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Debate sobre la Economía Ecológica

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En la edición de  las  dos últimas semanas de la revista Sinpermiso se han publicado dos articulos  sobre Economia Ecológica de signo opuesto.El primero de Alejandro Nadal muy critico  con la escuela de la Ecologia Ecológica . Y el segundo una respuesta de Jordi Roca ( Catedrático de la Universidad de Barcelona), a la crítica de Nadal y en defensa de la  Economía Ecológica. Dado su interés reproducimos  aqui ambos articulos.

El dinero es importante, señor Daly: sobre la debilidad teórica de la economía ecológica
Alejandro Nadal ·

Alejandro Nadal, miembro del Consejo Editorial de SinPermiso, acaba de publicar un importante libro de macroeconomía en la editorial londinense Zed Books. [1] Este libro contiene, entre otras muchas cosas, una crítica de las insuficiencias científicas y políticas de la llamada “Escuela ecológica de economía” que está en la base intelectual de buena parte de los partidarios de una política de “decrecimiento”. En las Jornadas SinPermiso celebradas en Barcelona el pasado diciembre se suscitó una interesante discusión al respecto. El texto que sigue a continuación ha sido escrito por Alejandro con motivo de esa discusión.

La escuela de economía ecológica ha contribuido a encender un debate importante sobre la sustentabilidad. Eso es innegable, y conviene señalarlo desde el principio. Pero arrastra algunas deficiencias importantes que debería resolver, si lo que pretende es realizar un avance analítico serio y ofrecer una contribución en materia de política económica. Si no las supera, no podrá llevar a cabo un estudio riguroso sobre las fuerzas económicas que conducen a la destrucción del medio ambiente. Peor aún, si no lleva a cabo una crítica profunda de la teoría neoclásica, será asimilada como una variante más de ese discurso que, hoy por hoy, tiene más bases ideológicas que científicas.

El principal problema de la economía ecológica es que no ha sabido poner distancia entre la teoría neoclásica y sus propios planteamientos. De hecho, la distancia que supuestamente separa a la economía ecológica (de ahora en adelante EE) de la economía ambiental neoclásica es mucho más corta de lo que los adeptos a la EE piensan. Es más, se puede decir que para la EE prácticamente no hay otra teoría económica que la neoclásica. Por eso sus referencias a Sraffa o a Marx son o inexistentes o superficiales. Y en cuanto a la teoría macroeconómica se refiere, la EE no acaba de salir de los esquemas engañosos de la síntesis neoclásica y del keynesianismo bastardo. Regreso sobre este punto más abajo. 

Existen tres puntos sobre los que la escuela de EE cultiva errores importantes. El primero tiene que ver con su visión sobre el mercado, el segundo se relaciona con la teoría monetaria y el tercero con la teoría y la política macroeconómica. En lo que sigue, pasamos revista a cada uno de estos temas concentrando nuestra atención en algunos ensayos de Herman Daly, uno de los padres fundadores de la economía ecológica.

Una visión asombrosamente errada y apolítica de la naturaleza de los mercados

1. En algunos de sus ensayos Herman Daly insiste en un enunciado sorprendente: el mercado ha resuelto el problema de la asignación de recursos en una economía de manera eficiente, pero es incapaz de determinar la escala óptima de actividad de una economía (Daly 2002). Este enunciado es realmente sorprendente si se considera el colosal desperdicio de recursos que observamos en las economías de libre mercado al día de hoy, para no hablar del gigantesco proceso de destrucción de ecosistemas que se lleva a cabo por las fuerzas del mercado en todo el mundo. Nada de eso se parece ni de lejos a una buena asignación de recursos y cualquiera que esté preocupado por el medio ambiente debe haberlo notado.

