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Granada 1013

murallas ziríes

José Luis Serrano, publicado en revista Garnata. 02.09.2010-

1. Granada entre el milenario y el milenio.

Milenio es un periodo de mil años y, en una de sus acepciones, milenario es el milésimo aniversario de algo. Que una unidad política cumpla mil años no es tan raro en esta parte del mundo. Lo insólito es el milenario. Es decir la disposición a celebrar el milésimo aniversario. En noviembre de 2007, el presidente Chaves anunció la conmemoración del milenio del reino de Granada para el año 2013. El milenario implicará políticas públicas, planes y programas, proyectos y acciones en obras públicas e infraestructuras. Bienvenidos sean y falta que hacen. Pero además de todo esto, la propuesta del presidente Chaves, recogida y revitalizada ahora por el gobierno de Griñán, abre una oportunidad histórica para Granada: por primera vez en la historia de la ciudad, los granadinos conmemoraremos nuestro pasado sin exclusiones. Ninguno de los vivos estábamos aquí hace mil años y, sin embargo, a todos nos concierne lo que ocurrió entonces. Al conmemorar el milenario —queramos o no— los granadinos encontraremos algunas de nuestras matrices identitarias, lo que nos separa y nos une al resto de los andaluces, lo que de verdad somos. Así que no sólo produciremos parques y trenes, sino que produciremos también identidad, es decir, capital simbólico. Algo, dicho sea de paso, cada vez más valioso en la era de la globalización.
Lo fundacional atrae al mito y cuanto más remota es la fundación más fácil es recurrir a Hércules. Sin embargo, esta vez, los granadinos celebraremos nuestro aniversario en un siglo en el que el desencantamiento del mundo parece ya irreversible. Difícil será que alguien pueda sostener lo que sostenía, por ejemplo, Bermúdez de Pedraza en el siglo XVI: que nuestro primer rey fue Hércules Egipciano, el segundo Habis, el tercero Betis y el cuarto Almanzor.
Esta es pues nuestra oportunidad identitaria. Los granadinos estamos de enhorabuena, pero… (Dejemos los peros para el final. Somos granadinos y a nuestra identidad pertenece poner pegas de entrada y tragarnos la alegría. Sólo un día al año, le clavamos las tijeras a un pero y lo ponemos al pie de la cruz de flores para así conjurar la malaf… Olvidemos la fea y manida palabra e imaginemos que es mayo).

2. Granada, hija de Córdoba.

Hablábamos antes de mitos fundacionales. Implican siempre la idea de creación. En nuestro caso podríamos comenzar así: “y un día del año 1013 se creó el reino de Granada”. Falso. Los reinos o las ciudades no se crean, sino que se diferencian y evolucionan. La primera ley de la termodinámica nos vale también cuando hablamos de historia que, como la energía, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. ¿Y de qué se diferenció Granada? A pocas preguntas podemos dar una respuesta histórica tan clara: de Córdoba. Como la niña que al nacer se diferencia de su madre a la que sin embargo, tanto se parece, así Granada no es Córdoba, pero sin Córdoba no se entiende. Si lo dejáramos así dicho sustituiríamos a Hércules por Córdoba e incurriríamos en el mito. Así que introduzcamos el tiempo histórico: hablamos de la Córdoba del año mil.
Diremos sólo cuatro cosas y de manera telegráfica sobre aquella Córdoba de nuestros orígenes: la primera es que era por entonces la mayor ciudad del mundo. En el último censo ordenado por Almanzor, se contaron 1.366.850 almas, 213.070 viviendas de pobres y más de sesenta mil de ricos, distribuidas entre la alcazaba central y los veintiún arrabales situados extramuros.
Córdoba era, en segundo lugar, el corazón de Al Ándalus y Al Ándalus (del griego Atlántida) la unidad política sucesora (no invasora) de la Hispania romana, del reino godo de Toledo y, sobre todo, de la Spania bizantina.
En tercer lugar, la Córdoba de la que hablamos es medieval, pero no feudal. Tan importante es recordar que estamos en la Edad Media, como saber que el modo de producción andalusí está muy lejos del feudalismo. Las prácticas comerciales, las inversiones y reinversiones, el desarrollo de los contratos, la cobertura de los riesgos y el sistema monetario habían generado una acumulación de riquezas sin precedentes en la historia. Córdoba fue el centro de un mercado de dimensiones tales que no volvieron a darse hasta bien avanzada la modernidad.
Y no en último lugar, subrayaremos que en la Córdoba del año 1000 no había tres culturas (musulmana, cristiana y judía). Al Ándalus, en general, es una cultura y tres religiones. De otra manera que quien lea la historia de aquellos días con el binomio musulmán/infiel se equivoca. No porque no hubiera musulmanes, judíos y cristianos, sino porque entonces como ahora era más relevante ser rico o pobre.
Tres eran las clases sociales de Al Ándalus: la jassa o nobleza, la clase media y la ‘amma, el pueblo. Había musulmanes ricos y pobres, había judíos de la jassa o de la ‘amma y había cristianos de las tres clases. Así que van nueve protagonistas sociales y eso sin contar que ahora podríamos dividir cada uno de los nueve cuadros en muchos más, porque había, por ejemplo, una jassa militar y otra urbana, porque las clases medias se pueden dividir en muchas, porque había cristianos romanos (trinitarios) y había cristianos arrianos, donatistas o priscilianistas. Por si fuera poco había dos lenguas la árabe y la romance, muchas etnias (algunas inventadas)… Resumamos diciendo que Córdoba, matriz de Granada, era grande, andalusí, rica y muy compleja. Y añadamos ya el otro dato relevante (la otra madre) de Granada: la guerra civil.

