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Pegado a la pantalla de Al Jazeera English: cuando nada es probable y todo es posible

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Antoni Domènech.Sinpermiso.

La sublevación de masas a que estamos asistiendo en directo en todo el norte de  África suscita, por lo pronto, esta reflexión: en la evidente bancarrota del proceso de remundialización capitalista iniciado hace más de tres décadas, nada es probable y todo es posible. Signo del caos, del creciente desorden de un mundo viejísimo que no se cansa sin embargo todavía de proclamar su radical novedad, su juventud. Tal vez porque, en una farsa senil, se ha empeñado en repetir las catastróficas tarascadas trágicas de sus tiempos mozos de la belle époque.

Signo del caos: nadie habría anticipado hace apenas dos meses ni la dimensión ni la profundidad ni la determinación ni la velocidad de propagación del levantamiento de las poblaciones árabes; ni la impotencia de sólidos aparatos estatales, armados hasta los dientes por los mercaderes occidentales de la muerte –el Reino de España es la sexta potencia exportadora de armas convencionales del mundo—, ante ciudadanías tan resuelta como pacíficamente dispuestas a decir basta. Ni, claro es, la empecinada resistencia sanguinaria de última hora del clan cleptocrático de los Gadafi, que tan bien supo adaptarse en el siglo XXI a las bendiciones de la «globalización».  

I

Tan bien, que hace apenas unos días –el pasado 9 de febrero— el FMI publicó el informe de una delegación del FMI llegada a Libia en octubre de 2010 para informar sobre la situación económica del país. En ese informe se declaraba paladinamente: «damos la bienvenida al robusto comportamiento macroeconómico y a los progresos habidos en punto a reforzar el papel del sector privado». Ni una palabra, huelga decirlo, sobre una tasa de desempleo superior al 30%. Pero se saludaba entusiásticamente «el ambicioso programa de privatizar bancos y desarrollar el incipiente sector financiero». 

Todo eso, publicado en pleno levantamiento de las poblaciones trabajadoras vecinas de Túnez y Egipto. Nada semejante le auguraban los informadores del FMI a Libia:

«Hasta ahora, los recientes acontecimientos en los vecinos países de Egipto y Túnez han tenido un impacto económico limitado en Libia. Para contrarrestar el efecto del alza del precio de los alimentos el Gobierno ha cancelado el 16 de enero pasado los impuestos y aranceles sobre los alimentos nacionales e importados. El Gobierno ha anunciado también la creación de un fondo multimillonario de dólares para inversiones y desarrollo local que se centrará en ofrecer viviendas para una creciente población».

Veo por Internet (24 febrero) en Al Jazeera English —me confieso pegado desde hace días a esta cadena televisiva— a David Held, un distinguido profesor de ciencia política en la prestigiosísima London School of Economics. Un teórico «socialdemócrata», dicen (aunque, digo yo, las palabras ya no significan mucho: los partidos de Mubarak y de Ben Ali eran miembros de la Internacional Socialista, y la República de Libia, es una república «socialista»), de la «gobernanza global», algo así como una «globalización» «socialdemocráticamente» mitigada (signifique eso lo que quiera). Held habla de su alumno, Saif al Islam Gadafi, el hijo y sucesor designado a dedo por el «Guía» libio. Le dirigió una tesis doctoral intitulada: El Papel de la Sociedad Civil en la Democratización de las Instituciones de Gobernanza Global. Apremiado por la locutora a hablar del discípulo, y visiblemente incómodo, el profesor Held balbucea con impostado tono baritonal:

«Sí, es una mezcla de Shakespeare y Freud. Un hombre joven debatiéndose en una lucha dramática entre la lealtad a su padre y sus propias convicciones sobre la democracia y el Estado de Derecho».

Lo dice serio, como compungido. No dice, claro, que la London School of Economics había aceptado una donación de más de 2 millones de dólares de una fundación de la familia Gadafi (presidida por el hijo-exalumno). Tampoco menciona el hecho de que el sindicato estudiantil Student Rights lleva tiempo denunciando que la Escuela «se ha convertido en un centro mercenario, cuyos servicios pueden simplemente alquilarse».

