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El momento de la otra política (primera parte)

Rafa Rodríguez

Una nueva crisis de representación

La política democrática no es una actividad de laboratorio sino la representación no solo formal sino sobre todo material de la confrontación y las conexiones entre realidad y los deseos de una sociedad muy plural. Nosotros/as queremos formar parte de la representación de la realidad y los deseos de las clases populares. Pero, tras estos cuatro meses de impasse que no han servido para formar un gobierno que fuera la expresión del bloque de izquierdas y que han dado lugar a la convocatoria de nuevas elecciones, esa conexión material se ha roto y ambos “mundos”, el de los representantes y los de las clases populares, vuelven a ir separados. Como sucedió antes de la explosión del 15M, el mundo de los representantes se ha alejado del mundo de los representados tanto que empezamos a verlos incluso como amenaza para nuestros intereses colectivos en vez del sistema que debe gestionarlos. Por eso, la convocatoria de nuevas elecciones es sobre todo un fracaso del proceso de recomposición del sistema político español.

La frustración de la larga trayectoria de recomposición del sistema político desde la crisis de 2008

La recomposición del sistema político fue la respuesta cívica y democrática a la profunda y larga crisis económica, social y cultural que estalló en 2008, que puso al descubierto la fragilidad del sistema económico español.

Esa renovación ha consistido básicamente en democratizar el sistema político con más pluralismo de forma que el sistema bipartidista se transformara en un sistema pluripartidista para representar de forma más fidedigna a la nueva sociedad del siglo XXI.

Podemos y ciudadanos fueron los nuevos actores encargados de abrir el sistema político y representar las nuevas sensibilidades sociales a izquierda y derecha, tras los fracasos del PSOE de Rodríguez Zapatero por su deriva socialiberal y del PP por su enfangamiento con la corrupción.

El PSOE consiguió sumarse a esa renovación gracias al liderazgo de Pedro Sánchez construido mediante el enfrentamiento con las élites socialiberales del PSOE y por su ubicación en la izquierda, haciendo posible la existencia de un bloque de izquierda en la que él además consiguió el papel más activo, el de abrirlo cada vez más socialmente, provocando un renacimiento de la socialdemocracia como ideología hegemónica dentro de la izquierda.

Ciudadanos pasó de ser la esperanza de la modernización de la derecha española a ser un partido con un discurso centrado en el nacionalismo españolista excluyente similar al de la ultraderecha. Tras el pacto de PP y Ciudadanos con VOX en Andalucía, la esperanza de cambio se situó en la izquierda y fue el PSOE quién parecía que podía liderarla.

La existencia de ese bloque de izquierdas y el liderazgo de Pedro Sánchez se vio plasmado en la moción de censura que fue como una bocanada de aire limpio y fresco. Los esfuerzos sociales habían dado resultado. La corrupción había tenido su justo castigo político y además la amenaza de la ultraderecha había sido desactivada. Las elecciones del 28 de abril abrieron la puerta a que por fin esta larga trayectoria de recomposición política se plasmara en un gobierno del Estado que fuera reflejo del bloque de izquierdas.

Pero a partir de entonces todo ha ido a peor. El fracaso consciente y premeditado de la formación de gobierno ha frustrado todas las expectativas y ha abierto una nueva crisis en el sistema político.

Pedro Sánchez ha pasado en cuatro meses de héroe a adoptar el papel de villano. Ha utilizado su hiperliderzgo para arrastrar al PSOE a una operación de laboratorio para resucitar el sistema bipartidista, en un intento voluntarista de volver a la primera legislatura de Rodríguez Zapatero cuando España ha cambiado radicalmente desde entonces. El resultado es la producción de un mensaje de desesperanza para la ciudadanía progresista, que nos dice que todas las energías que ha desplegado la sociedad española para readaptar el sistema político y hacerlo mucho más representativo y funcional han sido inútiles, que el cambio no es viable, que nos conformemos con el bipartidismo y la gestión oligárquica del poder del Estado y que la alternativa es el bipartidismo o el desgobierno.

Sánchez se ha salido del bloque de izquierda que lideraba y al mismo tiempo lo ha roto, con un giro vertiginoso a la derecha, reconstruyendo una identidad gaseosa mediante la permuta de aliados y adversarios, pasando de considerar a Podemos de “socio preferente” a “adversario preferente”. La ruptura del bloque de izquierdas ha dejado a la gente, a las clases populares, sin alternativas a corto plazo y además con un enorme enfado por tener que ir de nuevos a elecciones cuando ya habían votado lo que habían votado.

Podemos ha sido un actor pasivo en este proceso, a merced de la dinámica que ha urdido Pedro Sánchez, como consecuencia de haber aceptado un papel defensivo y subalterno en el bloque de izquierda, una vez que había arrasado con todos los que pensaban de otra forma sobre todo los que proponían una estrategia para que Podemos liderara el bloque de izquierda abriéndose a más segmentos de la sociedad, “a los que faltan” en palabras de Errejón.

 

(*) Imagen de una obra de Norman Daly

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