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Verano ardiente

Mario Ortega | Tengo sensaciones desconocidas e intensas. Es muy raro porque soy de naturaleza sosegada. El trino de los pájaros me saca de mi estado ensimismado. Sé que soy algo tosco. Estoy acostumbrado al frío y al calor, y últimamente a la sed. En cuanto a movilidad, no tengo ninguna. Me refiero a desplazarme de un lado a otro. Cuando era joven el viento mecía todo mi cuerpo, era como una danza. Ya hace tiempo que solo las ramas y las hojas se agitan y cimbrean. En alguna ocasión intenté caminar con todas mis fuerzas, sin éxito. A veces reflexiono sobre mí mismo y me pregunto si seré útil, si cumpliré alguna misión. Tengo conciencia.

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Hace rato que la brisa mueve mis extremidades y hace vibrar mis yemas, aunque para la hora que es el aire está demasiado caliente. Siento más calor incluso que el que vengo soportando en los últimos veranos. Sé que existe el tiempo; las horas y los días. Lo sé por un bullir interno que se acelera o se detiene según las variaciones de luminosidad y temperatura. Esto me ha permitido en mi ya larga vida reconocer lo ciclos naturales. En primavera presiento que las células se van a expandir. He necesitado muchos años para admitir que el agua no está disponible cuando más la necesito. Cuando los días se alargan, me ensancho. Entonces creo que soy feliz y tengo ganas de salir de mi mismo.

En el noticiario, el locutor afirma que según declaraciones del Ministro de tal y tal la superficie quemada no tiene gran valor ecológico, los incendios no han afectado a las especies más peculiares: castaños, robles y alcornoques. En cuanto a la fauna, es de esperar que cabras monteses, jabalíes, buitres, rapaces y demás bichos campestres, hayan huido despavoridos. Se han quemado pinos de repoblación, piornal, pastos, almendros, olivos y otras especies agrícolas, todo ello de menor interés científico. Un conocido catedrático de paleontología y eminente investigador ha afirmado que el fuego es la forma natural de regeneración del bosque, y que tenemos fuegos porque tenemos bosques, que si no, no tendríamos de que preocuparnos.*

Tengo sensaciones desconocidas Hace rato que el calor va acompañado de un rumor que me estremece. Presiento un vacío fuera de mí. Me obsesiona mi falta de movilidad. Es como si lo que me rodea hubiese desaparecido, no noto roces de animales ni pulular de insectos. De repente me doblego. Quisiera escapar, desarraigarme El noticiario continúa con sus flashes informativos.

En mi interior todo se ha acelerado. Tengo mucha sed. El locutor se lamenta de que no obstante, no se ha conseguido evitar que se quemen no sé cuantos millones de metros cuadrados, el no se cuantos por ciento de la superficie des-protegida. Un alcalde ha puesto la nota discordante criticando al gobierno y los ecologistas siguen erre que erre. Esto se refleja ampliamente en los medios, pues se lo han tomado muy a mal algunos círculos políticos. El ministro de tal y tal promete incrementar las penas para los causantes de incendio, de la prevención ni hablar.

Noto que me contraigo, una aspereza se extiende por todo mi ser, pierdo frondosidad muy rápidamente. Sol y fuego. Quiero huir. Siento un espasmo interior. Me condenso, crepito. El estremecimiento se transforma en desvanecimiento. Tengo vértigo, es como si volara. Me ahogo No sé lo que es volar.

Una máxima: “Los incendios forestales se apagan en invierno”. Un proverbio: “La tierra no es la herencia de nuestros padres sino el préstamo de nuestros hijos”.

Donde hubo fuego hoy quedan tristes terrenos yacentes, una batería de oferentes palabras y la promesa de dinero como alivio de males. ‘Todos los fuegos, el fuego”.

Avanza el desierto por la ausencia de efectivas políticas preventivas: energéticas, forestales, agrícolas, urbanísticas, de empleo, empresariales, fiscales. Sin ellas, la protección administrativa del territorio fabrica espejismos: ficciones Naturaleza muerta.

* Toda la cursiva es una invención, aunque bien podría ser verdad.

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