Pero eso es quizá lo menos importante. Viéndoles en pantalla –al maestro Held: Shakespeare, Freud, gobernanza global; y, poco después, al alumno Saïf: «Tenemos tres planes: plan A: vivir y morir en Libia; plan B: vivir y morir en Libia; plan C: vivir y morir en Libia»—, me digo yo: si Saïf hubiera ido a estudiar con otra estrella académica, habría escrito una tesis no muy distinta, con otro título: tal vez, La Gobernanza Global y la Sociedad del Riesgo; tal vez, La Sociedad Civil en la Era de la Información Global; tal vez, La Gobernanza Global y el papel de la Democracia Deliberativa y Dialógica; tal vez La Modernidad Líquida y la Gobernanza de la Globalización; ¿o por qué no éste, más audaz: La Gobernanza Global, el Imperio, la Multitud, la Biopolítica y el papel histórico del Cognitariado? Que cada quién le ponga el título que quiera, según la moda científico-social o filosófica que le acomode.

Porque no sólo la teoría económica ha vivido en las últimas tres décadas una «edad obscura» –de olvido y aun destrucción de conocimientos sólidamente adquiridos por generaciones anteriores—, como con toda la razón ha venido insistiendo últimamente Paul Krugman; ese pesimista dictamen vale también, y acaso más, para el conjunto de las ciencias sociales y de las humanidades. El indicio más claro de ello son esos neologismos eufemísticos que, aparte de ser compatibles políticamente con todo (también, visto lo visto estos días, con la represión descarnada y genocida, a manos de mercenarios extranjeros, de la propia población civil), han sido, cognitivamente hablando, arena en los ojos, polvo obnubilante, velada pantalla distorsionadora de las terribles realidades ecológicas, económicas, sociales, políticas y culturales de la contrarreforma remundializadora capitalista de las últimas tres décadas. Más propiamente dicho: parte nada despreciable ellos mismos de esa ofensiva política contrarreformadora. Y eso, y no sólo los dineros, me digo, está también en la base de los «servicios mercenarios» denunciados por el sindicato de los estudiantes londinenses.

II

Y en diciéndomelo, me viene, por caprichosa vía mental rodeada, el recuerdo de Islandia: el pequeño país septentrional que, presentado a bombo y platillo durante años como modelo de éxito «globalizador» neoliberal, terminó hace dos años en una espantosa bancarrota propiciada por un puñado de rentistas financieros e inmobiliarios nacionales e internacionales. Me acuerdo de haber preparado el año pasado una clase de metodología (en la Facultad de Economía de la UB) sobre las insuficiencias del indicador métrico pretendidamente «alternativo» solemnemente llamado Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas, elaborado por el premio Nóbel de Economía Amartya Sen –un lince a lo que se ve tardígrado, porque ha dejado dicho recientemente (¡después de 2008!) que eso del «capitalismo» ya no existe [1]—. Supuestamente, su Índice integra y pondera debidamente muchos factores –políticos, culturales, asistenciales, etc., etc., etc.—, y no sólo el desnudo PIB, o la renta per capita. Pues bien; según ese complejo Índice, Islandia, cuyas terribles debilidades como efímero paraíso del rentismo financiero e inmobiliario habrían saltado inmediatamente a la vista, no ya de Marx, de Rosa Luxemburg, de Keynes o de Kalecki, sino hasta de Adam Smith, David Ricardo, Stuart Mill y Thornstein Veblen, ocupaba el primer lugar mundial en 2007 y 2008, es decir, ¡cuando estaba ya al borde del precipicio!  Repaso mis notas de aquella clase: me abro paso por entre lo que aquí es ahora paja –la crítica científico-metodológica de ese índice métrico con pretensiones normativas—, y lo confirmo: Islandia estuvo durante años en el top de ese índice, y llegó a ocupar el primer lugar dos años seguidos, en 2007 y 2008. (Ahora, en 2010, ha bajado a un todavía honroso puesto 17, pero el año pasado aún ocupaba el número 3. De paso, constato que Irlanda, destruida también por rentistas financieros e inmobiliarios, sigue, impertérrita, ocupando el lugar 5.)

Busco el puesto que en el índice de Desarrollo Humano ocupa Libia, ese país tiranizado y saqueado por un pandilla de cleptócratas postcoloniales sin escrúpulos, perfectamente integrada desde hace bastantes años en la elite política, energética y financiera «global». Pues bien, según el Índice de Desarrollo Humano, Libia es la campeona continental: ¡ocupa el primer lugar en África!