Pero por otro lado, más allá de una discusión sobre la evidencia empírica, quizás Daly encuentra que la teoría económica neoclásica ha cumplido su promesa de proporcionar un fundamento racional a la metáfora de la mano invisible. En ese caso, Daly estaría ignorando que los esfuerzos de la teoría de equilibrio general, la versión más desarrollada de la teoría neoclásica, fracasaron en el intento por demostrar que las fuerzas del mercado conducen a un equilibrio competitivo. Esto es algo que se conoce desde los años sesenta. Pero por si quedaban dudas, en 1974 se dieron a conocer los teoremas de Sonnenschein, Mantel y Debreu, que hundieron el último clavo en el ataúd de la teoría de equilibrio general. Parece que la escuela de la economía ecológica todavía no registra este importante hecho. Pero aún si se quiere evitar entrar en discusiones sobre modelos matemáticos abstractos, baste señalar que existen muchos ejemplos de que el mecanismo de precios flexibles conduce a situaciones altamente inestables. Vaya, para decirlo en una frase, los mercados no poseen un mecanismo auto-regulador que conduzca a un equilibrio. Y, vale la pena recordarlo, la eficiencia en la asignación de recursos de acuerdo con la teoría neoclásica es un atributo de la asignación de equilibrio únicamente (sobre el desequilibrio la teoría neoclásica no tiene nada que decir). Así que eso de que el mercado ha resuelto el problema de la asignación es un desacierto mayúsculo.

La incomprensión de la importancia de la moneda y de los flujos monetarios

2. El segundo problema que enfrenta la escuela de EE se relaciona con la importancia de la moneda y de los flujos monetarios. Para Herman Daly y muchos de sus colegas, el problema fundamental de la teoría económica convencional (neoclásica) es su incapacidad para analizar los flujos físicos o de materiales que son la esencia de todo sistema económico. En la versión de Daly y muchos de sus colegas, la teoría económica neoclásica está basada en la falacia del flujo circular de mercancías en un sistema que ignora el hecho fundamental de que los recursos naturales son finitos. Según esta visión de las cosas, los flujos económicos son expresados en términos monetarios y como tales, pueden expandirse sin límite, dando así la impresión errónea de que no hay límites al crecimiento. Según Daly a partir de este comienzo errado que descansa en el “fetichismo monetario” la teoría económica concluye que las cantidades físicas también pueden ser conducidas a un crecimiento ilimitado.

En realidad, el punto de partida de la teoría económica es exactamente el opuesto a lo que afirma Daly y sus colegas. Este discurso que llamamos teoría económica comenzó haciendo abstracción de la moneda para emprender el análisis de los fenómenos económicos. Hay varios factores que explican este proceder. Quizás el más importante es que desde su nacimiento, la economía política se vio envuelta en un debate de política económica en el que Smith criticó fuertemente a la visión mercantilista a la que acusaba de confundir la acumulación de metales preciosos con la riqueza de una nación.

Si bien Smith caricaturizó el pensamiento mercantilista, lo cierto es que una de sus conclusiones fue precisamente que la riqueza no era la masa de metales preciosos. Para Smith, el corolario es que para estudiar la riqueza hay que hacer abstracción de la forma económica de esa acumulación de metales preciosos que después fueron asimilados con la riqueza monetaria. Como dice Schumpeter en su Historia del análisis económico la moneda se presentó como una especie de velo, un manto que ocultaba la realidad de los fenómenos económicos.

Una vez que se había hecho abstracción de la moneda, también se había eliminado la unidad de cuenta que permitía medir y comparar los objetos físicos heterogéneos. Para poder avanzar en el análisis económico, se necesitaba restituir al mundo de los objetos físicos una unidad de medida. Eso es lo que hace la teoría del valor. O dicho en otras palabras, ¿para qué necesitamos una teoría del valor? La respuesta: para restituir al campo de análisis la posibilidad de realizar operaciones de medida sobre los bienes (físicos y heterogéneos) que ahora van a ser objetos de intercambios y comparaciones.

