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Cristales con odio

Raúl Solís | España se asoma irremediablemente a su precipicio. La crisis económica, política, ética, moral, cultural y territorial no es más que el diagnóstico clínico de un país que sangra y que olvidó construir un relato honesto de su historia. Entramos en la Transición con timidez y conquistamos la democracia con miedo y acomplejados. Sólo hemos mirado a Europa para recibir los generosos Fondos Estructurales con los que hemos construido hospitales, autovías, infraestructuras ferroviarias y escuelas taller para enseñar a poner ladrillos

Europa fue el sueño de unos pocos y el negocio de muchos. Con el fin de las transacciones económicas y la entrada de la Europa del Este, la UE es la bestia negra a la que, el estadista que todos los españoles llevamos dentro, azota como responsable de todos los males que nos aquejan. A falta de soluciones, España se ha convertido en líder en encontrar responsables de su crisis.

Durante los años de bonanza, los ciudadanos se arremolinaban en la puerta de los juzgados a defender al alcalde corrupto acusado de delitos urbanísticos. Quienes se enriquecieron a costa de triplicar en un mes el valor de la vivienda, miraban con desprecio al funcionario que ganaba 1.200 euros mensuales.

El joven que abandonaba el instituto para trabajar en la obra, para cumplir su sueño vital de conducir un coche de alta gama, se mofaba del compañero que soñaba con ir a la universidad. Nadie miraba las estadísticas que hablaban del fracaso escolar ni de que éramos el Estado de la UE que menos periódicos y libros leía (y lee).

La cultura era un impedimento para el enriquecimiento exprés. Nunca miramos a los países de nuestro entorno para importar su civismo, su leyes igualitarias, su respeto hacia el medio ambiente o su fiscalidad progresiva. Es más, durante mucho tiempo bajar impuestos fue progresista hasta que la falta de impuestos y el cierre del crédito hizo imposible pagar los servicios de la ensoñación española.

La crisis nos ha hecho despertar del espejismo. Creímos ser dueños del destino, alumbrados por el azar y merecedores del edén. El vaho de nuestro espejo nos hizo pensar que habíamos conquistado la cumbre, pero el espejo se hizo añicos y dejamos de mirarnos como nunca fuimos. Y en esa búsqueda ansiosa por poseer enseres con los que esconder nuestra mediocridad desatendimos hasta el cultivo del alma. 

Se nos olvidó que leer, conversar, querernos, viajar y escucharnos con respeto construye humanidad. La amnesia nos cegó tanto que no entendimos que el éxito de un país no está en que los mejores lleguen los primeros, sino en no desatender a ningún corredor antes de llegar a meta.

Nos disfrazamos de primeras marcas; condujimos coches más educados que sus pilotos; habitamos viviendas con fachadas más elegantes que los inquilinos; y abandonamos el sistema educativo, única plataforma existente capaz de aupar a los que nacieron en las cunetas de la marginalidad. A tal extremo llegó la alucinación que confundimos la cultura con las pseudo-obras de teatro de José Luis Moreno.

En todo este tiempo, odiar es lo que mejor hemos aprendido. El parado que cobra prestación odia al funcionario que aún mantiene su empleo; el parado que no cobra prestación odia al que aún la cobra; el funcionario que gana 2.000 euros al mes, odia al que gana 2.500; el que tiene un contrato de 20 horas semanales, odia al que tiene uno de 40.

Odiamos el proyecto de construcción europea, ahora que ya no nos financia nuestro modelo desarrollista de escuelas taller de albañilería; odiamos al inmigrante que cogió las aceitunas que nosotros no quisimos; odiamos al político al que un día le justificamos su corrupto y condenado Plan General de Ordenación Urbana y el nacionalismo centralista azota la sacrosanta e inquisitorial uniformidad del Estado español para terminar de romper lo que nació odiando.

El populismo sin modelo productivo alternativo, que encuentra solución al déficit y la deuda con sólo eliminar políticos y coches oficiales, cambiará el curso de los odios para dar paso a una nueva fase de la crisis: dejaremos de odiar a los otros para odiarnos a nosotros mismos y, entonces, nos estallará en la cara el frágil cristal en el que nos vimos como nunca fuimos. 

2 Comentarios

  1. FRANCISCO FERNANDEZ

    Al acabar de leer el texto, me ha venido a la cabeza uno de los versos de Antonio Machado: «Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza,
    entre una España que muere y otra España que bosteza.
    Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios.
    Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.» El artículo tal como está escrito sobre el odio generado
    del sistema que nos impone está buscando la mano de Caín.

  2. Julio Díaz Sánchez

    Magnífico artículo don Raúl S.G.

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