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España, un país de banderas

Rafa Rodríguez

Sabemos la enorme importancia que tiene lo simbólico y que esa importancia crece aún más cuando se trata de símbolos políticos.

España tiene la singularidad de tener símbolos políticos con unas características muy peculiares. Por un lado están los símbolos españoles que tienen grandes carencias (no existe un monumento identificativo de la nación, como sucede en la gran mayoría de Estados de nuestro entorno, o el himno carece de letra ) y una gran conflictividad (existen dos banderas, la constitucional – monárquica y la republicana). Por otro, los símbolos de las CC.AA. a pesar de tener una escala subestatal, son más completos (bandera, himno con letra, monumentos representativos) y tienen menor conflictividad.

Esta singularidad simbólica de la nación española (carencias y conflictividad) es la expresión, a su vez, de dos realidades históricas: la pluralidad territorial del Estado y las grandes deficiencias en la construcción tanto del Estado moderno como de la nación española.

Las élites españolas han ido construyendo, desde finales del siglo XVIII, un Estado patrimonializado, ineficaz y autoritario que lejos de generar en la sociedad una nación, es decir un sentimiento comunitario de pertenencia política al Estado, han generado en las clases populares un sentimiento de temor y rechazo al Estado. Los sentimientos patrióticos de pertenencia al Estado han tenido desde sus orígenes un sesgo clasista y en buena medida, a partir de la crisis de 1898, han ido siendo sustituidos por sentimientos compartidos regionales.

En nuestra conflictiva historia contemporánea, el Estado, lejos de apoyarse en la sociedad española, se ha apoyado en la monarquía, el ejército y la iglesia católica, con un consenso reducido a las clases altas y a determinados sectores de las clases medias. Esto ha provocado una separación histórica entre Estado y sociedad que también ha tenido su expresión simbólica.

La separación alcanzó su grado máximo durante el franquismo por su represión, extensión en el tiempo y extemporaneidad. Desde la transición, con la democracia, se ha ido cerrando la brecha entre Estado y sociedad en España aunque las deficiencias de diseño constitucional y la crisis económica de 2008 han credo un nuevo escenario.

Unas de las manifestaciones del nuevo escenario ha sido la opción del nacionalismo catalán por la vía unilateral a la independencia, su contestación por una parte significativa de la ciudadanía, cuya expresión simbólica ha sido colgar la bandera bicolor en los balcones, y la constitución de un bloque de derechas, que incluye a la ultraderecha, en torno a un nacionalismo español excluyente con la utilización política de la bandera bicolor como arma contra quién no comulguen con ellos.

En este nuevo escenario el presidente de gobierno hay realizado un gesto con una gran carga de profundidad: ha ido ha rendirle homenaje a Manuel Azaña y a Antonio Machado, enterrados en suelo francés, símbolos de la tragedia del exilio y del sufrimiento de la sociedad española, y a pedirles perdón en nombre del Estado. Allí, junto a las banderas republicanas que habían colocado gente anónima, ha hecho ofrenda de una corona de flores con los colores rojo y amarillo, símbolo del Estado al que representaba.

Hay un debate en la izquierda sobre la utilización de los símbolos nacionales, símbolos que no se aceptan por decreto sino que se van construyendo a lo largo de múltiples experiencias colectivas. Por eso no es posible hacer borrón y cuenta nueva. Ni la bandera bicolor puede ser la bandera común de todas las personas en España, ni tampoco la tricolor o la suma de banderas autonómicas. Pero no puede ser que la bandera bicolor sirva para que la derecha consiga colocarse en una posición de superioridad política, apropiándose de la representación de España.

La pluralidad política y territorial española lejos de ser un problema es una ventaja para el futuro, porque lo que en estos momentos se disputa es más o menos democracia. Y para que haya más democracia hace falta democracia territorial simbolizada en las banderas autonómicas que representan tanto al Estado de la Comunidad como a su ciudadanía; hace falta un Estado constitucional simbolizado en la bandera bicolor y hace falta esa parte de la sociedad española que defiende los valores republicanos simbolizados en la tricolor y también hace falta la bandera europea porque simboliza ir más allá del Estado nación en la perspectiva de una construcción federal con la suficiente escala para hacer frente a los poderes económicos globales.

No se trata de compartimentos estancos porque, dependiendo de la función que cada una de ellas cumple en cualquier manifestación del imaginario colectivo, puede desbordar su funcionalidad estructural. Pero lo importante es que puedan coexistir juntas, que ninguna de ellas se utilice contra las demás, que nadie monopolice la bandera, cualquiera de ellas. Somos un país de banderas y esa muestra nuestra pluralidad, el mayor valor adaptativo que existe en cualquier dinámica evolutiva. Lo que la izquierda debe defender es la coexistencia leal entre todas, sin exclusiones, tal como queremos que sean los sentimientos nacionales, a favor de la cohesión comunitaria y frente a nadie.

Ese es el camino para cerrar la herida que ha provocado la escisión histórica entre sociedad y Estado en España y, por lo tanto, el camino de la política democrática, ese espacio donde florecen los valores progresistas y donde se cierra el paso a los enemigos de la democracia.

 

 

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