III

Me despego por un momento de la pantalla de Al Jazeera English. Voy a buscar un libro colectivo que compré por sugerencia de una estudiante que había asistido a aquella clase mía sobre la insuficiencia metodológica de varias métricas empíricas usaderas en las ciencias sociales. Nada que ver con el establishment académico convencional, me dijo: «ya verá, profe, son verdaderos frikis«, me soltó con estupendo desparpajo juvenil.

«Frikis» son, de eso no cabe la menor duda. ¿Pero nada que ver? Abro al azar, y me encuentro con esto:

«… pienso, por usar un léxico próximo a mi amigo Zizek, que podría ayudar a clarificar [sic] las cosas el formalizar esta operación de la Idea en general, y de la Idea comunista en particular, en el registro de los tres órdenes del Sujeto de Lacan: el Real, el Imaginario y el Simbólico. Primero, estableceremos que el procedimiento de verdad mismo es lo Real en que está basada la Idea. Luego, permitiremos que la Historia existe sólo simbólicamente. En efecto, ella no puede aparecer. Para poder aparecer, es necesario pertenecer a un mundo. Sin embargo, la Historia, como la pretendida totalidad del devenir humano, no tiene ningún mundo que pueda localizar en una existencia actual. Es una narración construido luego del hecho. Finalmente, permitiremos que esa subjetivación, que proyecta lo real en lo simbólico de una Historia, sólo puede ser imaginaria, y por una razón mayor: nada real puede ser simbolizado como tal. Lo real existe, en un mundo dado, y bajo muy específicas condiciones sobre las que volveré luego. Sin embargo, como Lacan dijo una y otra vez, es insimbolizable. Así que lo real de un procedimiento de verdad no puede ser ‘realmente’ proyectado en el simbolismo narrativo de la Historia. (…) La latente subordinación de las verdades a sus significados históricos implica que podemos hablar ‘en verdad’ de política comunista, de partidos comunistas y de militantes comunistas. Pero es claro que, hoy, necesitamos prescindir de cualquier adjetivación de este tipo. Para combatir eso, he tenido que insistir muchas veces en que la Historia no existe.» [2]

Aunque parezca mentira, sigo leyendo el libro. (Otro día quizá me ocupe monográficamente de él: se lo he casi prometido a la estudiante que me lo recomendó. ¡Qué pereza!) Con más o menos honrosas excepciones, estos distinguidos miembros de la franja lunática revelan la misma huída de la realidad que los cultivadores de la filosofía política y de la ciencia social académicas del mainstream. Con mayor oportunismo ventajista, si cabe: una jerga deliberadamente obscura y confusa, unas construcciones intelectualmente arbitrarias y una huera y pseudoelitista pedantería de pueblerino domador de caracoles, expresamente autoproclamada inmune a las pruebas y refutaciones de los hechos empíricos y a los posibles argumentos contrarios de los mortales de a pie: cosas, todas ellas, que permiten a estos novísimos fieles de la «eterna Idea» neoplatónica «comunista» recluirse en un verdadero asylum ignorantiae no ya incareable, y en puridad, inasaltable, sino inane, y por lo mismo, a lo que parece, considerablemente seductor.

No serán grandes estrellas académicas –y mira que la academia actual está en horas bajas…—, pero algunos se han convertido en rutilantes astritos codiciados por muchos medios de comunicación y entretenimiento del establishment: al modo de los deformes bufones de las viejas cortes absolutistas europeas. Su alergia –rayana en el desprecio— a los hechos empíricos objetivos (ecológicos, económicos, políticos, históricos), a muchos resultará hasta divertida, y a todos, políticamente inocua. Su jerga delirantemente cargante e innecesariamente enmarañada, resulta también, como la más tersa y represada de los neologismos eufemísticos de la ciencia social establecida actual, compatible, política y cognitivamente, con casi cualquier tejido de yerros: ¿no se escrismó Negri declamando en favor de la Constitución Europea? Ahora podría decir todo lo contrario, y no pasaría nada. ¿No estuvo, varios años antes, Zizek a favor de la intervención y el bombardeo de la OTAN en los Balcanes? Ahora podría decir lo contrario (en realidad, creo que lo dice), y tampoco pasaría nada. Al fin y al cabo, si la «historia no existe», todas las picardihuelas están permitidas: se puede «explicar», y aun «justificar», cualquier cosa. También, acríticamente, los propios desaciertos intelectuales, los malos pasos tácticos, los errores estratégicos de bulto, las grandes aberraciones y aun los crímenes más abyectamente monstruosos perpetrados en nombre del «socialismo» o del «comunismo», y en particular, claro, los del estalinismo histórico. Decididamente, son gente de fáciles absolvederas:

