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La batalla de lo formal la está ganando un tipo con coleta en mangas de camisa

Mario Ortega | Las mayores críticas al 15M se enconaron sobre el aspecto. Trataron de resumir las partes en un único todo que, por cierto, no era ni siquiera el modelo, estilo, más representativo.

La diversidad de edades, vestimentas, poses y looks de las gentes que tomaron las calles; la variedad de eslóganes sobre cartones reciclados, la pluralidad de causas de lucha, de discursos alternativos al de no hay más dios que dios y se llama mercado y nosotros somos sus apóstoles, se resumió en una metáfora visual. El 15M era para quienes habitaban (y habitan) los lujosos espacios del poder y el cuero de las berlinas una panda de “perroflautas.” A partir de ahí ya se podía decir cualquier cosa, acusar de cualquier delito y anular con el ruido de la infamia el carácter discursivo y democrático de aquel fantástico movimiento.

Desde el 20D, los ataques a Podemos se centran, no solo en desplazarlo de los espacios de decisión (p. e. la composición cuantitativamente no representativa de la mesa del congreso), sino en desplazarlo de los espacios de visibilidad.

El pelo, la vestimenta, los gestos diferentes se convierten en motivo de escarnio. Eso paso en la sesión constitutiva de las Cortes Generales. La casta, volvamos a usar este apropiado, para el caso, término, vio ese día el enorme espacio de protagonismo y representación simbólica que había perdido. La cara de Rajo al ver pasar al diputado canario con peinado rasta lo dice todo, los piojos de Celia Villalobos también.

Cuando Pablo Iglesias usó su legítimo derecho a hacer una propuesta de gobierno, con unos objetivos muy claros, toda posición de rechazo partió de un ataque a lo formal. Que si soberbia, que si humillación, que si a destiempo, que si en sede real, que si ya pidiendo sillones, que si tal o que si cual, que si insensata o que sin previo aviso. O que si jajaja se pide la Vicepresidencia, Interior, Defensa, Justicia y Exteriores.

Esto sí que dolió, de hecho descabezó a Rajoy de la posibilidad de presidir un futuro gobierno, algo que no había conseguido ninguna de las grandes tramas de corrupción que tiene a su partido con varias retahílas de sus cargos y excargos pendientes de la policía, la guardia civil y los tribunales.

Lo último ha sido la decisión alevosa de la mesa del Congreso de desplazar las posiciones de las y los diputados de Podemos a la parte alta del hemiciclo. La imagen del resultado de esta decisión es tan elocuente que, como ha dicho Errejón, es imposible ocultar su carácter rencoroso o pueril.

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No es ninguna tontería, se trata de esconder a Podemos para asimilarlo a una pretendida marginalidad simbólica. No se han dado cuenta, su soberbia cognitiva es tan ciega, que el sólo hecho de que 69 representantes de todos los pueblos de España hayan entrado en el congreso liderados por un tipo con coleta en mangas de camisa, con más de cinco millones de votos, representa un cambio formal tan grande que cada vez que arremeten contra las formas variadas de Podemos consolidan las posiciones políticas del cambio.

Ganar la batalla de lo formal, normalizar en las instituciones y en los espacios de representación política la diversidad que en la calle se ve hace mucho tiempo como normal, es un indicador de esperanza.

Las formas son el fondo, demos la batalla para hacerlas visibles, es la mejor manera de demostrar que nos ha gobernado una minoría que viste, se peina, habla y posa con uniforme de casta.

@marioortega

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