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HACERSE MUJER I

Por Laura Frost

Todas conocemos la famosa cita de Simone de Beauvoir, “Una mujer no nace, se hace”. Es, quizás, la cita que constituye el esqueleto del imaginario colectivo del feminismo. Yo creo que nos hacemos mujeres a base da dar manotazos en la oscuridad. Siento que nos vamos construyendo en base a la herencia de otras mujeres, al reflejo (en ocasiones, marchito) de otras tantas, a lo que hemos entendido por amistad, por amor, por obligación. Las curvas que nos dan forma, incluida la sonrisa — de la mía, en concreto, alguien dijo una vez que era la más hermosa de todas mis curvas—, no dejan de ser un territorio colonizado por aquello que no nos pertenece. Como hijas, como madres, como amigas, como amantes, como esposas nos sentimos tantas veces sometidas a una dictadura que nos venía enraizada desde la cuna, a unas leyes que no queríamos asumir, condenadas a una ejecución diaria de actos, conductas y duelos que nos venían impuestos. Creo que no nos dan los días para comprender todo esto en profundidad y menos aún, para repensar en lo vivido. Llegados al ecuador de nuestras vidas, eso con suerte, no sabemos qué me deparará el futuro, pareciera que andamos naciendo de nuevo. A ver si en esta nueva vida, una vez reconstruidas esas piezas de jarrón roto, nos sale la cosa algo mejor. Nos levantamos cada mañana a ver si nos entendemos un poco mejor con el mundo y con el cuerpo, que tiene senos y unos genitales de mujer. Andamos buscando las fórmulas que nos ayuden a construir la mujer que deseamos ser, no la que se entiende que deberíamos ser. En algún momento, elegimos ser madres, venga, vamos a soltarlo: “la maternidad está sobrevalorada”. Y empezarán a caer chuzos de punta, que es lo que ocurre cuando se rasca sobre la superficie de las cosas. Yo quiero hablar de eso, sacarlo fuera y compartirlo, y me importa un comino la polémica, o no, que pueda generar. Es demasiado soberbio pensar que las palabras de una señora de pueblo vayan a crear polémica alguna, para eso hay que ser periodista, o escritora, o artista o una tonta del haba que sale en los programas estúpidos de televisión. No me considero ninguna de esas cosas, tonta del haba, menos. Muchas mujeres no disfrutan de sus embarazos, se sienten pesadas, soportando todas las patologías que puedan aparecer en cualquier manual que se precie. ¿Conocéis Qué Esperar Cuando Se Está Esperando? Pues ese mismo. Lloran, no entienden qué me estaba pasando, se siente mucho miedo por el feto, comen y engordan, llegando a odiar el propio cuerpo. Se tienen nauseas, cefaleas, labilidad emocional y se pierde la mayor parte del cabello. Te sientes fea, con las piernas hinchadas como dos columnas romanas, acabas odiando a tu marido, o compañero, o lo que sea que represente socialmente esa persona que responsabilizas sin saber muy bien porqué. Y nacieron los hijos o hijas, ese regalo. ¡Claro que es un regalo! Pero también es una tortura, su salud, su bienestar, su futuro. Es una prolongación de nosotras misma que no sabemos si somos capaces de gestionar, si tenemos las mujeres la obligación de gestionar. “Los hijos son para nosotras y para nosotras se quedan”, lo habremos escuchado mil veces, y lo peor es que es la pura verdad. Se convierten en los dueños de nuestro tiempo, de nuestra emocionalidad, de nuestras decisiones. El punto gravitatorio de nuestra existencia pasa de estar en nosotras para pasar a ser el eje que ellos marcan, así de simple. Y todo esto lo aprendemos en base al ensayo y al error, con más lágrimas que una plañidera, con el corazón encogido. Cómo me gusta ver a mí a esas madres que se sienten felices siendo solo madres, será la “mística de la feminidad del siglo XXI”, porque muchas mujeres no se sienten así, ojalá fuera así de simple. Y luego está la relación con los hijos, esa dimensión tan idealizada. ¡Ja, es que para que nos entre la risa! “Es que a mí me encantaría ser un referente, ver películas con mis hijos, hacer manualidades, magdalenas… que tengan ese recuerdo, un ejemplo”. Claro, eso es precioso, y la aurora boreal también lo es. Pero esos ratitos son los menos, esa es la anécdota, vamos a dejar de engañarnos. Lo que está en el sustrato es que nos vemos obligados a convertirlos en adultos, adultos sanos (el capital diría: ¡y productivos, no te olvides!). Y en esas te la pasas todo el día en las trincheras cubierta de barro. Negociando normas, cuidando, atendiendo colegios, transportes, extraescolares, comidas, ropa, lavadoras, órdenes, castigos, llantinas, malos rollos. Y estás cansada, jodida, muy sola. La maternidad es una cara del prisma de nuestro ser mujer, y no sé si, a muchas de nosotras, nos gusta ser madres en este mundo, dudamos si lo hacemos bien, nos asaltan muchas dudas, acabamos subvirtiéndonos a nosotras mismas. Y, por lo más sagrado, que no nos cuestionen el amor, que de amar sabemos algo. De la culpa también, que no vale para nada y debilita. Pero también es incuestionable que hemos llegado hasta aquí a base de zarpazos, de ilusiones rotas, de días eternos en los que no aparece una mano amiga. Dices: “Estoy embarazada” y empiezan a llover las felicitaciones, y la ilusión ajena y te crees que formas parte de un proyecto común, porque todos te reconocen en tu buen hacer, estás en el camino de proyectarte en el mundo. ¡Ay que joderse con esa matriz! Pero la realidad es que criamos solas, muy solas, con engranajes que tienen que sujetarse al milímetro para que no se derrumbe el chiringuito, este que nos hemos montado para creer que seremos más felices. ¿Nos reconocemos a nosotras mismas el tiempo que transcurre hasta que recuperamos nuestra sexualidad después de ser madres? ¿O es que nos vamos acomodando a ese sexo precario que, en ocasiones más de las que desearíamos, ofrecemos por obligación? Pues es devastador, que se sepa. Y castiga la línea de flotación de los días, de las relaciones. Y más manotazos en la oscuridad, y más pruebas de ensayo. Eso es ser madre, mujer, así nos vamos haciendo. A base de cicatrices. Masticando frustración. Nos cuesta tomarle el pulso a la vida, y acabamos no mirando hacia atrás, ni para coger impulso. Porque somos valientes, nadie que no lo sea podría colarse a diario el traje de ser feliz y tirar hacia adelante. No es cuestión de cederle terreno a la autocompasión, que para eso el psicosoma ya se las arregla bastante bien, pero no está mal reconocerse que cuesta amar según qué días. Amarnos a nosotras mismas, dar la talla en este proyecto inventado. Ser mujer es un desafío, como quién se adentra en los bosques de Canadá, por ejemplo. Canadá, qué bonito lugar, su presidente actual, Justine Trudeau, también se define como feminista. A mí me hacen gracia esas cosas, claro…

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