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Noche y niebla

Manuel Gregorio. Noche y Niebla. Andalucesdiario. 7/3/2014/

Como los lectores quizá sepan, Noche y niebla es, no sólo una película documental de Alain Resnais, sino el nombre de un decreto del Tercer Reich (Nach und Nebel, diciembre del 41), que facilitó la persecución y el exterminio de los opositores del régimen nazi. El propio título del decreto, de fuerte eco romántico, no oculta la naturaleza umbría y clandestina de tales operaciones. Y tampoco el ideal dramático, la vasta iconografía a la que se acoge. Envueltos por la oscuridad y la bruma, millares de almas se disolverán misteriosamente en la nada, como en un cuento de Hofmann. En 1955, sin embargo, Resnais escogerá el color para rodar su Nuit et brouillard. Y no sólo el color; sino su contraposición con el terrible y fidedigno blanco y negro que documentó las acciones del Reich Milenario.

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Pero el color, en Resnais, no es inocente.  Responde, por contra, a una precisa intención no declarada en el documental. Resnais utilizará el color para grabar los campos de exterminio a mediados de los cincuenta. Es decir, para mostrarnos los viejos campos del horror, ahora vacíos, cubiertos por una verde y apacible hierba. Cuando esta imagen colorida se contraponga a los documentos filmados en blanco y negro, la sensación de irrealidad, de ajenidad, de extrañeza, se habrá completado. Y la secuencia histórica que une el mismo lugar en diversos tiempos, se habrá quebrado imperceptiblemente. Por un lado, pues, el color, la vida, la dulce brisa de la campiña; por otro, la portentosa maquinaria científica que convierte a seres en blanco y negros(seres de un ayer remoto e inasible), en una ceniza. Esta serie alterna de imágenes viene conectada, no obstante, por la voz impersonal e irónica de un narrador, que imposta el tono desenfadado y neutro de un anuncio de refrescos. Nada de lo dicho por el narrador es falso; y tampoco las imágenes han sido adulteradas. Sin embargo, el resultado del documental es el de una brillante y formidable impostura. Con esa disposición de imágenes y voces, Resnais está mostrando al espectador la capacidad de seducción, de adulteración, de hipnosis, que poseen la televisión y el cine. Le han bastado una voz aséptica, profesional, que abre una distancia insalvable entre lo relatado y el relato, y el vigoroso verde de los antiguos campos de concentración, para obrar el milagro: la cruenta realidad filmada en blanco y negro no tiene -no puede tener- conexión con el hermoso colorido del presente. Se ha roto así el vínculo ineludible entre los hechos y sus actores. Se ha roto la cadena de la culpa. Y de aquella violencia, tan reciente, no queda sino una secuencia en claroscuro que envejece y posterga aún más, encapsulado en un pasado abstracto y pintoresco, aquello mismo que relata. Si el viejo Sherlock Holmes basaba toda su pericia en encontrar, en perseguir “el hilo rojo del asesinato” en el Londres victoriano, Resnais ha ejecutado ya, sin que el espectador lo advierta, la operación contraria.

No hace falta recurrir, como en la boutade de Évole sobre el 23-F, a una ingenua concatenación de bobadas. Digamos que Évole aún cree en la honradez, en la inocencia, en la función inocua de la cámara. Basta, por contra, con disponer los hechos, con ensamblar la verdad, de un modo distinto. El malicioso experimento de Resnais, accesible para cualquiera en Google, no admite dudas. Ahora que Resnais ha muerto, quizá convenga recordarlo.

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