Por eso Adam Smith abre su Riqueza de las naciones construyendo una teoría del valor en oposición a una teoría monetaria. Y esta es la trayectoria que siguió la teoría económica neoclásica y ciertamente en su versión más desarrollada, la teoría de equilibrio general. Toda la teoría de precios en el enfoque neoclásico se desarrolla en un esquema no monetario: se analiza la determinación de precios relativos como tasas de sustitución entre bienes físicamente determinados, antes e independientemente de cualquier referencia a la moneda. Posteriormente se introduce la moneda como un dispositivo neutral que no afecta en nada la estructura y niveles de los precios relativos y las funciones de oferta y demanda que les están asociadas. Desde Smith y Ricardo, hasta Arrow y Debreu, pasando por Mill, Walras y Marshall, toda la teoría económica clásica y neoclásica ha seguido el mismo camino.

Es cierto que la forma específica de la teoría del valor que cada uno de estos autores ha desarrollado es distinta, pero les une un hilo conductor: la necesidad de establecer un espacio de conmensurabilidad para las “mercancías”, de entrada concebidas como objetos físicos bien diferenciados.

Es un gran error pensar que el problema de la teoría económica es su obsesión sobre las magnitudes monetarias y su incapacidad de dar cuenta de los flujos físicos de materiales. De hecho, es exactamente al revés: la teoría económica convencional se encuentra en casa hablando de magnitudes físicas y, en cambio, se encuentra muy incómoda hablando de la economía en términos monetarios. Por eso hay tantos modelos de equilibrio general aplicado que se concentran en flujos físicos de materiales (véase Kandelaars 1999 e Ibenholt 2002)

Quizás aquí es oportuno recordar el punto de vista de Marx sobre los valores de uso. Éstos, nos dice en varios textos, no nos dicen nada sobre las relaciones sociales de producción en las que existen. La importancia de todo esto para discusiones sobre la destrucción ambiental es que las fuerzas económicas detrás de la destrucción ambiental se expresan en magnitudes monetarias.

Una macroeconomía insuficiente con pésimas consecuencias para las políticas económicas

3. Para Daly, el problema central de nuestro tiempo es determinar la escala óptima de nuestras economías. Por eso recomendó desde 1991 (en un famoso artículo en Land Economics) el desarrollo de una macroeconomía ambiental. Pero su visión sobre la teoría macroeconómica y sobre las prioridades de la política macroeconómica deja mucho que desear. En Daly (2002) señaló que la política macroeconómica está obsesionada por el pleno empleo, la lucha contra la inflación y el crecimiento ininterrumpido. La realidad es que desde los años ochenta, la prioridad de la política macroeconómica en la gran mayoría de los países ha sido la estabilidad de precios. Para lograr la estabilidad de precios se pregona la austeridad fiscal y una política monetaria contraccionista. Los objetivos de pleno empleo y crecimiento fueron abandonados desde esos años. Claro, la expansión del sector financiero provocó la generación de burbujas y episodios de bajas tasas de interés, pero el marco de referencia siguió siendo la estabilidad de precios.

Los seguidores de la recomendación de Daly han recurrido al modelo IS-LM para introducir un componente ambiental. Pero tal parece que no se han percatado de dos cosas. Primero, que ese modelo fue el vehículo que el establishment académico utilizó para desvirtuar y asimilar los principales mensajes de la obra de John Maynard Keynes.

Los principales mensajes de la obra de Keynes estaban relacionados con la inestabilidad de las economías capitalistas, la incertidumbre que rodea las decisiones de inversión (y la demanda de moneda en general), así como las relaciones entre el sector financiero y los sectores reales de la economía. Ya conocemos la historia: la academia convencional los encontró demasiado subversivos y se dedicó a destruirlos. Parte del éxito del establishment, con los Hicks, Samuelson y Modigliani a la cabeza, se debió a que el propio Keynes no llevó a cabo una crítica más clara y decidida sobre la teoría económica convencional. Si tomamos ese antecedente en cuenta, es claro que el pronóstico para la escuela de economía ecológica no es muy halagüeño.

Nota: [1] Alejandro Nadal: Rethinking Macroeconomics for Sustainability (Zed Books, Londres, 2011). 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS:

Daly, H. (2002). “Elements of Environmental Macroeconomics” en M. Munasinghe (editor), Macroeconomics and the Environment. Cheltenham: Edward Elgar. (Originalmente publicado en 1991 en Land Economics).

