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Genética 1 para la patronal

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Irene Zoe Alameda.El País.25/07/2011.El 21 de junio el Instituto de Estudios Económicos (el think tank financiado por la CEOE) publicó el informe Educación y Formación Profesional, cuyo contenido se esperaba fuera una aportación sustantiva a un tema crucial para nuestro país. Lo firmaban el doctor Pérez-Díaz, catedrático de Sociología, y el también sociólogo Juan Carlos Rodríguez, y concluía que «la herencia genética tiene una influencia sustantiva en el rendimiento escolar», tanto que reduce a la mitad la acción del ambiente o «nivel educativo o socioeconómico». El problema es que este salto conceptual carece de ningún punto de apoyo. Veamos por qué.

Los investigadores saben que, para lanzar una hipótesis de esta naturaleza -el éxito en los estudios es achacable a la carga genética-, el estudio debe constar como mínimo de las siguientes partes y fases: 1) datos obtenidos por medio de pruebas cognitivas realizadas sobre varios grupos de niños; 2) secuencias genéticas decodificadas de los citados niños (algo para lo que no se tiene aún capacidad ni científica ni dineraria, teniendo en cuenta que el genoma humano se completó en el año 2000 a nivel estructural, pero que aún se ignora la función de la mayoría de nuestros genes), y 3) resultados concluyentes sobre periodos de escolarización obligatoria completa (suelen durar 11 años). Todo ello bajo circunstancias de igualdad absoluta entre los niños, de modo que la correlación entre secuencia de ADN y desempeño escolar quede irrebatiblemente establecida.

Dado que el estudio carece de dichos elementos, y ha sido realizado a vuelapluma y no a lo largo de decenas de años, ni en colaboración con genetistas y educadores, la idea de que «la herencia genética debe influir en el rendimiento académico» es un completo disparate. A un doctor, aunque sea de letras, se le supone un mínimo conocimiento sobre la metodología científica.

Si se piensa con detenimiento, el intento de la patronal de disfrazar de científico su ataque contra el gasto público en educación, no resulta sorprendente: a menudo, los estudios de los think tanks conservadores son deficientes porque caen en lo que en ciencia se denomina «sesgo de selección», aunque, eso sí, compensan su inutilidad científica con una abrumadora eficacia propagandística.

Los lobbies conservadores saben que los hechos verdaderos son inofensivos frente a mensajes emocionantes reiterados y de apariencia razonable. Así pues, quienes financiaron el libelo debieron pensar que un mensaje proveniente de a) profesores universitarios, b) que contuviese la palabra «gen», y c) librase a los españoles de la pesada carga de la fuerza de voluntad sobre sus resultados en la vida, podría ser asumido de grado: «Ni mis hijos, ni yo, ni los profesores, ni nadie, tienen la culpa de los suspensos. ¡Lo dicen los doctores de la universidad, que saben de genes! Cada uno nace como nace, ¡qué se le va a hacer!».

Que la patronal se haya atrevido a suscribir un pseudoestudio de estas características es escandaloso por insultante, y un baldón que debilita la confianza con la que se leerán sus próximos informes. En cualquier caso, ya que estos autores han intentado llevar un tema de índole sociopolítica al área de la genética, habrá que responderles en el lenguaje al que aspiran.

Hay una rama de la investigación, la epigenómica, que estudia el modo en el que los genes se expresan o no a lo largo de la vida de los sujetos. En ese funcionamiento o silenciamiento de la carga genética influyen factores ambientales como la alimentación, el estrés, las caricias de la madre en las primeras etapas de vida, las drogas (¡hay que ver los estragos sobre la expresión genética que causa la cocaína!), los rayos UVA… Una vez los individuos ya están conformados, la acción de lo que les rodea tendrá consecuencias positivas o negativas sobre la programación de sus genes.

Basten un par de ejemplos para hacer comprender la importancia decisiva del ambiente. Todo el mundo conoce a alguna pareja de gemelos: su ADN es idéntico, pero su expresión se va diferenciando hasta el punto de que, en la edad adulta, una hermana puede parecer mucho mayor que la otra, un hermano puede desarrollar un cáncer y el otro no, una puede convertirse en artista y otra en criminal.

Imaginemos ahora dos larvas recién nacidas en un panal; ambas tienen los mismos genes, pero una será alimentada con jalea real y la otra con otro tipo de nutrientes. En la primera, la jalea real silenciará la expresión del ADN metiltransferasa Dnmt3, lo cual hará que ciertos genes se activen y, entre otras cosas, se le desarrollen ovarios: será una abeja reina. La segunda larva, sin embargo, se quedará pequeñita y será un macho que trabajará toda su vida para alimentar a la enorme abeja reina.

Así que lo que desde la patronal se ha escrito y divulgado con eslóganes mendaces es una solemne imbecilidad (sin perdón) que solo revela ignorancia -los autores desconocen lo que es un gen a nivel bioquímico, aunque lo invocan- y la intención innoble de minar la igualdad de oportunidades.

Sea como fuere, antes de utilizar el nombre de la ciencia en vano, recomiendo al doctor Pérez Díaz y al señor Rodríguez que, de cara a futuros estudios, pasen por el curso de genética 1 (en primero de cualquier carrera de ciencias de la salud).

Irene Zoe Alameda es escritora y directora de cine. Su último libro es Artista y criminal.

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