«Todo lo anterior explica [sic], y hasta cierto punto justifica [sic], porqué fue en último término posible llegar al extremo de vestir las verdades de la política emancipatoria bajo el manto [sic] de su opuesto, es decir, bajo el manto de un Estado.» [4]

Llego al final del libro de marras (saltándome, por ahora, a los dii minorum), y echo una ojeada al índice onomástico. Es revelador de otra cosa, en la cuenta de la cual, de todas formas, ya había caído: es evidente: desde el punto de vista de la tradición del movimiento obrero histórico –laborista, socialista, anarcosindicalista, anarquista, comunista—, la mayoría de los autores son (Negri come en parte aparte) ciudadanos de un mundo provinciano muy pequeño, ínfimo: el que va de Althusser –el «marxista antihumanista» que confesó en sus memorias no haber leído prácticamente a Marx (aunque, como «la historia no existe» y como «lo real no es simbolizable», pues a lo mejor tampoco hay que tomarse eso demasiado a pecho)— a la Gran Revolución Cultural maoísta. [5]  Es decir, en el plano político, el angosto mundo de experiencia pandillesca de los grupúsculos estudiantiles maoístas parisinos sesentayochescos (el mundo compartido con el joven Bernard Henry Lévy, dicho sea de paso), sin el menor contacto orgánico con la población trabajadora empíricamente existente, ni, menos, con sus «traidoras» y «renegadas» organizaciones de masas. Y en el plano filosófico, el mostrenco mundo de aquella impostora «Teoría», contra cuyas grotescas miserias intelectuales escribió en su día el gran historiador marxista británico Edward Palmer Thompson un librito tan memorable como, al parecer, ahora olvidado. (Mi alumna, último año de una carrera de CCSS, nunca había oído hablar de él, hasta llegar a mi clase de metodología.) [6] Y me digo: también el pensamiento socialista ha salido muy malparado de la «edad obscura» de estas últimas décadas.

IV

Vuelvo a la pantalla de Al Jazeera. Conmueven e instruyen las imágenes que se ven ahora. La eufórica solidaridad fraternal de los revolucionarios tunecinos con las muchedumbres –egipcios, marroquíes, argelinos, libios; hombres, mujeres y niños, trabajadores migrantes los más— que cruzan la frontera con sus pobres y pesados fardos a las espaldas, huyendo de la carnicería prometida por los Gadafi (por Muhamar y por Saïf, el de la «sociedad civil y la gobernanza global»). Y hablan de lo que han visto, de la experiencia vivida. Cuentan de la maravillosa capacidad de improvisación en la autoorganización popular revolucionaria: organización del levantamiento de masas; organización espontánea e inteligente de la seguridad colectiva en un nuevo orden público; organización diligente de la distribución de alimentos, de armas para la autodefensa, de vendas, de abrigo; organización de la atención a los heridos; organización de la justicia revolucionaria: a los mercenarios subsaharianos que se rinden sin haber matado a nadie, se les perdona la vida. Y luego: la entrada en escena por lo magnífico de las mujeres, lanzadas en primera línea de la revuelta, como antes en Túnez, como antes en Egipto. Y luego: el acelerado crecimiento de la consciencia política de centenares de miles, de millones de personas: un entrevistado habla de la «necesidad de extender la Revolución a todos los países árabes, a toda África, a todo el mundo»; lo dice con candor, le sale del alma, es decir, de la exultante experiencia histórica liberadora que está viviendo, de la terrible experiencia histórica de humillación, de privación, de opresión, inveteradamente vivida. (Salta en cualquier caso a la vista que no es un autómata idiotizado por la ahistórica «Idea» de alguna sectita tardo-, pseudo-, paleo- o postbolchevique, cocida en su propio jugo y pronta a desenmascarar frailunamente a «traidores» y «renegados» y a bajar línea política por doquiera y cuando quiera, sin molestarse siquiera en preguntar a la humanidad verdaderamente doliente, no digamos en coleccionar datos y organizarlos significativamente.)