Kandelaars, P (1999) Economic Models of MaterialProduct Chains for Environmental Policy Analysis. Kluwer Academic Publishers.

Ibenholt, K. (2002) “Materials Flow Analysis and Economic Modelling”, en R. Ayres y L. Ayres (editores), A Handbook of Industrial Ecology. Cheltenham: Edward Elgar.

Alejandro Nadal es miembro del Consejo Editorial de SinPermiso.

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Alejandro Nadal sobre la economía ecológica. Una réplica
Jordi Roca Jusmet · · · · ·
 

En un reciente artículo publicado en SinPermiso, [1] Alejandro Nadal pontifica sobre la “debilidad teórica de la economía ecológica” y la supuesta proximidad teórica entre economía neoclásica y economía ecológica y augura un futuro nada halagüeño a la “escuela de economía ecológica”. Para ello se basa en unas pocas referencias (algunas totalmente descontextualizadas) a los trabajos de Herman Daly.

 

En primer lugar, vale la pena señalar que bajo el nombre de economía ecológica se agrupan diversidad de autores con enfoques plurales. Esto es una diferencia respecto a la economía neoclásica que tiene unos conceptos, supuestos y metodologías mucho más definidos como se puede ver por la gran similitud de la inmensa mayoría de manuales de economía. Ello no quiere decir en absoluto que no existan un conjunto de características compartidas por una gran parte de los autores que nos identificamos con el término “economía ecológica” (a partir de ahora EE) y que de alguna forma pueden considerarse sus rasgos distintivos. El punto de partida de la EE es analizar el sistema económico y social como un subsistema abierto de un sistema más amplio (la naturaleza); se insiste en la interrelación entre uso de recursos naturales e impactos ambientales (en contraste con la gran separación entre la “economía de los recursos naturales” y la “economía ambiental” propia del enfoque convencional); se cree fundamental analizar los flujos de energía y de materiales en unidades físicas; se considera que la magnitud de los problemas ecológicos actuales no puede entenderse sino es en relación al aumento del tamaño “físico” del sistema económico; se destacan las enormes desigualdades entre diferentes poblaciones y grupos sociales en el acceso a los recursos naturales y en el sufrimiento por los impactos ambientales;…y otros muchos puntos en común.

 

Desde luego, diga lo que diga Nadal, la EE –y Daly en particular- considera que los mercados por sí solos llevan frecuentemente al agotamiento de recursos y son ciegos al proceso de destrucción de ecosistemas. No sólo considera que los problemas ecológicos exigen una intervención sobre los mercados –lo que también reconoce la economía ambiental- sino que destaca que todas las actividades económicas producen, en menor o mayor medida, alteraciones en la naturaleza. El objetivo de la eficiencia económica –se defina como se defina- no se considera generalmente el central del análisis económico sino un objetivo secundario respecto a la sostenibilidad y respecto a una distribución justa o equitativa. Los economistas ecológicos se toman en serio la complejidad de los sistemas naturales e insisten –a diferencia de la mayoría de los adscritos a la economía ambiental- en las enormes incertidumbres que generan las alteraciones de los ecosistemas (reivindicando la diferencia conceptual entre riesgo estadístico e incertidumbre como también hace la tradición postkeynesiana); creen, en particular, en el peligro de que pequeños cambios podrían tener grandes efectos de colapso de sistemas ecológicos, lo que casa mal con el análisis marginalista propio de la tradición neoclásica y lleva a normas de actuación basadas en el principio de precaución o en la salvaguarda de umbrales mínimos de seguridad.

