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El insurrecto

Antonio Manuel

Me hice llamar El insurrecto como la última parte de la trilogía biográfica de Jules Vallès. El agitador de La Comuna de París. El autor del cartel rojo que hizo creer al pueblo francés en una república federal, democrática y social. Sus columnas y arengas aterrorizaron al régimen que cerró su periódico y lo encerró a él para taparle la boca. Perdió la revolución. Como es ley de vida. Y regresó del exilio, ya enfermo, para poner fin a la secuencia trágica que comenzó con El niño y El Bachiller. El insurrecto se publicó un año después de su entierro multitudinario, con la mitad de sus utopías incumplidas y la otra mitad por incumplir: “No sueño con el título de gran hombre, ni deseo ser inmortal después de mi muerte. ¡Sólo quiero vivir mientras viva!”

Para mí Jules Vallès representa la epifanía de la independencia y del compromiso del creador, junto a Miguel Hernández y Blas Infante. Claro que hay más. Anónimos en su mayoría. Pero yo los elegí como paradigmas éticos por la correspondencia lógica entre sus formas de vivir y morir. Los tres se dejaron el pellejo por los demás y a pesar de los demás. Los tres no pudieron evitar tener talento y hacer daño con él a los intereses creados. Y los tres murieron para no morir nunca de una manera indigna para su clase. Fusilados, enfermos o solos. Pero humildemente. Como vivieron.

La insurrección y la humildad duermen en la misma cama. Y ninguna de las dos en el Parlamento. Todos los socialistas votarán a favor de la futura Ley del Aborto. Y todos los populares votarán en contra. Y lo harán sometiéndose a las disciplinas de sus partidos y desacatando la de sus conciencias. Ya está bien de mezclar las ideologías políticas con la transversal religiosa que contamina a unos y otros. No habrá derecha moderna en este país mientras no se sacuda el tufo nacional-católico. Ni la izquierda será creíble mientras utilice estos argumentos para distanciarse de la derecha con la que comparte el mismo sistema de fondo. Unos y otros rechazan a sus insurrectos. No creen en la democracia. En la libertad de expresión. En la libertad de conciencia. Y por eso expulsan de sus filas a quienes actúan en contra de los dictados de sus dictadores. Con la complicidad de la prensa, por supuesto. Que llama situación de crisis a la que sufre el partido que permite a unos militantes cuestionar a otros.

Yo estoy a favor de esta ley. Y apruebo sin reservas la facultad concedida a las mujeres de 16 años para abortar solas. Porque es un derecho, no un deber. Y si no se lo dicen a sus padres, no será por culpa de la ley sino de ellos mismos. Pero entiendo a quienes desaprueban una norma que concede más garantías a la venta de una casa que a la muerte de un feto. Si es así, que levanten la mano no importa el partido en que militen. Sean insurrectos por una vez en sus vidas. Como un patio en Rey Heredia. Como una Casa en Sefarad. No tengan miedo por tener razón. Y pongan a prueba esta democracia estética demostrando que no aspiran a vivir a costa de los demás, ni temen morir fusilados, enfermos o solos.

Un comentario

  1. Estoy de acuerdo totalmente con lo que dices sobre el “dialogo de sordos que practican los partidos mayoritarios y que no beneficia a nadie.
    Tambien he de decir que la responsabilidad de la situación es de los ciudadanos que, de alguna manera, tenemos lo que queremos.

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