En fin: la historia (con minúscula) en acción: la que puede leerse en las buenas historias sociales de la Revolución inglesa de 1649, de la Revolución aymara en el Virreinato del Perú de 1781, de la Revolución francesa de 1789-94, de la Comuna de París de 1871, de la Revolución mexicana de 1910, de la Revolución rusa de 1917, de la Revolución de Asturias de 1934, de la Revolución china de 1949, de la Revolución cubana de 1959, de todas las revoluciones y rebeliones populares modernas y menos modernas insurgidas contra lo que Robespierre llamó la «economía política tiránica».

V

Absorto en ese hilo de pensamientos andaba yo, cuando me avisa la máquina: ha entrado un correo nuevo. Cambio de ventana, y salgo de Al Jazeera. Un amigo de los que nunca faltan me envía –para común solaz— el texto de un viejo estalinista ahora en la extrema derecha neoliberal. Declara esto:

«Nadie me va a convencer de la espontaneidad del pueblo egipcio ni de los pueblos aledaños, repentinamente convertidos a la causa de la libertad y la democracia, de la que han oído hablar a los turistas, en el mejor de los casos. No han aprendido valores en Internet, una red controlable y controlada, que poco aporta por sí misma en estos casos y por la que reciben lo que se recibe en árabe los que tienen ordenador, que no son las grandes masas de árabes que encantados están si tienen un cabra, no digamos ya un teléfono. ¿O los tipos que se le echaron encima a la periodista Lara Logan habían sido influidos por Twitter?

«Nunca jamás en toda la historia los pueblos han hecho una revolución en la calle. Ni la rusa, ni la cubana –hechas, como decía Lenin para hacerlo más digerible, por «la vanguardia esclarecida y esclarecedora del proletariado», es decir, él–, ni siquiera la francesa, con todo el montaje para la posteridad de la toma de la Bastilla. Una vez consumado el golpe y tomado el poder, el pueblo sale a la calle, a ver qué pasa, a celebrar algo que le han dicho que va a ser mejor, o a ver cómo funciona la guillotina o a oler la carne quemada en las hogueras de los condenados. Modos de desahogarse y dar rienda suelta al único valor movilizador de las masas: el resentimiento, del que tanto sabemos desde la oligarquía ateniense hasta Evita.»

Revelador, acaso, de la recrecida indigencia intelectual y del grado de crispación psicológica de cierta derecha mediática hispánica, pero no mucho más inteligente –ni más informado— que el inefable falsario profesional Sánchez Dragó unos días antes…

Y a todo eso, me acuerdo de Rosa Luxemburg y de su espléndido y premonitorio ensayo inacabado –lo truncó su asesinato, ordenado por Noske, un «socialista» de la estirpe de Mubarak y Ben Ali, de la estirpe de los Gadafi y de su amigo Blair— sobre la Revolución rusa de Octubre de 1917:

«El sistema socialista de sociedad sólo debe y puede ser un producto histórico, nacido de la escuela de la propia experiencia, en la hora misma de la realización y a partir del decurso de la historia viva. (…) Por su propia naturaleza, el socialismo no se deja imponer, no se puede introducir de un puñetazo. Presupone, claro está, una serie de medidas de poder –contra la propiedad, etc.—. Lo negativo, el desmontaje, se puede decretar; lo positivo, no. (…) Sólo la experiencia puede corregir y descubrir nuevas vías. Sólo la vida desinhibida, zarandeante, puede trocar en una miríada de nuevas formas, de improvisaciones, mantener la fuerza creadora, corregirse de los pasos en falso. Por eso la vida pública de los Estados con libertad limitada resulta tan penosa, tan miserable, tan esquemática, tan infértil: porque al cancelar la democracia, se ciegan las fuentes vivas de toda riqueza espiritual y de todo progreso. (…) Políticamente, no menos que social y económicamente. El conjunto de la masa popular tiene que participar. Si no, lo que terminará por imponerse es un socialismo dictado a golpe de decreto desde la mesa verde de una docena de intelectuales.» [7]

Eso estoy viendo: una rebelión de masas «nacida de la escuela de la propia experiencia», un «producto histórico». Ya sé: esto no es la batalla de Valmy, ni –menos— soy yo aquel soberbio Goethe capaz de sentenciar presciente y certeramente el final de toda una época histórica tras presenciar in situ, junto al apabullado general Braunschweig, la derrota y desbandada del disciplinadísmo ejército absolutista prusiano a manos del pueblo francés republicano en armas. A lo sumo, un rojo trasnochado y curtido en cien reveses, conmovido ahora hasta el ensimismamiento ante una pantalla de ordenador. Bien que lo sé. Pero me sorprendo diciéndome: viejo idiota, ¿quién quita que en el «eslabón débil» del norte de África –una región geopolítica, geoeconómica y geoenergéticamente decisiva— no haya empezado una época histórica de abierta rebelión democrática popular mundial en toda regla contra el caótico y despótico desorden neoliberal planetario en que ha venido a parar el capitalismo imperialista remundializado, financiarizado y contrarreformado de nuestro tiempo?