 

La EE denuncia los modelos macroeconómicos de crecimiento que –¡aún hoy!- se elaboran como si la producción fuese sólo fruto del capital producido, el trabajo y la tecnología. Cuando la crítica aprieta, los macroeconomistas neoclásicos incorporan los recursos naturales en su función de producción pero adoptando generalmente el supuesto de que capital fabricado y capital natural son sustitutivos, de forma que el uso de recursos naturales podría tender a cero siempre que aumentase suficientemente el uso de capital fabricado. [2] La EE aboga por la “sostenibilitad en sentido fuerte” según la cual la conservación de los recursos naturales y ambientales no debe diluirse en un objetivo general de mantenimiento del capital. [3] Fue precisamente Georgescu-Roegen uno de los autores que más atacó los supuestos típicos de sustituibilidad de la economía neoclásica de la teoría del consumo y de la función de producción: en ello también podemos ver conexiones con otras corrientes heterodoxas, especialmente con la tradición postkeynesiana. [4]

 

La lista de temas y planteamientos dominantes de la EE podría ampliarse o modificarse algo pero me parece indudable que podemos hablar de un enfoque que, generalmente, se aleja radicalmente de la economía neoclásica. Es, por ejemplo, significativo el tratamiento que se da a uno de los temas centrales de la economía ambiental -el de la valoración monetaria de impactos ambientales- en tres destacados libros introductorios a la EE. El tema prácticamente se ignora (Common y Stagl), [5] se le dedica muy poco espacio (Daly y Farley) [6] o se explica detenidamente pero no tanto resaltando sus virtudes sino sus insuficiencias (Martínez Alier y Roca Jusmet). [7] Sin tal valoración monetaria la propia definición de conceptos como contaminación óptima o el análisis coste-beneficio, tan caros a la economía neoclásica, son simplemente inaplicables. Un aspecto particularmente cuestionado es el uso de la tasa de descuento (absolutamente dominante en toda la economía neoclásica) como supuesta guía para orientar las decisiones intertemporales de forma eficiente, escondiendo las implicaciones éticas de tal uso. [8] Para estos textos el papel de instrumentos económicos como la fiscalidad ambiental no es la de definir “precios correctos” sino la de corregir los precios al servicio de unos objetivos políticos.

 

Un punto en común de la EE es su denuncia –con mucha más fuerza que la mayoría de corrientes heteredoxas, con la excepción de la economía feminista- del uso de las magnitudes macroeconómicas como indicadores de si la economía tiene mayor o menor éxito. Sí hay disensiones sobre si  es conveniente elaborar indicadores agregados de bienestar como el ISEW (índice de bienestar económico sostenible) propuesto por Daly y Cobb, [9] bastante popular dentro de la EE pero que algunos consideramos plagado de problemas y en contradicción con la crítica a la valoración monetaria de la degradación ambiental.

 

La EE es un campo amplio de estudio, la selección sobre cuáles son sus características dominantes es subjetiva y es cierto que hay diversas subtradiciones dentro de esta corriente –como destaca Spash- [10] y que algunas están más cercanas a la economía neoclásica y menos preocupadas por cuestiones distributivas de lo que reflejan los párrafos anteriores. Incluso uno puede encontrar autores destacados de la EE que plantean –no es el caso de Daly- que la EE no es más que una intersección entre ecología y economía (neoclásica) o que hacen ejercicios de valoración monetaria del conjunto de los ecosistemas de la naturaleza, tan absurdos que ni los neoclásicos se atreverían. [11] En cualquier caso, parece evidente que la forma de explicar cómo se determina el nivel de Renta Nacional de una economía no es una característica definitoria de la EE: se puede pensar que el modelo ISLM representa –a pesar de sus simplificaciones- una buena forma de introducir el tema (como hacen Daly y Farley) o se puede pensar –aquí coincido más con Nadal- que es una forma de desvirtuar el mensaje principal de Keynes sobre la inestabilidad de las economías capitalistas. Se puede pensar que una forma útil de introducir los factores determinantes del crecimiento es una función agregada de producción –como hacen Common y Stagl- o que –como creo- más bien se debería abandonar cualquier uso de dicho tipo de función teniendo en cuenta entre otras cosas los problemas de definir la “cantidad de capital” a nivel agregado. Se puede seguir la tradición neoclásica de aproximar el comportamiento de las personas mediante funciones de utilidad o se puede pensar –como creemos muchos de los que nos situamos en la EE- que la complejidad del comportamiento humano no puede modelizarse -ni siquiera como una primera aproximación- partiendo de supuestos maximizadores. [12]

 

