
Rafa Rodríguez
La Asamblea General de las Naciones Unidas y la Semana del Clima de Nueva York[1], que se celebran del 20 al 27 de septiembre de 2026, adquieren una importancia que va más allá de sus acuerdos concretos.
Durante los últimos años se ha extendido una concepción nacional-populista de la política basada en el repliegue, la confrontación y el miedo.
Frente a la incertidumbre económica, las migraciones, las guerras, el cambio climático o las transformaciones tecnológicas, esta corriente propone convertir cada país en una especie de fortaleza: cerrar fronteras, proteger unilateralmente los recursos nacionales y considerar a los demás Estados como competidores o amenazas. La cooperación se presenta como una pérdida de soberanía y las instituciones internacionales como obstáculos para la libertad de actuación de los gobiernos.
Este discurso ha proporcionado importantes réditos electorales a la extrema derecha, al mismo tiempo que ha contribuido al deterioro de las democracias. El miedo facilita la concentración del poder, la búsqueda de enemigos internos y externos, el debilitamiento de los controles institucionales y la restricción de derechos.
El último informe de IDEA Internacional sobre el estado mundial de la democracia confirma[2] la continuidad del retroceso democrático: se debilitan el Estado de derecho, la independencia judicial, la libertad de prensa, la integridad electoral y los espacios de participación ciudadana. No se trata únicamente de que hayan aumentado las dictaduras, sino de que prácticas autoritarias y discursos excluyentes están penetrando también en democracias consolidadas.
Sin embargo, comienza a percibirse una reacción frente a esta dinámica. Todavía no puede hablarse de un cambio de ciclo plenamente consolidado, pero sí de una conciencia creciente: los principales problemas contemporáneos no pueden resolverse desde Estados encerrados en sí mismos. En un mundo interdependiente, la capacidad efectiva de proteger a la ciudadanía depende cada vez más de la existencia de normas, instituciones y mecanismos de cooperación internacional.
La inteligencia artificial está contribuyendo, paradójicamente, a hacer visible esta necesidad. La competición entre Estados y grandes empresas por desarrollar sistemas cada vez más potentes amenaza con generar una carrera sin controles, semejante a la carrera de armas nucleares.
Ningún país puede regular por sí solo modelos desarrollados simultáneamente en distintas jurisdicciones, utilizados a través de las fronteras y capaces de afectar a la seguridad, la información, el empleo, la privacidad y los procesos electorales de todo el planeta. Sin regulación internacional el desarrollo vertiginoso de la IA deja amplios espacios sin control e incentiva que empresas y capitales se desplazaran hacia los territorios con menores exigencias.
Las advertencias sobre los peligros de la inteligencia artificial están favoreciendo la demanda de estándares internacionales compartidos, sistemas de evaluación y supervisión, obligaciones comunes de transparencia y mecanismos capaces de impedir sus usos más peligrosos. La tecnología que ha acelerado la rivalidad entre potencias, sobre todo entre EE.UU. y China, está demostrando, al mismo tiempo, los límites de esa rivalidad y la necesidad de gobernar conjuntamente los riesgos globales.
La reunión prevista del Consejo de Seguridad sobre inteligencia artificial durante la Asamblea General constituye una muestra de que la gobernanza tecnológica está dejando de considerarse una cuestión meramente empresarial o nacional para convertirse en un asunto de seguridad internacional. Como acaba de señalar António Guterres, “la cooperación internacional es más necesaria que nunca»”.
La misma conclusión puede aplicarse a la paz. La proliferación de conflictos y los crímenes de guerra cometidos durante los últimos años muestran las consecuencias del debilitamiento del orden multilateral. Cuando se impone la lógica de la fuerza y cada Estado pretende garantizar unilateralmente su seguridad, aumenta la inseguridad de todos. La paz exige instituciones capaces de prevenir los conflictos, hacer cumplir el derecho internacional, proteger a la población civil y perseguir las violaciones más graves de los derechos humanos. La alternativa al multilateralismo no es una soberanía más segura, sino un mundo en el que los países más poderosos pueden imponer sus intereses sin reglas ni límites.