Por ahora, esto es innegable: es una rebelión altamente contagiosa. Y esto: no sólo la historia «existe», sino que los pueblos del mundo siguen enterquecidamente dispuestos a reanudar su escritura día tras día: a veces, con renglones derechos, y entonces nos es retransmitida en directo, con luces más o menos glaucas y con mayor o menor sordina; otras veces, las más, con renglones torcidos, y entonces transcurre discreta, silentemente (también silenciadamente). Digan lo que digan los abusivos eufemismos obnubilantes de los peritos académicos en legitimación. Diga lo que quiera la ubicua doxocracia mediática. Digan lo que arbitrariamente les acomode los charlatanes confortablemente instalados en algún Gran Hotel Abismo europeo o norteamericano.

Y hete aquí que cuando, oportuna y finalmente, debería tal vez acordarme de Bertolt Brecht o de Miguel Hernández, va y me acuerdo de Ibsen:

Hilo en el mar es la palabra / Hondo sendero la acción labra

 

NOTAS: [1] «… hay una cuestión más básica: si ‘capitalismo’ es un término que resulte hoy de particular utilidad. La idea del capitalismo jugó de hecho un importante papel históricamente, pero ahora su utilidad podría muy bien estar agotada».A.Sen: «Capitalism Beyond the Crisis», en: New York Review of Books, 26 marzo 2009 (véase online: http://www.nybooks.com/articles/archives/2009/mar/26/capitalism-beyond-the-crisis/ . [2] Alain Badiou, «The Idea of Communism», en Zizek y Douzinas (comps): The Idea of Communism, Londres, Verso, 2010, págs. 5-6. [3] El filósofo norteamericano John Searle ha dado recientemente noticia en una revista francesa de una conversación por él mantenida en California con Michel Foucault, poco antes de la muerte del filósofo francés. Searle se quejaba de la obscuridad de la prosa de Foucault , y la respuesta fue ésta: «si yo escribiera tan claramente como tú, las gentes en París no me tomarían demasiado en serio… En Francia, hay que resultar por lo menos un 10% incomprensible». (Entrevista a Searle, en la revista francesa Philosophie Magazine, marzo 2010.)  Una interesante explicación histórica y político-cultural de la degeneración de la cultura filosófica –y de la prosa ensayística— francesa en las últimas décadas (digamos, de Roland Barthes a Michel Foucault , Lacan, Althusser y el postestructuralismo) la proporciona la historiadora y filóloga francesa –especialista internacionalmente reconocida en la literatura francesa del siglo XVII— Hélène Merlin-Kajman en su obra: La langue, est-elle fasciste? Langue, pouvoir, enseignement (París, Seuil, 2003), un libro sobre el que, ni que decir tiene, ha caído una verdadera conspiración de silencio: tanto más agradezco a mi amiga Florence Gauthier el que me llamara en su día la atención sobre su importancia. Por otra parte, en su reciente ensayito sobre «Porqué la intelectualidad francesa odia a Chomsky», Diana Johnstone ha ofrecido también reflexiones interesantes al respecto. (El artículo de la amiga Diana fue traducido en SinPermiso: para verlo, pulse AQUÍ.)  [4] Badiou, op. cit., pág. 9. [5]  Declara Jacques Rancière: «Recordemos, por ejemplo, cómo mi generación pasó de la afirmación althusseriana del poder de la ciencia para desvelar las ineludibles ilusiones de los agentes de producción al entusiasmo maoísta con la reeducación de los intelectuales por los trabajadores y el trabajo de fábrica…». (contribución de Rancière al libro colectivo mencionado: «Communists Without Communism?», op. cit., pág. 172). [6] E.P. Thompson: La miseria de la Teoría (trad. J.Sempere, Barcelona, Crítica, 1984). [7] «Zur russischen Revolution», en: Ges. Werke, Berlin, Dietz Verlag, 1983, Vol. IV, pág. 364. 

 

Antoni Domènech es el Editor de SinPermiso

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