Por otro lado, la insistencia de la EE en el análisis de los flujos físicos no es por supuesto incompatible con el reconocimiento del importante papel del dinero para explicar la dinámica e inestabilidad de las economías capitalistas. Es sorprendente que el título del artículo de Nadal quiera advertir: “El dinero es importante, señor Daly”.  Desde al menos 1980, Daly se interesa por las vinculaciones entre los aspectos físicos de la economía y el papel del dinero y la deuda y es precisamente este autor quien ha planteado una polémica reforma radical basada en devolver al Estado el monopolio de la creación de dinero. [13]

       

En resumen, si lo que le preocupa a Nadal es el “estudio riguroso sobre las fuerzas económicas que conducen a la destrucción del medio ambiente”, haría bien en tener una mirada más positiva y abierta respecto a la EE, un enfoque en construcción y con muchos debates internos (¡afortunadamente!) pero que desde hace décadas está poniendo en el centro de atención los graves problemas ecológicos olvidados tanto por la macroeconomía como por la microeconomía neoclásicas.

 

NOTAS: [1]A. Nadal, “El dinero es importante, señor Daly: sobre la debilidad teórica de la economía ecológica” (http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=3960). [2] Ver la polémica Daly versus Solow y Stiglitz (Ecological Economics, Vol. 22, n. 3, septiembre 1997) que revive la polémica de los años 1970s entre estos dos últimos autores y Georgescu-Roegen.  [3] Victor, P. “Indicators of sustainable development: some lessons from capital theory” Ecological Economics, Volume 4, Issue 3, December 1991, Pages 191-213. [4] Lavoie, M., Foundations of Postkeynesian Economic Analysis, Edward Elgar, 1992.  [5] Common, M. and Stagl, S., Introducción a la economía ecológica, editorial Reverté, 2008 (original en inglés, Cambridge University Press, 2005). [6] Daly, H. E. and Farley, J., Ecological Economics, Principles and Applications, Island Press. 2003. [7] Joan Martínez Alier y Jordi Roca Jusmet, Economía ecológica y política ambiental, Fondo de Cultura Económica, México, primera edición 2000, última reimpresión 2006. [8] Incluso el famoso “informe Stern” sobre cambio climático utiliza un análisis coste-beneficio tradicional para discutir la necesidad de actuar frente el cambio climático y acepta el uso de la tasa de descuento según la cual los costes futuros tienen menos importancia que los beneficios actuales. La diferencia con otros estudios económicos es que la tasa de descuento utilizada es más baja: no se acepta descontar el futuro porque exista “una preferencia por el presente” pero sí porque se supone que habrá crecimiento económico y las generaciones futuras serán más ricas y tendrán mayor bienestar (¡). Ver Stern, N. et al., Stern Review on The Economics of Climate Change. HM Treasury, London. 2006. [9] Daly, H. E. y Cobb Jr., J.B., For the Common Good, Boston Beacon Press, 1989. [10] Spash, C., “Social Ecological Economics”,  June 2009, CSIOR, Working Paper Series, 2008-09. [11] Ver Costanza el al., Nature, vol. 387, 15 mayo 1997, pp. 253-260. [12] Roca Jusmet, J., “Instrumentos de política ambiental: reflexiones desde la economía ecológica” en Álvarez Cantalapiedra, S. y Carpintero, O. (coord.), Economía ecológica: reflexiones y perspectivas, Círculo de Bellas Artes, Madrid, 2009. [13] Ver, por ejemplo, el anexo “Money, Debt, and Wealth” que aparece en la edición de 1994 de Daly, H. E. y Cobb Jr., J.B., For the Common Good, Boston Beacon Press.

 

Jordi Roca Jusmet es catedrático del Departamento de Teoría Económica de la Universidad de Barcelona, miembro del consejo de redacción de la Revista de Economía Crítica (http://revistaeconomiacritica.org/), de la International Society for Ecological Economics y de la Asociación de Economía Ecológica en España. Coautor (con Joan Martínez Alier) de Economía ecológica y política ambiental (Fondo de Cultura Económica, México, primera edición 2000).

 

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