más dramáticas. En efecto, una de las formas de declinación del leimotiv “there is no alternative” atañe al modo de vida “occidental”, las formas de producción, de transporte y de consumo a muy alta intensidad en energía que el capitalismo ha proyectado mundialmente. Ellas serían constitutivas del “American way of life”, tal como lo declaró G.W. Bush durante su primer mandato. Ellas también serían las únicas formas de la modernidad, el único objetivo que China e India podrían fijarse. Los beneficiarios de este discurso son los grupos industriales comprometidos en la valorización del capital por la producción y la venta de energía, de automóviles y de camiones, de construcción de autopistas, etc. Ubicados balo la égida de financistas (en el enfoque pospuesto más arriba), estamos en presencia de un bloque industrial tan poderoso como el bloque militar-industrial estudiado clásicamente por la izquierda. Este tiene todo que perder en un “decrecimiento”. Bajo múltiples formas pesa ya y pesará siempre más sobre las negociaciones intergubernamentales cuya próxima etapa es la conferencia sobre el clima de Copenhague.

 

La hipótesis de la superposición creciente entre los efectos de una larga recesión económica mundial y los del cambio climático, debe ser entonces abordada seriamente. En este plano el interés del problema “ecológico” es el de la perennidad de ciertas condiciones “naturales” necesarias a la reproducción social que dependen de la biósfera y de los numerosos ecosistemas cuya gran fragilidad conocemos hoy en día (corrientes marinas, glaciales, bosques primarios, etc.). La cuestión ecológica es inmediatamente “social” en ese sentido básico y radical en un número creciente de partes del mundo. Los efectos del cambio climático son ya desastrosos para los habitantes autóctonos del Ártico, de Groenlandia, del Himalaya y de ciertas partes de los Andes, para los pastores del Este africano o los insulares de los pequeños Estados del Pacífico (amenazados de inmersión)10 . Así el problema ecológico concierne a las bases mismas de la civilización por poco que esta sea comprendida como si fuese planetaria. El hecho de que por el momento sus efectos sociales se manifiesten de manera desigual y diferenciada en el espacio mundial, plantea grandes dificultades políticas. En los países del centro del sistema capitalista mundial la amenaza parece aun lejana y por tanto abstracta para la enorme mayoría de los responsables sindicales como para la mayor parte de los asalariados. Eso también vale para muchos militantes anticapitalistas. Muy a menudo lo que más hay es una escucha dedicada de las explicaciones sobre los estrechos lazos que existen entre la “cuestión social” y la “cuestión ecológica”.

 

De ahí la extrema importancia que se haya levantado en el mundo francófono con Isabelle Stengers, la voz de una filósofa comprometida que alega para que se produzca lo antes posible una ruptura radical en el pensamiento de la emancipación11 . Una ruptura que se ha vuelto indispensable para la entrada de la humanidad en un nuevo período de la historia de la barbarie capitalista, la de catástrofes ecológicas y de sus consecuencias en términos de clase. Estas quedaron plenamente a descubierto cuando el huracán Katrina desoló Nueva Orleans. La importancia de la toma de decisión de Stengers, me llevó a contribuir para darla a conocer12 . Su libro nos dice la autora, está dirigido a “quienes nunca se han sometido a las evidencias del primer período de esta historia y para los cuales esta productora de explotación, de guerras, de desigualdades sociales cada vez más crecientes, define ya la barbarie” (p. 18). Estos militantes y estos resistentes deben desde ahora agregar a las amenazas específicas de la barbarie que nacen del hecho que diversas manifestaciones, tan graves socialmente unas como otras, que son resultado del cambio climático, se producirán en un contexto marcado de punta a cabo por las relaciones de clases capitalistas.  “Nada, dice Isabelle Stengers, es tan difícil como aceptar la necesidad de complicar una lucha ya tan incierta, cuando se enfrenta con un adversario capaz de obtener ganancia de cualquier debilidad, de cualquier buena voluntad ingenua”. El objeto de este libro es “hacer sentir que sería por lo menos desastroso rechazar esta necesidad”.

 

La perspectiva de tener que enfrentar la superposición entre una crisis económica muy larga y las manifestaciones de la crisis climática es muy fuerte. Isabelle Stengers nos ayuda un poco a enfrentarla. Frente a un problema como este, nos dice, lo que importa es la capacidad de fabricar respuestas colectivamente. “Una respuesta no es reducible a la simple expresión de una convicción. Ella se fabrica” (p. 135). Esta es realmente la tarea. Se trata primero decir lo que es (“solo la verdad es revolucionaria”), luego de liberar la potencia de experimentación colectiva de los asalariados-ciudadanos, cualquiera sea la estructura (asociación, agrupación aun la mas informal o partido político) en la cual han elegido comprometerse. Es al menos una de las vías hacia la “fabricación de una convicción colectiva” en cuanto a la necesidad y la “factibilidad” de la emancipación en las condiciones del siglo XXI, sabiendo que la realización de este objetivo chocará inevitablemente, como en el pasado, con el problema de la propiedad y por lo tanto del poder político.

 

 

Bibliografía

 

Chesnais, François y Serfati, Claude (2003), «Les conditions physiques de la reproduction sociale» en Harribey, J-M. y Löwy, Michael (bajo dirección de), Capital contre nature, Actuel Marx Confrontation, Presses Universitaires de France, Paris.

 

FMI (2009), Perspectives de l’économie mondiale, versión resumida francesa, Washington D.C., octobre 2009.

 

Greenspan, Alan (2007), The Age of Turbulence: Adventures in a New World, The Penguin Press, New York, N.Y.

 

Groupe International de Travail pour les peuples autochtones (2009), Changements climatiques et peuples autochtones, L’Harmatan, Paris.

 

IMF (2009), World Economic Outlook, Washington D.C., October 2009.

Marx, Karl (1980). Manuscrits de 1857-58, Editions Sociales, Paris.

 

Marx, Karl (1974), Le Capital, livre I, Editions Sociales, Paris.

 

Séminaire d’Etudes Marxistes (2006), La finance capitaliste, Collection Actuel Marx Confrontations, Presses Universitaires de France, Paris.

 

Stengers, Isabelle (2009), Au temps des catastrophes. Résister à la barbarie qui vient, Editions Les Isabelle mpêcheurs de penser en rond/La Découverte, Paris.

 

 

Notas

 

 *

 

 1 Marx, Manuscrits de 1857-58, Editions Sociales, Paris, 1980, vouúmen I, p. 273.

 

 2 Marx, Le Capital, livre I, Editions sociales, t.1, pp. 156-157.

 

 3 En septiembre 2008, China tenía todavía  préstamos en curso con dos gigantes estadounidenses del refinanciamiento de créditos hipotecarios, Fannie Mae et Freddie Mac, de unos 395,9 miles

Un comentario

  1. En conclusion: que el trabajador seguira siendo pobre o mas pobre, el mercado financiero ira a su bola y el gobierno a ver como se las arregla para meterle mas dinero al trabajador para luego quitarle mas dinero del que le ha dao con los impuesto para darselo al mercado financiero cada vez que este hace aguas.
    Y los capitalistas viendo desde sus sillones como pasa esta crisis que no es con ellos, en su paraisos fiscales, donde la sociedad, mas que la oligarquia capitalista, esperando que todo esto vuelva a lo de antes «a la normalidad».
    Resumiendo TODO EL MUNDO INTENTA QUE TODO SIGA IGUAL para amansar a la sociedad.El tiempo es sabio y no los dira.

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