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El siglo de las mujeres

Pilar González. Seis, las titanas eran seis: la mar, la inteligencia, la memoria, la justicia, la imaginación y la vida (Tetis, Phoebe, Mnemósine, Themis, Tea y Rea eran sus nombres). Eran seres de naturaleza divina, brillantes y primordiales. Más antiguas que los dioses olímpicos y tan poderosas como sus seis hermanos junto a quienes gobernaron durante la edad de oro de la Humanidad. Lo describe Hesíodo en Los trabajos y los días. Entonces el tiempo no tenía –aún- siglos, sino edades y en esas edades iba hilvanándose la historia.

De la edad de oro, la Arcadia feliz o el tiempo alado del comienzo, a la actual edad de hierro que es el tiempo de nuestra vida, media una larga y lenta decadencia. El elemento central de esa decadencia está íntimamente relacionado con el abandono de la justicia. Hesíodo lo escribió hace más de 2.600 años. Pero hemos vuelto a escucharlo en estos días en los gritos de las mujeres. Tal vez porque, como sostiene Antonio Manuel en Las llaves de la memoria de Jesús Armesto, en la garganta también reside la memoria.  Y las calles y plazas del mundo entero han visto hace muy poco riadas de mujeres que gritaban anticipando la primavera. Y han vuelto a verlas gritar en estos días en los que la naturaleza nos ha traído viento, barro del desierto, granizo, centellas y truenos de las nubes. La naturaleza es Rea, la vida. Y acompaña a las mujeres siempre. Siempre.

Y en los gritos más recientes subyace el mensaje del filósofo antiguo: cuando se abandona el derecho (Díke, hija de la justicia) y se cae en la desmesura (Hybris, hija de la oscuridad), lo justo se transforma en injusto. Y nace la discordia. El voto particular del magistrado González en la sentencia de la manada, es el más claro ejemplo de hybris que hemos visto en muchos, muchos, muchos años. La violación de cinco malnacidos a una cría en un sórdido portal, interpretada como jolgorio y regocijo o como abuso, ha despertado la furia de las titanas.

Pero entre esas titanas, también están la inteligencia y la justicia, por eso el grito de No es abuso, es violación, significa el nombre exacto de las cosas, tal como pidiera Juan Ramón Jiménez. Eso es lo que queremos las mujeres: el nombre exacto de las cosas.

De eso se trata: lo  han entendido desde la ONU y la UE, con sus reproches al tribunal de Navarra, hasta las monjas de Hondarribia cuya nota contiene toda la ternura de una caricia entre tanto horror. Lo han entendido los hinchas del Osasuna cuyas voces llevan los ecos de las madres que los parieron y de las mujeres que los quieren. Lo han entendido juezas, psicólogas, psiquiatras, periodistas, escritoras, amas de casa, estudiantes, paradas, peluqueras, fruteras, kellys, cuidadoras …. Lo ha gritado la sociedad indignada.

La sentencia de la manada es, paradójicamente, la sentencia del machismo. Tocqueville afirma que en el apogeo de su poder, el feudalismo no concitó tanto odio como en vísperas de su eclipse. Igual que el machismo, añado. Porque estamos ante el eclipse del machismo. Las titanas han dicho Basta. Sus hijas ya han sufrido bastante. Se acabó. Se terminó la supremacía del patriarcado y su tiempo de humillaciones, violencias, abusos, agresiones, menosprecios, ninguneos, silencios y sufrimiento de las mujeres. Ya no van a retroceder. No vamos a retroceder nunca más. Cada víctima, cada golpe, cada lágrima es un motivo. Un motivo más para la conjura de las mujeres. Para la alianza de las mujeres. Para el coraje de las mujeres dispuestas a cambiar la medida del tiempo y a estrenar su propia edad, su propio siglo.

Abre la puerta niña y dale paso a la luz.

De eso se trata. Pero no sólo de eso. La manada no es una causa sino un efecto de la edad de hierro, del tiempo del machismo. Por eso no es la coyuntura lo que las mujeres vamos a cambiar. Es la estructura. Es el eje. Es la medida del tiempo.

En 2008 los poderosos anunciaron que iban a reunirse para refundar el capitalismo sobre valores éticos. Dijeron que las heridas de la crisis serían duraderas. Han pasado diez años. La crisis ha terminado. El capitalismo no sólo no conoce los valores éticos sino que, a poco que nos descuidemos, nos refunda la Democracia sobre el único valor que conoce: la riqueza. Lo sabemos porque somos ciudadanas, empresarias, cooperativistas, sindicalistas, trabajadoras, empleadas, desempleadas y políticas.

Ahora que la crisis ha terminado, este es el mundo en el que tenemos que vivir, nosotras y nuestras hijas e hijos. En esta distopía la desigualdad es el eje. La desigualdad es la herida. Muy pocos lo tienen todo mientras la mayoría, la inmensa mayoría, de la sociedad sobrevive sin garantías en los grises de la pobreza objetiva. Lo sabemos porque somos abuelas pensionistas, kellys, paradas, gitanas, jornaleras.

Ahora que la crisis ha terminado, el estado al que confiamos nuestro bienestar se ha quedado enclenque después de tantos recortes y destrozos en los servicios públicos. Lo sabemos porque somos maestras, médicas, trabajadoras sociales, funcionarias, enfermeras, celadoras, directoras de institutos, catedráticas de universidad, auxiliares de clínica.

Ahora que la crisis ha terminado, nos gobiernan personajes azules o naranjas de mano dura y pensamiento único (en cantidad y calidad) que retroceden en el reloj de nuestros derechos hasta el punto cero de la democracia. Y que pretenden, además, hacernos creer que están de nuestro lado reduciendo la política a tuits tan volátiles como su contenido. Lo sabemos porque somos abogadas, juezas, filósofas, periodistas, intelectuales, pensadoras, escritoras, creadoras, artistas, comunicadoras.

Ahora que la crisis ha terminado, debemos hacer que termine con ella la edad de hierro del machismo y  comience el siglo de las mujeres. Llevamos demasiado tiempo esperando. Y estamos cargadas de razones. Porque cuando la libertad es una pancarta amarilla que acaba en un contenedor de basura y la desigualdad es esta desmesura de personas pobres, las mujeres sabemos que la fraternidad es la última frontera de la razón y de la compasión.

Porque la desigualdad es el huevo de la serpiente, el núcleo duro y el sistema operativo del patriarcado y del machismo. Ante la desigualdad las mejores armas están en las manos y la inteligencia de quienes llevan más de un siglo elaborando pensamiento y batallando por la igualdad: mujeres, feministas, inspiradoras, legitimadoras.

Porque en este tiempo oblicuo no hay marea más transversal ni más democrática que el tsunami de las mujeres

La manada es un engendro del patriarcado, parido por la desigualdad. Es el penúltimo estertor del machismo. Todo está conectado. Nosotras también nos hemos conectado y tenemos aliados. Vamos a acabar con la tríada maldita, patriarcado-desigualdad-machismo para que comience el siglo de las mujeres y la humanidad pueda avanzar. Probablemente aún sufriremos dolor por las nuestras. Pero ya somos invencibles.

Fotografía de Sofía Serra.

 

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