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Economía sumergida, desigualdad emergida

Antonio Aguilera Nieves | Me sorprende la campaña mediática emprendida en los últimos días contra la economía sumergida en España. Por supuesto que existen grupos de interés deseosos de lanzar esos dardos. Lo asombroso es que medios de comunicación les den cancha. Lo grave son los mensajes y notas de gente de a pie que he oído y leído en las últimas horas sumándose al linchamiento. Aunque vieja y manoseada sigue siendo eficaz la estrategia del divide y vencerás.

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No pretendo defender ni justificar a los defraudadores y tramposos. Jugar y operar en con barajas diferentes sólo perjudica a aquellos que son honrados y honestos. Caiga el peso de la ley con la máxima contundencia sobre los ladrones, burlones, estafadores y ilegales.

Lo que ocurre es que, en mi opinión, criminalizar al pequeño defraudador como si fuese el principal causante del deterioro de la economía primero y el bienestar social después, me parece, cuando menos, desproporcionado, inapropiado y también injusto. En esa acusación hay un trasfondo de otros de evitar la culpa y responsabilidad.

Merece la pena detenerse en las causas que han llevado a que en este país haya crecido la economía sumergida un 24,6% en los últimos años. Es importante valorar por qué hay muchos que han optado por engañar a la sociedad y se exponen a sanciones y penas de cárcel. Merece la pena ahondar en los motivos de esta situación yendo más allá del manido mito latino de la picaresca.

Porque es necesario que consideremos cómo la situación se ha deteriorado para una clase media que ha sido la que en años pasados ha motivado y empujado la prosperidad del país. Una clase media instruida, profesionalizada, ilustrada que ha visto que se ha quedado en el paro primero, luego sin prestación y que ahora tiene que recurrir a buscarse la vida arañando hasta el último euro, salvando una presión fiscal que no ha hecho sino crecer aumentando impuestos directos e indirectos como una rosca incesante sobre el asalariado, el profesional y la pequeña empresa.

Porque las pequeñas empresas, más del 95% de las que operan en este país, han visto como les suben el precio de las materias primas, le suben los impuestos y los costes sociales y sin embargo cada día es más difícil vender. El consumo de las familias ha bajado más del 12% en los últimos cinco años.

Porque numerosas grandes empresas que daban actividad a muchas otras industrias auxiliares y de servicio han cerrado o están envueltas en grandes eres, arrastrando con ellas hacia el desastre a otras tantas pymes que en realidad son familias.

Porque una clase media que consideraba que había iniciado un camino de prosperidad unidireccional está viendo como vuelve a pasar necesidad, no ya en caprichos, viajes o vacaciones sino en cuestiones básicas y diarias.

Porque lo que en realidad esta ocurriendo en este país es que la sociedad se está polarizando entre los ricos que lo son cada vez más y los pobres que cada día son unos cuantos más. Y lo está haciendo a un ritmo trepidante. Son más de 1,6 millones de familias las que hoy no tienen ningún tipo de ingresos en este país. La tasa de desempleo de larga duración se ha quintuplicado en los últimos años.

Entre ricos y pobres se está produciendo un hueco que puede convertirse en insalvable y motivo de un punto de inflexión grave. Se está produciendo un deslizamiento de las clases medias hacia abajo. La desigualdad está aumentando y se está yendo hacia una distribución bimodal de la población con un espacio vacío entre ricos y pobres que es un explosivo altamente inestable.

Según un informe de Intermon Oxfam, «La enorme y creciente concentración de ingresos y riqueza que están experimentando muchos países, incluida España supone una amenaza mundial para la construcción de sociedades estables e inclusivas por una razón muy simple: una distribución equilibrada de la riqueza desvirtúa las instituciones y debilita el contrato social entre las instituciones y el Estado”.

Lo que, a pesar de todo esto, en mi opinión, está haciendo que en España se mantenga La paz social es el colchón económico y de estabilidad mental que ofrecen las familias y amigos, la presencia de unos servicios públicos esenciales y la economía sumergida. Sin la acción analgésica de estos tres factores, haría ya bastante que el estallido social hubiese corrido como un explosivo destructivo.

La economía sumergida no es más, al fin y al cabo que un síntoma, una manifestación o salvavidas de algo que es mucho más corrosivo y dañino que es la desigualdad que se está produciendo a pasos agigantados y que puede llevarnos al desastre.

La desigualdad en un estado democrático acaba generando desafección por las instituciones, el descontento pasa a valorarse como injusticia y un sentimiento de injusticia generalizado es un caldo de cultivo nocivo para todos.

No matemos al mensajero de la economía sumergida y valoremos el espantoso problema de la desigualdad porque sigue aumentando y me preocupa profundamente no encontrar iniciativas desde el gobierno o la oposición encaminadas a atajarla. La clave no es la economía sumergida, son los esquemas y mecanismos de distribución de la riqueza sobre lo que hay que trabajar. Como diría un rancio general, la sociedad está en juego, evitemos que la destruyan.

 

 

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