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Contra la «cultura del esfuerzo» (no retribuido)

atlas_02LA cultura es una palabra maleable en manos de quienes no creen en ella. Maleable por mala y manipulable a la vez. La utilizan para acusar. Siempre para acusar y siempre escondida tras el parapeto de un eufemismo. Hay quienes dicen que no tienes «cultura de partido». Es decir, que no eres sumiso a los dictados de quienes los controlan, a diferencia del resto a los que llaman disciplinados. Hay quienes dicen que no tienes «cultura de poder». Es decir, que no aspiras a medrar por encima de los afectos. Y hay quienes dicen simplemente que no tienes cultura. Es decir, que no confundes como ellos la simpleza con la sencillez. 

Ahora corre como aguas bravas entre la opinión pública el trampantojo de la cultura del esfuerzo. Como si el pan amaneciera por arte de magia, los bares se abrieran con un mando a distancia, los periódicos se redactaran con plantillas, los camiones se condujeran por pilotos automáticos, los enfermos se autocurasen o las casas se limpiaran con abrir los balcones al aire. Y lo peor es que la sospecha de la acusación se convierte en dogma para quienes no creen en la única cultura sectorial que me merece respeto: la de la duda. Y terminan creyendo las gilipolleces que sueltan periódicamente los políticos de otros territorios del Estado respecto a Andalucía. Donde hay tanto o más esfuerzo que allí. Y, sin duda, más cultura que quienes sacan sin bozal la lengua de paseo.

La cultura del esfuerzo sobra donde sobra el esfuerzo. Y sí ahora se inyecta como una arenga envenenada en una sociedad con más de cinco millones de parados, es porque se pretende su consenso en masa para exprimirla aún más. El esfuerzo no retribuido no puede convertirse en una licencia encubierta de esclavitud. La reforma laboral nos puso los grilletes en el cuello y se los quitó a la patronal de las manos. Fue el primer paso hacia la servidumbre voluntaria por miedo a perder lo poco que tenemos. El trabajo en el siglo XXI también es un bien escaso. Y no debemos permitir que el modelo de producción humana se convierta en un régimen de explotación con derecho a internet en el móvil y microondas. Una de las soluciones pasa por el reparto racional en un marco de decrecimiento. No que menos trabajen más, sino que cada día más trabajen menos. Eso no supone la pérdida de falsas necesidades consumistas sino de verdaderos privilegios innecesarios. Pasar de la cultura del esfuerzo a esforzarnos por otra cultura.

Hace años escuché a una economista y antropóloga yanqui que carece de sentido que los seres humanos hipotequen su juventud estudiando y su madurez trabajando, para luego desperdiciar su potencial al llegar a la edad de jubilación. Quizá la fórmula tendría que ser a la inversa y vivir en exceso cuando la vida nos excede. Trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Esto no es un culto a la pereza ni contraviene los principios más capitalistas de la economía. Todo lo contrario. Hablo de otro modelo de crecimiento humano compatible con las necesidades de economías globalizadas, donde las producciones se robotizan a un ritmo vertiginoso convirtiéndonos en meros consumidores. No hablo de la cultura del esfuerzo (no retribuido), sino de un verdadero esfuerzo por la cultura. Precisamente, junto con la educación y la sanidad, donde se han hundido los cuchillos del Estado. Y por donde todos y todas comenzaremos a sangrar.

2 Comentarios

  1. Muy buen post, me ayuda mucho.

  2. Canal Al-Andalucía Libre

    Tranquilo, noble y sabio compañero Antonio Manuel. Al igual que aquellos planes quinquenales soviéticos desastrosos por el Mar del Aral, los grandes saltos hacia adelante (del cangrejo) maoístas o los saltos del carnicero Paco «rana» de El Ferrol por los pantanos, las ilusiones de engañabobos «progreso» en Grecia o en Andalucía terminarán en otro apoteósico Fracaso más.
    Si no nos dejamos dominar por el miedo que tratan de infundirnos y, con todas fuerzas, amamos por encima de todo LA VIDA:

    http://www.youtube.com/watch?v=kkVnF6JcupM

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