El aumento desbocado de la emergencia climática desmiente radicalmente la idea del Estado fortaleza. Las emisiones generadas en un territorio producen sequías, inundaciones, incendios y desplazamientos humanos en otros lugares. Ninguna frontera puede detener el calentamiento global. La transición energética requiere acuerdos sobre reducción de emisiones, abandono de los combustibles fósiles, financiación, transferencia tecnológica y apoyo a los países que sufren con mayor intensidad una crisis que apenas han contribuido a provocar. Iniciativas como el proyecto de Tratado de No Proliferación de Combustibles Fósiles representan precisamente el intento de sustituir la competencia por unos recursos limitados por una gestión internacional, ordenada y justa de su progresiva eliminación.
La cooperación resulta igualmente imprescindible para defender los derechos humanos frente al avance de las dictaduras y de movimientos de extrema derecha que cuestionan su carácter universal. Si cada gobierno puede decidir qué derechos reconoce y a quiénes considera merecedores de ellos, los derechos dejan de ser universales para convertirse en concesiones revocables del poder. Algo semejante sucede con los derechos de las mujeres. ONU Mujeres viene advirtiendo de una ofensiva internacional contra la igualdad, que se traduce en retrocesos legislativos, violencia, exclusión política y reducción de los recursos destinados a las políticas de género. Estos movimientos están conectados entre sí y, por tanto, su respuesta también debe articularse internacionalmente.
La pobreza y la desigualdad completan este cuadro. La concentración de la riqueza, el endeudamiento de los países más vulnerables y la competencia fiscal dificultan que los Estados actúen aisladamente. La creación de un Panel Internacional sobre la Desigualdad, promovido por España, Brasil, Sudáfrica y Noruega y respaldado por más de 1.500 especialistas, muestra que también en este terreno empieza a abrirse paso una respuesta cooperativa inspirada en el modelo científico utilizado contra el cambio climático.
La coincidencia en Nueva York durante la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Semana del Clima de Nueva York de dirigentes políticos, organismos internacionales, empresas, científicos y organizaciones sociales puede convertir estas reuniones en un escaparate de la disputa entre dos modelos de orden mundial. De un lado, el nacionalismo competitivo de los Estados fortaleza; de otro, la reconstrucción de un multilateralismo capaz de gobernar riesgos compartidos.
La Asamblea General ofrece la oportunidad de situar en una misma agenda cuestiones que con frecuencia se presentan de manera separada: paz, inteligencia artificial, democracia, derechos humanos, igualdad, pobreza y cambio climático. Todas ellas comparten una misma raíz política: la insuficiencia de las respuestas exclusivamente nacionales.
Por su parte, la Semana del Clima puede trasladar esa cooperación desde las declaraciones generales hacia alianzas prácticas entre gobiernos, ciudades, empresas y sociedad civil, conectando las decisiones públicas con la transformación de la energía, la industria, el transporte y las finanzas.
No podemos, sin embargo, confundir una oportunidad con un cambio ya realizado. Las tendencias nacionalistas siguen siendo poderosas, las instituciones multilaterales atraviesan una profunda crisis y las grandes potencias continúan anteponiendo sus intereses inmediatos a los intereses generales. Pero la acumulación de amenazas está haciendo cada vez más evidente que la política de las fortalezas no protege realmente a nadie. Ni la inteligencia artificial, ni las guerras, ni el clima, ni las desigualdades pueden gobernarse mediante muros.
La importancia de las reuniones de Nueva York reside, por tanto, en que pueden contribuir a transformar esa evidencia en voluntad política. El mundo necesita pasar de una cooperación defensiva y ocasional a una cooperación estable, democrática y dotada de instituciones eficaces. El verdadero cambio de tendencia no consistirá simplemente en recuperar el multilateralismo anterior, sino en construir uno nuevo: más representativo, más vinculante y capaz de proteger los bienes comunes de la humanidad. Frente a una política alimentada por el miedo, la cooperación internacional puede convertirse nuevamente en un proyecto de seguridad, justicia y esperanza compartida.
NOTAS
[1] https://www.climateweeknyc.org
[2] https://interactive.idea.int/gsod-2025
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