3. Granada, hija de la fitná.

Empezó en 1009. La revuelta inicial fue un alzamiento del pueblo contra la dictadura amirí. Una junta de gobierno constituida por diez hombres del pueblo —artesanos, carniceros, basureros y carboneros— proclamó califa a Muhammad ben Abd al-Yabbar, conocido desde entonces por El Mahdí. Era de sangre omeya, pero era el califa de la ‘amma. Abderramán Sanchuelo, el segundo hijo de Almanzor, que había emprendido una desastrosa campaña de invierno contra el reino de León no pudo volver por su pie a Córdoba. Fue ejecutado en el camino y su cadáver entró atravesado en un asno, desnudo y bocabajo. Al Zahira, la ciudad resplandeciente de Almanzor, fue arrasada.
Así que la guerra comenzó como lucha de pobres contra ricos, de oprimidos contra poderosos. Sin embargo, pronto otros dos bandos o taifas se definieron con claridad: la de los andalusíes y la de los bereberes. Eso confundió todos los pareceres, porque había andalusíes ricos y andalusíes pobres. Había bereberes ricos y bereberes pobres. Por si fuera poco, muladíes y cristianos eran andalusíes. Los eslavos podían ser cristianos o muladíes, pero sobre todo eran mercenarios, y aquí aparecían en un bando y allí en el otro. Los judíos no estaban de ninguna de las dos partes: su reino nunca fue de este mundo. Pero había judíos ricos y había judíos pobres. Judíos en la taifa de los andalusíes y judíos en la taifa de los bereberes…
De manera que en pocos años lo único cierto de la guerra fue el terror de la guerra. El país entero era recorrido por ejércitos menores que a veces ocupaban ciudades o fortalezas, que a veces combatían entre sí o se aliaban, y que por donde pasaban iban reclutando soldados a la fuerza, sin preguntar por su etnia, religión o condición. A veces un general eslavo mandaba una tropa bereber, y otras un oficial andalusí comandaba una patrulla de sudaneses y cristianos. Las clases medias suspendieron la actividad comercial, escondieron el dinero y esperaron noticias de los viajantes más intrépidos que cuando llegaban a los zocos disertaban sobre los diversos modos de saber a qué bando pertenecía cada patrulla desperdigada, cada ciudad o cada cora. El país más próspero del mundo se empobreció hasta la miseria. Y el pobrerío urbano, que contaba con los trabajadores más esforzados y meticulosos, con las mujeres más inteligentes y activas, con la cultura más alegre y luminosa, y que creía haber puesto un califa inaugural de una nueva era de la historia, pronto comprendió que su destino eran las levas arbitrarias de los poderosos, los latigazos del hambre y la miseria, y el padecimiento en carne propia de los horrores de una guerra cruel y confusa que había de durarnos veintiún años.

