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La dignidad de las momias

afrosCOLOMBIA fue conquistada por Gonzalo Ximénez de Quesada. Un descendiente de moriscos que nació en una choza de Campo Madre de Dios. En Córdoba. Y los cordobeses no lo saben. Un ejemplo más de cómo esta ciudad y los días confunden el desprecio con la ignorancia. Apenas una calle y una minúscula placa recuerdan al cordobés que ocupó Nueva Granada y fundó Santa Fe de Bogotá. Narró la conquista de manera descarnada para lavar su sangre y reconstruir su biografía. Contó que los indígenas momificaban a sus muertos en posición fetal. Una metáfora tétrica y hermosa del regreso al origen. Los guerreros luchaban con las momias en la espalda para demostrar a vivos y muertos que se dejarían la piel en la batalla. Su código de honor sólo les permitía matar al enemigo una vez desarmado. Desgraciadamente, el enemigo carecía de compasión más allá de bendecir en nombre de Dios a los muertos y a las momias.

Colombia es un país de momias y vivos. De desalmados con armas y desarmados con alma. De okupas y desplazados cohabitando el suelo y el cielo más exuberante del planeta. Era la tercera vez que viajaba a Colombia. En esta ocasión para investigar la situación de los indígenas, afrodescendientes, campesinos y mujeres despojados de sus tierras por el conflicto armado. Allí me siento como en casa. Sus gentes sonríen y trabajan a destajo por parecer lo que son. Pero siempre regreso con la sensación del guiñol que habla de paz mientras una mano siniestra piensa en la guerra. Hace dos años fui jurado del Premio Julio A. Parrado concedido a Eduardo Márquez, presidente de la Federación Colombiana de Periodistas. En 2010 atentaron contra 180 y mataron a 7 profesionales de la información por cometer la osadía de contar lo evidente. Nos abrazamos torpemente por culpa del chaleco antibalas. Estoy amenazado por Las Águilas Negras. Me dijo. Y luego se disculpó por no asistir el día anterior: “Se presentó en casa un compañero de Cali y su familia. Le metieron nueve balazos por sapo”. Cenamos con uno de los líderes de Afrodes, una asociación premiada por la ONU por defender a los afrocolombianos desplazados. Sus dos anteriores presidentes fueron asesinados y la actual sigue exiliada en Estados Unidos. Nadie se sienta en su silla por respeto.

A la mañana siguiente, encontramos a una familia de afros desplazados en la calle. El más pequeño agarró una paloma para cenar. A la madre le iba a estallar la cabeza. Cayó al suelo. Convulsiones. Frío. Llamamos a las ambulancias pero requerían su documentación. Media hora después, se la llevó la Policía al borde de la muerte. Nos quedamos con los niños. La mayor me contó que vivían con la guerrilla. Las mujeres secuestradas y las chicas como ella servían para hacer la comida y ser violadas. Eso me dijo. Una serpiente le dejó la pierna podrida a su tía. Para evitar que la mataran por inútil, su padre acabó con cuatro guerrilleros y huyeron a un descampado. Fabricaron una choza. Al mes siguientre, los vengaron matando al padre y a la tía. Su madre y sus hermanos cruzaron a nado el río durante un día y medio. Sus hermanos tragaron toda la mierda del mundo. Enfermaron. Y a pesar de ello, caminaron hasta un pueblo donde los acogió un buen hombre. Una semana después, lo asesinaron. Volvieron a escapar. Los encontraron en el hospital de Cali. De nuevo atentaron contra la madre. Marcharon a Bogotá. Nos han descubierto. Sentenció. Se echó a llorar. Su hermano dejó escapar la paloma. Y ella se encogió en posición fetal. Como una momia

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