4 La taifa de Granada.

Más seguros que nunca de la superioridad de sus estirpes inventadas, los miembros de la jassa comenzaron a repartirse o a disputarse territorios y riquezas, a constituir o destruir reinos y a construir palacios como los de Córdoba hasta en las aldeas más recónditas de la nación. Hasta treinta y ocho reinos de taifas se han llegado a contar. La unidad política omeya se destruyó. Los detractores del cantonalismo y los amantes del centralismo entonan aquí la elegía de Al Ándalus, el principio del fin, han llegado a decir. Y los autores de aquel tiempo o se lamentan de la caída del califato (Ibn Hazm) o se alegran del nacimiento de su taifa, pero nadie defendió entonces el sistema de taifas. Sin embargo, aunque parezca paradójico y para desconsuelo de jacobinos antiautonomistas de todos los tiempos, el siglo de las taifas es el más fecundo de la historia andalusí. Curioso —como dice González Ferrín— que nadie se lamente de que Florencia o Venecia fuesen ciudades-estado en el Renacimiento y que, sin embargo se entonen cánticos luctuosos al hablar del siglo XI, el siglo del esplendor de Al Ándalus, en expresión que dio título a la imprescindible obra de Henri Pères. El caso es que —lejos del mito otra vez— el siglo XI es el siglo del esplendor, el siglo de las ciudades y el siglo de Granada…
En el año 1013 cuando por fin entendieron que los acontecimientos de Córdoba no eran algaradas populares, sino una irreversible guerra civil, los patricios de la cora de Elvira decidieron reforzar la protección militar del territorio con algún contingente de mercenarios. Pero ese acuerdo previo entre los notables de la provincia no fue fácil de alcanzar: la capital, Medina Elvira a dos leguas de la actual Granada, estaba habitada por muladíes, es decir, musulmanes recientes y poco arabizados. Entre ellos había ricos y pobres. Los musulmanes viejos, que se llamaban a sí mismos árabes y hacían descender sus estirpes del mismísimo Profeta, habitaban en las alquerías de la vega, en las antiguas villae romanas. Eran más ricos, más religiosos y más sumisos a los dictámenes de Córdoba. Los ulemas eran hijos de los ricos de las alquerías de la vega, pero vivían en la ciudad de Elvira en conflicto permanente con los muladíes. Los judíos vivían aislados en Ger Anat, pero también eran ricos o pobres, aunque siempre más sabios: los mejores tejeros, los mejores sederos, los mejores comerciantes. Los cristianos mantenían sus obispos (Abd al-Malik ibn Hassan, se llama el último del que tenemos noticias allá por 941), sus ermitas y sus iglesias. Pero había cristianos arrianos que se llamaban a sí mismos católicos y se fusionaban sin violencia con los musulmanes. Había trinitarios que se llamaban a sí mismos romanos y que sobrevivían a duras penas, acusados siempre de politeístas por sus vecinos. Muchos de estos se marcharon a Bardulia, comarca del norte de Burgos y, según hipótesis verosímil de García Duarte, se llevaron allí el nombre de Castilia —ciudad de la cora de Elvira— y la lengua hispano-andaluza que hoy se llama castellano.
Así que los habitantes de la cora Elvira estaban pues divididos, sobre todo por la clase social a la que pertenecían, pero también por la etnia y la religión. El día de antes de la llegada de los ziríes tenemos entre otras cosas un obispo llamado Abd-al-Malik, una Castilla de fundación andalusí, aborígenes que se hacen llamar árabes, conversos que inventan genealogías y, sobre todo una guerra civil.
Situada sobre un mar subterráneo de aguas calientes, la capital siempre fue tierra de santos, ermitaños y juristas, pero tal vez por eso también era inhabitable. Los años del emirato de Córdoba se habían ido en guerras civiles y los del califato en recuerdos amargos de las guerras civiles. El cruce de clases y religiones con odios enrevesados de clan había producido un clima de rencor. La ciudad tenía la atmósfera y el murmullo sordo de un monasterio ingobernable, y estaba en reformas permanentes que la vaciaban de símbolos de sus múltiples pasados. Cada elvirense —cuenta Abdalá en sus memorias— se construía su baño para no tener que compartir espacio con los vecinos. Y de haber podido, añadimos nosotros, se habrían construido su mezquita, o sinagoga o iglesia.
Sólo tenían algo en común: todos ellos eran malos guerreros. De nuevo según Abdalá, los elvirenses eran indisciplinados, individualistas, elocuentes, contestarios, disidentes y necesitaban pagar un ejército mercenario que los salvara de ellos mismos.

5 Zawi fundator.

Así que el acuerdo de tantos y tan dispares fue difícil, pero al fin se alcanzó. Una delegación compuesta por un miembro de cada una de las grandes familias se desplazó a Córdoba y habló con quién había que hablar: con el general más poderoso. El que en mayo había tomado Córdoba, el que había arrasado Medina Azahara: Zawi ibn Zirí ibn Manad Nacido en Achir, en las montañas del Titteri, en el país al que hoy da nombre la ciudad de Argel, fundada por su hermano. De familia guerrera, a su padre, Zirí, le habían cortado la cabeza cuando él apenas había cumplido los trece años. A los veinte, ya era comandante del ejército que extendió los dominios del califa fatimí hasta Damasco. Por aquellos años de su juventud, renunció dos veces al emirato de Ifriquiya y después, alcanzados los cuarenta, se trasladó a Al Ándalus como general mercenario de un formidable ejército beréber. Había servido bajo las banderas del califa Hisham II, vio morir al gran Almanzor y a su hijo Abdelmalic Amir, y en aquellos días había hecho una tarea que la teología reservaba a Allah: había puesto un califa.
Podemos imaginar que la comisión negociadora de Elvira le ofreció tierras y poder. Muchas villas y alquerías a cambio de su traslado a nuestra región. O podemos imaginar que fue él quien eligió nuestra región como botín en el reparto del califato. Sólo sabemos que a la altura del verano de 1013, los ziríes entran en la cora de Elvira, acampan junto a la capital y, según tradición bereber, sortean entre ellos sus principales plazas. Jaén e Iznájar cayeron en manos de Habús, sobrino de Zawi y su sucesor. Elvira y Almuñécar en manos de Zawi.
Y sabemos también que al poco de llegar, Zawi tomó una decisión que nos cambió la historia: ordenó desmontar casa por casa la ciudad de Elvira para refundarla dos leguas más acá, justo enfrente o al lado de Ger Anat o Garnata al Yahud. Al principio todos pensaron que se trataba del mero traslado militar de una alcazaba a otra, pero pronto se dieron cuenta de la envergadura de la determinación: era el traslado de la capital de una unidad política que ya no era curia dependiente de Roma, Bizancio, Toledo o Córdoba, sino reino de Granada.
Zawi eligió como emplazamiento de su palacio, de la alcazaba y de la nueva ciudad una colina áspera, sin habitantes, ni cultivos, presidida en lo más alto por un castro en ruinas de los tiempos tartesios. Delante se extendía la vega: una bella llanura surcada de arroyos y cubierta de árboles. A un lado, la colina de La Sabika y Ger Anat, detrás el monte. Los oficiales de Zawi, guerreros de las montañas, se dieron cuenta de su posición central en relación con el resto del país, y aprobaron el emplazamiento porque permitía eludir los cercos y mantener el aprovisionamiento.
Una muchedumbre de albañiles y peones comenzó entonces a bordear la colina con una muralla de tapial y zócalo de piedra. Demolieron lo que quedaba del viejo castro tartésico y alzaron en su lugar una torre dos veces más alta para que desde ella pudiera verse la sierra de Elvira y la antigua ciudad. Desde esa torre, la muralla bajaba hasta una puerta que pronto se dio en llamar de Monaita o de las banderolas, porque allí se exhibían las azules de zenetes y ziríes y las verdes con cinturón de plata de los andaluces. En esta puerta, que todavía sigue en pie, el cercado de muralla giraba hacia el sur y, a media ladera, sobre el camino de Elvira se acercaba sin alcanzar al río Dauro. Al otro lado del río, muy cerca, brillaba la pequeña alcazaba de torres bermejas que protegían y explicaban a Ger Anat, Garnata al Yahud o Granada, la judía.

§6 La fuente de las lágrimas

El lugar sólo tenía un problema: el abastecimiento de agua. Las villas y los castros que siempre hubo en esa colina podían abastecerse desde el río Dauro, pero una ciudad no. Todo lo ideado por Zawi sería una quimera si no había agua. El río Dauro pasaba demasiado abajo. Elevar el agua hasta allí, desde la vieja coracha, sería costoso y aún así no estaría garantizado el suministro. Por otro lado, nunca se había encontrado agua subterránea en esa colina y era inútil excavar pozos. De manera que la única solución era encontrar un manantial que estuviera a una altura superior y, desde allí transportar el agua por acequia. Y, en efecto, remota, por encima del valle del río Dauro, a una legua al noroeste, estaba la Fuente de las Lágrimas, Aynadamar en la lengua árabe.
En el verano del año 1014, un centenar de peones, oficiales y alarifes de obra fueron contratados a destajo para construir primero un azud que contuviera las aguas y después un canal de mampostería con partidores que las llevara sin acueductos hasta la nueva ciudad. Al mismo tiempo comenzó la construcción de varios aljibes para recibirla y distribuirla.
Los judíos de Ger Anat la conocían, los labradores de las alquerías cercanas también. Para llegar a ella había que seguir el camino de Elvira y no el de Guadix, abandonarlo a la altura de una alquería llamada Jundenia y tomar la dirección de otra llamada de los alfares o Alfacar. Por encima de esa alquería, en la sierra de la Alfaguara, se encontraba la fuente. En aquel manantial de lágrimas estaba el germen de la ciudad futura, la que ahora conmemorará su milésimo aniversario.
Dejaremos que salga ahora el ‘pero’ al que le clavamos la tijera al principio de este articulo: pero no es nada fácil conmemorar todo esto. Estamos cansados: tenemos mil años.

Un comentario

  1. No se que pensar. Parece mitología, pero creo que contiene bastantes argumentos verosímiles, sobre todo uno que es cierto: la ciudad tiene mil años.
    En todo caso es hermoso, casi poético, rememorar la história tal como lo haces.

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